Rara vez tenemos la ocasión de ver las costuras de una gira. Antes de saltar a los escenarios se suceden ajustes, dudas y conversaciones que sostendrán un sinfín de conciertos. Y precisamente ahí radicó la original propuesta de Triángulo de Amor Bizarro. Un ensayo abierto en A Pousada da Galiza Imaxinaria de Boiro, su casa, que convirtió toda esa amalgama de emociones en el centro de una experiencia única.
Entre arpegios, presets, cambios de canal y ajustes de monitores aparecía una dimensión menos visible del directo, la de las decisiones técnicas y humanas que construirán el muro de ruido e intensidad que luego veremos en salas y festivales. Desde los primeros minutos de este show quedó clara la importancia de un buen técnico de sonido, en este caso su inseparable Carlos Hernández Nombela, figura clave para aterrizar todas esas capas sonoras.
Y así se fue desarrollando un ensayo, con todas letras de la palabra, que avanzaba entre olvidos y errores. Parar a mitad de un tema para corregir un detalle, comentar una intro o revisar una sinergia concreta entre guitarras y voces formaba parte del propio espectáculo. En un concierto “normal” muchos de esos aspectos se empujan hacia delante por pura tensión escénica. Sin embargo, aquí sucedía lo contrario: había tiempo para desmontar y volver a armar cada una de las canciones en un ambiente distendido, rodeados de amigos, vecinos y fans acérrimos.
Evidentemente, entre una cosa y la otra aparecieron algunas composiciones nuevas en primicia, todavía en ese estado donde las canciones parecen buscar su forma definitiva. Y quizá ahí estaba lo más interesante de la tarde, comprobar que incluso una banda con la personalidad tan definida como Triángulo de Amor Bizarro sigue funcionando desde la prueba y el error, el ensayo constante y con los trapos sucios a la vista.

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