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Si un día Flaming Lips se olvidasen de los Teletubbies y se volviesen serios y aburridos habría que inventar algo. Alguien tendría que montar una banda de pop que llevase al extremo la idea básica de conseguir que el público sonría durante media hora.

Para ello, el grupo podría vestir unas togas blancas y cantar melodías alegres, de exaltación, puras como pocas cosas quedan en este mundo. También podrían ser muchos. Doce o trece. No, mejor, veinticuatro. Con tanta gente habría que repartirse los roles: además de los habituales bajo-guitarra-batería habría sintes, cuerdas y una nutrida sección de vientos, y el resto del grupo (unos once, más o menos) cantarían. Muchas voces ayudarían a conseguir el efecto deseado: la euforia, la liberación y la comunión del oyente. Así las cosas, generarían legiones de conversos tras sus actuaciones en directo, y sus discos, aunque escasos en minutaje y desvirtuados por el abandono del hábitat natural del grupo (el escenario), demostrarían que la idea puede ser mejor que el producto. Daría igual. Aunque mejorasen sus melodías, se desmarcasen de los Lips, de la ELO y de Mercury Rev o repitiesen miles de veces que no son una secta ni hacen gospel, no serviría de nada. Seguro. Seguirían siendo un estado de ánimo. Y Wayne Coyne podría dejar de tirar confetti.

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