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Hay discos que son libros. Hay discos que son un canto a la pasión y la pasión quema. La pasión duele y destruye, es corrosiva pero necesaria. David Berman sabe mucho de ella. A la salida de una época de depresión y excesos firmó uno de sus mejores discos con “Tanglewood Numbers” (Drag City, 05) y en “Lookout Mountain, Lookout Sea” concluye su terapia: ahuyenta los demonios y las dudas hablando a través de sus personajes o en primera persona, desde una extraña convicción (“Strange Victory, Strange Defeat”), el más tierno y extraño sentido del humor (“Party Barge”) o la más dulce amargura (“My Pillow Is A Threshold”).

Como álbum, afina si cabe todavía más, equilibra, no hay aquí aristas ni demasiada ornamentación que impidan que sus palabras te golpeen con toda su pureza. “Suffering Jukebox”, una balada para tabernarios irredentos, es una de las mejores canciones del año, pero además, Berman he hecho una sorprendente versión, “Open Field”, de los maravillosos Maher Shalal Hash Bal y ha escrito una deliciosa historia a ritmo de boogie: “San Francisco B.C”. David Berman ya no bebe, pero sigue de borrachera. David Berman es un genio, uno (casi) a la altura de Leonard Cohen (en “We Could Be Looking For The Same Thing” jurarías que es él), Johnny Cash, Jim Dogde (o uno de sus personajes), Richard Brautigan… Todos ellos unidos por lo que de verdad importa: la celebración de la pasión, esa cosa que quema y duele pero que nos hace sentir a ratos que vivir vale realmente la pena.

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