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Anna Calvi Hunter

En este frenético mundo de la música, cinco años es una eternidad. Pero es el tiempo que se ha tomado la británica en sacar su tercer disco. En 2013 aspiraba a ocupar el trono del rock femenino de enjundia, sucediendo a nombres intocables como Patti Smith, Kate Bush o PJ Harvey. Quizá las comparaciones fueran exageradas, pero Calvi, cuyo segundo disco One Breath cosechó críticas dispares, ha recogido con gusto el guante de la autoexigencia, tomándose su tiempo y reuniendo un equipo imbatible: Nick Launay, productor, entre otros, de P.I.L., Nick Cave y Grinderman, Adrian Utley de Portishead y el sobrio bajista de los Bad Seeds, Martyn Casey.

Sería una lástima que el tiempo haya diluido el interés en la británica, porque Hunter es uno de esos raros discos de una sofisticación cada vez más infrecuente. Con toda seguridad, a algo parecido aspiran muchos artistas, otra cosa es que lo consigan. Calvi lo hace dignificando el concepto de producción, una de las palabras más devaluadas del vocabulario musical, cuando demasiados LPs suenan hoy a lo mismo, como si se produjeran con un software de serie. Hunter es un disco tan especial como puede serlo un disco de pop, con aristas rockeras, en 2018.

Utopía musicada en la que Calvi clama por un mundo en el que los humanos seamos seres sexuales sin barreras, arranca con la energética As a Man, en la que explota hallazgos de los ochenta como esas baterías tribales tan energéticas y efectivas. Los sintetizadores de otro mundo de Hunter visten uno de los cortes más destacados del disco, reinventando el lenguaje del pop de mediados de los ochenta. Don´t Beat The Girl Out of My Boy combina el lado más pop de la cantante con una cadencia y un estribillo en falsete irresistibles. Calvi hace lo que quiere con su voz de prodigiosa expresividad: Delicada, poderosa, excesiva, teatral, lasciva, explosiva …y sin trucos o efectillos baratos, desde su interpretación. También se desata con su guitarra, poderosamente original y expresionista en cortes como Alpha o el funk marciano de Wish. Añádanle canciones del nivel de la visceral Indies or Paradise o la espartana Away y nos queda un disco que se queda a unos palmos de alcanzar el Edén al que apunta.

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