A veces, se somete a los discos a sobreanálisis innecesarios -cuando no injustos- mientras, en realidad, las cosas acostumbran a ser más sencillas de lo que parecen. Por ejemplo, Coley Park. Cinco británicos de Reading, con pinta de haber llevado chandal indie hasta hace bien poco, se dejan crecer el pelo, se agencian una steel, invitan a Neil Halstead (ex-Slowdive, ex-Mojave 3) a la fiesta, se hacen fotos debajo de los árboles, y hasta se calzan algún que otro sombrero de ala.
Dos más dos suman exactamente cuatro. No son, tampoco, los primeros shoegazers -camuflados- en tirar de alt-country y folk. El mismo Halstead es un excelente ejemplo. O Beachwood Sparks. O It´s Jo And Danny. O Trespassers William. Los hay por todas partes. Coley Park intentan ser orgánicos, primordialmente melódicos, ancestralmente eficientes y estilísticamente ambivalentes; abrazar a los Byrds y Buffalo Springfield sin renunciar a esa psicodelia eléctrica tan suya, tan de campiña inglesa. Hay un cohete espacial en el libreto, y una figura indefinida y deforme en la contraportada, un goblin difuso. Aritmética de libro. Dos más dos, cuatro.
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