Neil Hannon nunca falla. Es un hecho. El menudo artista, al frente de sus The Divine Comedy, es sencillamente infalible cuando de ofertar un concierto de ejecución impecable y efectos terapéuticos se trata, independientemente del formato elegido para la ocasión. Si además el escenario seleccionado es nada menos que el del Teatro Real de Madrid y el vocalista se hace acompañar de solvente banda de seis miembros, la cita comienza a presumirse memorable. Un imaginario materializado gracias a ese nuevo ciclo bautizado como ‘Revolution 65’ que, además de la actuación de los propios The Divine Comedy, ha programado en idéntico emplazamiento conciertos de José González, Valeria Castro o Love Of Lesbian.
Hannon y su séquito tomaron las tablas con la marcada puntualidad que exigía tan solemne entorno, para comenzar a cincelar lo que sería un concierto encantador desde el impagable trío inicial compuesto por “Something For The Weekend”, “Becoming More Like Alfie” y “The Frog Princess” –todas ellas tomadas de un “Casanova” (Setanta, 96) que acaba de cumplir treinta años–. Una ejecución que no dejaría de crecer, atenuada por su embriagadora esencia y a lo largo de cien minutos con paradas tan gloriosas como “Neapolitan Girl”, una “Generation Sex” seguida de “Bad Ambassador” y “A Lady Of A Certain Age”, “Our Mutual Friend”, u otro trío ganador concretado en “Absent Friends”, “I Like” y la festiva “National Express” a modo de tramo final.
Como añadidos de lujo quedarían “How Can You Leave Me on My Own”, “Invisible Thread” y el inevitable (e incorruptible) epílogo de “Tonight We Fly”. El siempre travieso y divertido vocalista apuró también sus habituales ramalazos de humor fino y teatralidad (bajada del escenario para echarse unos bailes con el público incluida), en una maniobra con la que remacha esa elegancia compositiva e interpretativa marca de la casa. Y, aunque la excusa parecía recaer sobre la defensa de “Rainy Sunday Afternoon” (Auto, 25) –último trabajo de estudio con la firma de The Divine Comedy–, lo cierto es que el asunto mutó sin remisión hacia un repaso por aquel cancionero saturado de gemas propiedad del compositor.
Una obra, “Rainy Sunday Afternoon”, de la que en la práctica solo asomaron tres de sus mejores piezas (“Mar-a-Lago By The Sea”, y las emotivas “Achilles” y “The Last Time I Saw the Old Man”, a las que añadir la mencionada “Invisible Thread” en los bises), agrupadas en el ecuador de una velada que no hizo sino potenciar las de por sí sanadoras sensaciones inherentes a las canciones de The Divine Comedy. Un objetivo focalizado con gusto intachable en algún punto en el que convergen Scott Walker, David Bowie, Burt Bucharch y Paul McCartney, que el norirlandés lleva más de treinta y cinco años sacándose de la chistera. La misma en la que moldea influencias hasta conseguir la que, a estas alturas, es su propia amalgama de (finísimo) indie-pop barroco y orquestado.

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