“Rock’n’Roll” lo sacaron en 2005 y un año después, en 2006, repitieron con “Aterqueens”. Los dos salieron con Gaztelupeko Hotsak. Desde entonces, han pasado la friolera de dos decenas de años. A pesar de ello, esos dos discos de principios de siglo han seguido ahí: resistentes, frescos, como insistentes. Los Aterkings aún estaban vivos. Aunque no los vieras, aún podías oírlos. Y, de repente, aparecen. Veinte años más tarde, los Aterkings vuelven y no esperan a que tú les hagas la gracia, que ellos mismos han decidido titular el disco así: “Nun ibili haz??”
“Nun ibili haz??”, además de un renacimiento, es una colección de trece temas en unos cuarenta minutos, donde vuelven a usar tres lenguas y siguen abusando del rock and roll de látigo letal y espíritu asilvestrado. Hay una pátina nueva, no podía ser de otra manera. Cierta madurez, un ritmo reposado y denso en alguna ocasión, reflexiones sobre el tiempo y cómo pasa para todos. Pero las líneas maestras siguen ahí: las que enseñaron los Stooges y que aprendieron de Little Richard, lo que les chivaban los MC5 y lo que copiaban de Radio Birdman. Excursiones desde Buenavista hasta Australia, pasando por Detroit, sin salir de Markina. Es decir, punk-rock y rock and roll, puro y crudo, directo, efervescente, exclamado más que cantado: un sonido que permite disfrutar del quejido del poliéster cuando se golpean los parches, del aire que resopla por las palometas de los clavijeros, de las sílabas que escapan asustadas entre los colmillos prietos del cantante. Bruto, tenso, sucio, auténtico.
Las canciones rondan todas los dos minutos y medio excepto dos exabruptos, uno con nombre de mujer y otro con misterioso título. “Amaia” roza los cinco y “Enok txarra” se va hasta los ocho minutos. En parte, por ahí veía yo esa madurez que se condensa en ritmos dominados, que posponen la culminación. En “Amaia”, por ejemplo, se encrespan las voces y se espesa la vegetación instrumental con tanta densidad que necesitan medio minuto de descompresión al final de la canción. “Enok txarra”, por su parte, se vuelve oscura y misteriosa, expande la tensión, y más que terminar, se detiene, se esfuma, casi diría que se inmola.
En el resto de la colección, hay espacio para el inglés: “Never Is Too Late” creo que es una adaptación de un tema de Martxelo Mendizabal, su baterista; mientras que “Death by the Gun” es una acertada versión de Radio Birdman. En castellano, cantan “Antes yo ya”, que la modulan como en collage, pero en lugar de hacerlo con palabras recortadas del periódico, lo hacen con frases incisas que, en conjunto, dejan ese aroma a reflexión sobre el paso del tiempo. En cualquier caso, la primera de la colección es “Nun ibili haz”, y es como un salvaje por fin. Parece que les pillas ya saltando, corriendo como locos hacia el borde del barranco. Cantan el estribillo a cabezazos. En contraste, “Mille malko” suena más cercana a los Sonics. Es más expansiva, con los teclados rebarbando la atmósfera. Los teclados aparecen en otras canciones para enriquecer la salsa, como en “Beti Lez”, por ejemplo. En cualquier caso, todo lo que tuvieron antes sigue ahí intacto: voces que resuenan en plural, ritmo a machamartillo, guitarras alocadas, todo ese fervor que trepa por las estrofas hasta condensarse en el estribillo. “Marijo” es un ejemplo, con esa pulsión resistente que se mantiene en el fondo y el nombre en el estribillo cantado por el fantasma de Joey Ramone. Hay, eso sí, momentos para cierto resuello con tracción, como en “Pozoin”. No buscan clímax fáciles y son capaces de mantener en suspenso distintas tensiones: en “Cuatreros” o en “Fantasmak”, donde la velocidad crece por la corteza, o incluso en “Amaitxu da”, vivaz, con el ritmo galopado y las guitarras ardientes, como retando en duelo a ese villano que ataca con las agujas del reloj.
Lo dicho: “Nun ibili haz??”, el inesperado pero celebrado regreso de los Aterkings. Durante años, “Rock’n’roll” fue al salpicadero de mi coche, lo que el imán con la estampa de la Virgen del Sequero era para el Corsa TR blanco de mi padre. Siempre estaba ahí: ya fuera en la guantera, en un hueco bajo el reproductor, en otro junto a la palanca de cambios. De vez en cuando, sobre todo cuando se atragantaba la vida y la intentaba pasar mientras conducía solo, lo buscaba, lo ponía, y me ayudaba a recuperar parte de la energía que había fagocitado la rutina. Una vez, llevé el coche a pasar la ITV. Cuando el tío me pidió el permiso de circulación y la hoja de inspección, le pasé, quién sabe si por equivocación, la caja vacía del “Rock’n’roll”. Ahora, va a tener compañía. Los Aterkings han vuelto y da igual dónde hayan estado. Dale al play en el reproductor.
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