¡Pim! ¡Pam! ¡Pum! ¿Alguna vez os han pegado una buena hostia sin que os la esperarais? Una bofetada de esas sonoras que te dejan marcados en rojo vivo los cinco dedos de la mano en la carrillera. Un sopapo con la mano abierta al estilo de Bud Spencer para enviarte durante unos segundos a la habitación del sueño. Un tortazo merecido y requetemerecido por idiota, estúpido, capullo, cretino, machirulo y cuñado. “Paciencia infinita”, el nuevo disco de los barceloneses Sandré, es ese soplamocos. Pura rabia encapsulada en once galletas. ¡Pim! ¡Pam! ¡Pum! Rasca mama que escuece.
Escribo y suena el tercer largo en la cuenta de Rosa Pagès Barenys (voz), Carles Pons Altimira (guitarra), Dàlia Hamam Gonell (bajo) y Marc Torrent Barcel (batería) y no sé si ponerme a bailar pogo del palo poseído como la niña de “El exorcista” o tirarme por el balcón (esperando que haya un colchón abandonado en la calle, porque en las calles, os habéis fijado, siempre hay colchones abandonados, que amortigüe mi caída). “Paciencia infinita” provoca eso en mí.
Como unos Idles con migraña, lo suyo es punk malalechero, de riffs como piezas de tetris buscando el ángulo perfecto donde encajar, pero trazando formas que se alejen de figuras y diseños estereotipados. Como cuatro chalaos perdidos que se han rebelado a tomarse la medicación porque quieren transcribir en pelotazos sónicos las voces que tienen en la sesera pidiéndoles, insistiéndoles, que arrasen y aniquilen. Luego lo rematan con unas letras que son un lapo contra todo lo que no mola.
Me altera el ritmo cardiaco como cuatro cafés americanos antes de las 10 de la mañana. Me excita como practicar sexo diciéndonos guarradas. Me enerva como ver a un poli repartiendo porrazos. ACAB. Y joder, ni que sea durante media hora, la media hora que dura “Paciencia infinita”, cómo lo disfruto. Luego, como dicen en su último exabrupto, A-MU-MI (a dormir), porque no puedo más.
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