Hace poco más de dos años el verde inundó nuestras vidas. Un verde intenso, puede que incluso molesto. Un verde que, generando cierta confusión, al principió no significó nada para, pocos meses después, acabar significándolo absolutamente todo. Como si de un croma se tratara, el icónico verde de ‘BRAT’ (24) estaba en todas partes, podía significar cualquier cosa. Con esa maravillosa oda al hedonismo club Charli xcx consiguió el peak comercial de su carrera y, al mismo tiempo, el clímax de un PC Music que parecía haber encontrado en ese verde croma su forma definitiva. Para definir el hyperpop, Julie Ackermann habla de una sonido hiperrápido, hiperconectado e hiperazucarado que genera “una alegría sí o sí extática”, pero también destaca en el subgénero una naturaleza cromática. “En cuanto a los colores, jamás son pálidos, sino estridentes como la carrocería perfilada de un coche de carreras”, defiende la crítica francesa. El verde no fue casual, sino la conclusión de una filosofía musical que A.G. Cook y Danny L Harle crearon en un blog de Tumblr hará ya más de una década. El verde no fue casual y, por supuesto, tampoco lo es el blanco y negro de ‘Music, Fashion, Film”, el nuevo proyecto de una Charli que cree que la pista de baile está muerta (“so now we’re making rooooooock music”).
“Rock Music” abre un disco que, tras muchas elucubraciones, se confirma como —efectivamente— un disco de música rock. O, al menos, como un disco de guitarras. Después de que en 2015 mandara a la mierda a los críticos que la señalaron por usar una guitarra inflable en sus conciertos (“you can go f**k yourself”, aseguró la cantante en el ya difunto Twitter), ahora Charli dedica once temas a exprimir todas las posibilidades del instrumento, a experimentar con todas sus potenciales metamorfosis. Guitarras filtradas, saturadas, moduladas, cortocircuitadas y loopeadas (si en ‘BRAT’ el pop estaba hiperazucarado, aquí el rock está hiperprocesado). Grunge, pop rock, emo, shoegaze, post-punk y art rock. La cuerda es tan esencial en el último disco de Charli que hasta su propia voz chopeada parece estar trabajándose como una guitarra más en el extático estribillo de “2007”, la respuesta rock a su “1999” junto a Troye Sivan. Si Oriol Rosell defiende que el hyperpop es realmente una exageración de los códigos del pop, hasta el punto en el que es imposible saber si se trata de “experimentos, tributos o parodias”, ‘Music, Fashion, Film’ propone algo muy parecido: una reapropiación del rock que deambula entre el homenaje a The Velvet Underground y el campo de pruebas de un A.G. Cook obsesionado por digitalizar las guitarras —algo que, por cierto, ya había intentado en algunos temas de su álbum ‘Apple’— (20).
El verde se sustituye por el blanco y negro, el hyperpop por el (hyper)rock y la pista de baile por el artista. En una entrevista en el programa online “Subway Takes” de Kareem Rahma, Charli defendió que lo verdaderamente importante no es la música, sino el “artistry” (no hay una definición literal en castellano, pero vendría a referirse al arte, al talento o, en definitiva, a la autoría). El título y la portada del último proyecto de la británica son la materialización más precisa de esta idea. John Cale (music), Marc Jacobs (fashion) y Martin Scorsese (film) mirando a cámara, las tres disciplinas artísticas reunidas únicamente por un motivo: por Charli. La portada de la versión deluxe del disco —en la que la cantante aparece junto a los tres protagonistas— subraya aún más el significado de una fotografía que ha sido interpretada por muchos como ligeramente machista. ¿Por qué tres hombres para representar la música, la moda y el cine? ¿Dónde están las mujeres o las identidades queer? Quizás la intención de la imagen sea, no solo hacer evidente el capital cultural de Charli (capaz de juntar a tres eminencias en su portada), sino también criticar lo mucho que estamos dando por sentado la naturaleza todoterreno de una artista que, en los últimos años, ha sido simultáneamente protagonista en los campos que estos tres hombres representan. Quizás Charli quiera jugar a ser una vieja gloria, con los privilegios que esa etiqueta conlleva. Lo importante no es la música, sino la autoría. Lo importante no son las canciones, es la artista.
Charli es música, pero también moda y cine. En “SS26”, el rugir de la guitarra acompaña a un pop lo-fi en una pasarela atravesada por modelos y nihilismo (“the world is gonna end, no hope for any of it”) en la que Charli reflexiona sobre el peligroso equilibrio entre la superficialidad de la moda capitalista y los debates existenciales que conlleva la exposición, incluyendo dudas explícitas sobre si explotar más sus orígenes indios hubiera sido una interesante imagen de marca. También podemos encontrar algo de ese dilema entre la persona y la artista en “Camera” —quizás el rock más funk del proyecto—, una confesión respecto a las primeras experiencias autorales de Charli de los últimos años. Mientras que la música empuja a la cantante a la autoconsciencia y al sobreanálisis, la interpretación parece liberar a una artista cansada de la carga que conlleva ser ella misma (“I can be anything that I wanna be / And I can feel the things I don’t normally feel”). Hay algo masoquista en un disco que crea mientras se observa a sí misma todo el tiempo. Diría Susan Sontag que adorar estar delante de la cámara es amar la adrenalina de estar del “barrel of a gun (fucking shoot me!)”, tal y como canta Charli en “Camera”. (Puede que no haya mejor forma de ilustrar todo lo comentado en estos dos últimos párrafos que el videoclip de “Camera”: mientras Charli canta sobre el placer de verse subordinada al otro al ponerse delante de la cámara, las imágenes nos muestran a la cantante encima de una cámara de cine, dirigiendo a la explosiva masculinidad de Vincent Cassel, disparándole una bala en el pecho).
Pero puede que una de las más agradables sorpresas de ‘Music, Fashion, Film’ sea que, pese a la innegable —y esperable— carga conceptual y existencial del proyecto, la escucha de la media hora de disco es sorprendentemente divertida y adrenalínica. Tiene mérito invocar tanto dinamismo, tan movimiento y tanta despreocupación en una propuesta que podría haberse limitado a ser un suicidio comercial, una muestra de poderio autoral, un juego warholiano. Esta es la antítesis de ‘BRAT’, pero no por eso es aburrida (de hecho, quizás por eso mismo nos parece tan vibrante). Quizás el mejor ejemplo de esto sea ‘Wink Wink’, en mi opinión la mejor canción de la era Lou Reed de Charli. Letras literales, pocos sobresaltos —en ese sentido, esencia anti-hyperpop— y humor excitado (“maybe I fucked you’re dad / just kidding, I’m only saying that for effect”) en un himno a la libertad sexual y a la contradicción continua. De esto último trata de hecho “Yeah”, una explosión de guitarras-sintetizador que jura y jura y perjura no querer, pero que finalmente sí quiere. ¡Nosotros tampoco teníamos claro si queríamos esto, y definitivamente sí lo queríamos! Puede que nada convine mejor con un verano extremadamente caluroso que este hedonismo guitarrero, que esa melancolía hiperbólica de “Magic Metal Montana”, similar a esa ñoñería desmedida que surge a altas horas de la noche cuando le dices “te quiero mucho, tía” a tu colega de fiesta (“love your haircut, love your dance moves / I’d cry if you die”).
No fueron pocas las críticas que le cayeron a Charli por decir que la pista de baile estaba muerta. Pero, tras escuchar ‘Music, Fashion, Film’, creo que sus palabras cobran otro significado. Hacer música rock (si es que eso es lo que está haciendo Charli aquí…) no significa tanto crear sin pensar en el baile, sino crear sin pensar en la pista. La cultura pop ya no se rige por un sonido u otro (“¿cómo Bad Bunny va a ser rey del pop, con reggaeton y dembow?”), sino por cuántos espacios es capaz de ocupar, por cuanto puedes deslocalizar la música de sus lugares habituales. Mientras que ‘BRAT’ se presentó en boiler rooms, este nuevo disco se ha presentado en salas de cine. Si Charli es una de las estrellas de pop más importantes de la contemporaneidad es, precisamente, porque va más allá de la pista de baile. A través de lo que ella entiende como anti-marketing, Charli consigue alejarse de un hyperpop muy asociado al capitalismo digital para presentar un disco totalmente ajeno a las modas que, muy probablemente, acabará generando tendencia. Lo importante no es el disco, sino lo que las decisiones artísticas respecto al mismo dicen de Charli. Recordemos que ‘Music, Fashion, Film’ está lleno de pequeños suicidios comerciales, como el de publicar junto a cada single una canción en una cuenta privada de Instagram que no han formado parte del disco (a excepción de “i keep on thinking bout you every single day and night”, la única de estos temas antisistema que aparece como epílogo de “Card Declined”, canción que es, precisamente, una parodia del consumismo capitalista). La esencia rebelde del guitarrista no afecta solo al sonido del disco, sino también a esta actitud aparentemente despreocupada de Charli respecto a la recepción de su obra. Nos recuerda Julie Ackermann que Jimi Hendrix no inmoló su guitarra Fender en 1967 por un mero romanticismo rebelde, sino porque su manager le sugirió la idea.
Por supuesto, en ningún caso nadie podría atreverse a decir que ‘Music, Fashion, Film’ es una campaña de marketing orquestada por el equipo de Charli. Es indudable que Charli necesitaba romper con ‘BRAT’ de una voz lo más radical posible, y sin duda este disco es la respuesta perfecta a esa necesidad de abandonar esa etapa. Quizás sí podríamos preguntarnos si detrás de esas ganas de hacer un proyecto condenado al fracaso comercial puede haber unas ciertas ganas de triunfar con el caballo perdedor, de ganar con las peores cartas del juego; sii puede que haya algo de imagen de marca en esta guitarra Fender inmolada por los suelos. Pero eso, realmente, importa poco. Lo que importa es que, al final del día, nada va a durar para siempre. Ese es el mantra que Charli repite en “No One Lasts Forever”, última canción del disco que, acompañada de unas guitarras ultrasaturadas que avanzan a trompicones, entona una última declaración de intenciones. Al final del tema, David Cronenberg explica que, cuando un día cualquiera se desmayó por la calle, cuando de repente se vio cerca de la muerte, no pensó ni un segundo en su arte. El cineasta elogia a aquellos que han conseguido que su arte abrace la eternidad, pero afirma: “they are dead, they are gone / no one lasts forever”. La canción —y el disco— acaban con ese mantra repitiéndose en bucle, casi en silencio. Mientras que ‘BRAT’ acababa con una explosión de electrónica, con un plano secuencia de efusividad dance (lo mismo ocurría con ‘how i’m feeling now’), ‘Music, Fashion, Film’ acaba en silencio, cortocircuitando tímidamente, pensando en la muerte, en el legado y en el arte. Nunca sabremos lo que quería realmente Charli, pero sin duda sabemos lo que ha conseguido. (Es bonito pensar que, quizás, Charli si crea que este disco va a durar para siempre).
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