Suenan los primeros acordes de “Rio Wolf”, el tema con el que Rufus T. Firefly van a despedir esta noche de gloria, y sabes que han venido a darte todo su amor. El público, agradecido, lo recibe extasiado. A todos nos gustaría detener ese momento, quedarnos ad eternum en los bises del concierto. Adormecernos con la voz de Víctor Cabezuelo, mientras la suave luz de una luciérnaga nos arropa. Solo ese tramo final vale un potosí y el grupo, conocedor de ello, lo sabe y explota. “Magnolia” (2017) es su obra magna. La que marca un antes y un después. La que siempre proyectará su larga sombra sobre ellos. Pero lamentablemente no ha sido así durante toda su graduación catalana en una rebosante sala 2 de Apolo. De hecho no es hasta prácticamente la mitad de su concierto -cuando suena “San Junipero”- que se puede afirmar que el grupo empieza a sonar bien modulado. Hasta ese momento, y es una pena, los teclados, sintes y efectos, han estado desagradablemente arriba, tapando cualquier posible matiz de su música. Y eso en una banda como Rufus T. Firefly, donde el detalle es tan importante como el todo, es un auténtico crimen. No sé bien a quién achacarle el fallo, y tampoco se trata ahora de buscar posibles culpables, pero lo que está claro es que, tras una primera parte muy mejorable, el partido se ha ganado por goleada en el tiempo de descuento.

Por fortuna la memoria de los asistentes a un concierto suele actuar en el corto plazo. Y un final esplendoroso puede tapar los fallos del principio. Sin embargo, la memoria visual es más terca, y uno no acaba de entender porque Julia Martín-Maestro no está elevada sobre una tarima para que todos podamos admirar su esplendoroso golpeteo. El recurso de ponerla delante es justo y acertado, pero su peso en el devenir del sonido es tal, que habría que elevarla unos palmos por encima del resto de la banda. A Julia y sus parches hay que rendirle un merecido culto. No en vano estoy muy de acuerdo con la afirmación que esta misma mañana me ha hecho Marc Ros de Sidonie, cuando me ha soltado que Julia, César Verdú de León Benavente y Axel Pi con los tres mejores baterías de la escena. Sin contar a los más metaleros, vale, de acuerdo. Es una lástima que la altura del escenario de la 2 no haya permitido que contempláramos el espectáculo como es debido.

Posiblemente Rufus T. Firefly han crecido más y mejor en estos últimos tres años, que en los anteriores diez de carrera. Y además lo han hecho muy solos, porque no dejan de ser una rara avis dentro de la escena. Su psicodelia aupada por grandes melodías y falsos estribillos, hipnotiza a la vez que se apuntala en los detalles más electrónicos. No sabemos hacía donde van a encaminar sus próximos pasos, pero ya nos avisaron en una entrevista publicada en septiembre del pasado año, que no les gusta, ni repetirse, ni ser demasiado complacientes con el público. Así que posiblemente la deriva experimental que adquieran corte, en cierta medida, la proyección popular de la banda. Si al final resulta ser así, momentos como el de anoche nos quedarán para el recuerdo. Aunque lo que personalmente añoraré con más intensidad, será su concierto en la sala Sidecar de Barcelona de hace casi tres años. Y es que nunca nada es comparable con esa primera vez. La que te deja la huella indeleble en el recuerdo.