Esta nueva edición del Primavera Club ha sido una de las más emocionantes que recordamos y eso por no mencionar el cierre de uno de los espacios, añadiendo cierto aire cinematográfico a todo el asunto. Sin embargo, centrados en lo puramente musical, ha habido un amplio puñado de buenos conciertos, algunas decepciones, maravillosos descubrimientos y actuaciones más cercanas a experiencias que a un bolo en sí.

El viernes -ese equivalente al “jueves de tranquis” del Primavera Sound-, empezó con la actuación de Novella, quienes tras años goteando temas y varios cambios en la formación, presentaron por fin su debut “Land”. Los de Londres muestran predilección por sonidos noventeros aderezados con psicodelia y kraut-rock, una combinación que arrasó el pasado año y de la que aún se podrán beneficiar. Después llegó el turno de Naked, quienes no consiguieron transmitir todos los matices sonoros y su actuación se quedó más en una performance de danza contemporánea y algún que otro susurro a tiempo. Bases hipnóticas y repetitivas, oscuras y fantasmales sobre las que contrasta la delicada voz de su líder. Un espectáculo más para la vista que para los oídos. Y si hablamos de arrastrar ritmos y mantener notas, Monarch se lleva la palma con su doom metal de bucles infinitos, drones densos y cajas torácicas que se convierten en un instrumento más en una fría La [2] de Apolo, gritos aislados y tempos pesados. Y en cuestión de minutos, Formation (en la fotografía) nos despegó del suelo a base de canciones donde lo mejor del disco, el boogie y el soul se entremezclan para dar lugar a hits rompepistas. Luz y color de la mano de dos hermanos que saben cómo ponernos a bailar. Todo estaba dispuesto para que Roosevelt volviera a Apolo en condición de ganador. Mentiríamos si dijéramos que no sabemos por qué se terminó formando un brote hooligan entre las primeras filas, protagonizado por guiris, fans del productor alemán, entusiastas de la música de baile y de las pegatinas de colores en la cara. Saltos, coreografías imposibles y brazos al aire empujados de manera catatónica por el house más indie de Roosevelt. Subidones a camino entre Caribou y Todd Terje, frescura y una voz que te acompaña a través de incontables movimientos de cadera.

La jornada del sábado empezó viendo el final de Hazte Lapón y con ganas de escuchar más la profunda voz de Manuel González junto a Saray Botella, facturando pop cínico y preciosista hasta la médula. Jessica Pratt, por su parte, nos hizo sentir parte de una California soleada, libre e inocente. Reminiscencias de Joni Mitchell, Brian Wilson y la herencia del sonido Laurel Canyon. Quizá demasiado intimista para la hora que era, aunque nadie puede negar el encanto de temas como “Night Faces”. Así pues, a Fraser A. Gorman no le costó revivir un público algo adormecido. “Slow Gum” es precisamente eso, un caramelo para degustar lentamente: folk, pop y un toque country capaz de sonar contemporáneo, fresco y lleno de color. El australiano consiguió encandilar a la audiencia con canciones redondas como “Shiny Gun” o “Book Of Love”.

Si Gorman fue una grata sorpresa, U.S Girls fueron uno de los blufs de la noche. Los comentarios entre los asistentes tampoco fueron mucho más piadosos; fijándose más en su vestimenta o preguntándose dónde empezaba el playback y terminaban los samplers. Tuvieron una primera parte más atmosférica, jugando con las voces y sintentizadores para crear un espacio común con el público. Se animaron después con temas más bailables, flirteando incluso con el hip hop noventero, como unas Salt-N-Pepa de Baltimore. Sin embargo, su actuación supo a poco, incapaz de transmitir nada más allá de un hype superficial. Más tarde, Shura apareció en una abarrotadísima sala La [2] del Apolo a la que se le notaban las ganas de bailar. Cuerpos jóvenes, moviéndose rítmicos, sudando y al son de las canciones de la londinense, que bien podrían haber protagonizado cualquier peli de los ochenta. Sintetizadores, intensidad controlada, sensual, melodías soleadas y guitarras soñadoras, hicieron que el resto de la noche sólo pudiera ir a mejor. Tarea fácil para Dj Coco, quien repasó la actualidad del indie, junto a esos ya clásicos como The Smiths o Daft Punk. Congas improvisadas, subidones que incitaban a tomar el escenario -ya vacío- de La [2], cristales rotos, más espaldas húmedas, versiones pasadas por un filtro de techno duro y sin darte cuenta, las luces encendidas, rompiendo el hechizo que te mantenía preso desde las ocho de la tarde…
Sin duda, el último día del Primavera Club fue la jornada de las experiencias. Llamar conciertos a lo que nos ofrecieron Ensemble Topogràfic o Lubomyr Melnyk sería quedarse corto, muy corto. Cala Vento protagonizaron el milagro dominical, haciendo resucitar al personal al tercer día, a base de pildorazos pop-rock y punk. Sobre el escenario sólo dos personas, pero en tu cabeza resuenan seis. Los de l’Empordà facturan pequeños himnos generacionales sobre rupturas, encuentros y describen situaciones cotidianas con los ojos de quien las vive por primera vez, como “Hoy es un gran día” o el rompepistas “Isabella Cantó”. Por su parte, Ensemble Topogràfic puso la nota arty del día. El leiv-motiv “la música provoca danza. La danza provoca música” tomó vida en el suelo de la sala grande de Apolo, donde una cantante y bailarina, un guitarra y un músico electrónico se encargaron de generar sensaciones y cierta tensión. Percusiones tribales, loops hipnóticos, teclados y crescendos hicieron vibrar al público en esta original propuesta. Jilguero fueron algo menos atrevidos -¡aunque no se puedan comparar!- y firmaron una actuación impecable llena de cambios de ritmo, contención y melodías emotivas. La voz de Pedro Fernández llenó cada átomo de La [2], llevándose consigo al público en crescendos dramáticos, guitarras corpulentas y finales abruptos. Todos los ingredientes para no pestañear durante su actuación y degustar su americana. Y casi sin pestañear llegamos hasta la sorpresa del domingo: Lubomyr Melnyk. Valdría la pena escribir una crónica sólo con las declaraciones que hacía entre pieza y pieza. Sus palabras fueron casi tan bellas como las melodías constantes salidas de su piano. En sala flotaba cierto aire solemne, conmovedor y cargado de amor. Amor por sus preciosas composiciones, por su manera de interpretarlas, por su menuda figura y por un halo de pasión desprendida en cada nota. Hubo una pieza interpretada a dos pianos -uno de ellos grabado ese día al mediodía- y sonó como una sola, fluida y delicada, casi tanto como la siguiente composición, dedicada al amor más universal. Una auténtica revelación. Lástima que la emoción épica se deshinchó pronto con la actuación de Chastity Belt, y no sería por la falta de ganas de ver al grupo de Julia Shapiro. Conjugan lo mejor de los noventa: ¡el indie y el grunge! Aunque las intenciones son buenas, la voz de Shapiro consiguió quitarle parte de su atractivo, a no ser claro, que lo tuyo sean las bandas de instituto con una clara actitud de “I don’t give a fuck”. Más de uno pudo pensar que al final, ya era “Time To Go Home”. Fue Empress Of la encargada de volver a endulzar la última jornada. La voz de Lorely Rodríguez sonó increíble, cargada de flow y energía cruda. Moviéndose con soltura sobre el escenario facturó su peculiar combo de melodías del pop más añejo, aderezado con sintetizadores y ritmos trepidantes. Una actuación que atrapó de principio a fin, con temas como “Water Water” que nos ayudan a comprender por qué dará tanto que hablar.