El festival internacional por excelencia de nuestro país vecino, se alzó en su décimo octavo aniversario con uno de los carteles más diversos, globales y competitivos de su historia. Desde leyendas como Nick Cave & The Bad Seeds, The War Of Drugs, Pixies o Foo Fighters hasta algunas de las propuestas pop más trabajadas y profundas de las últimas décadas como Lorde o Florence And The Machine, pasando por algunas de las más mainstream y disfrutables como pueden ser Zara Larsson o incluso Twenty One Pilots, cada uno en su género. Y así podríamos ir diseccionando el cartel, destacando a una programación portuguesa para salirse del Fado Café -–espacio dedicado en exclusiva a la música tradicional portuguesa cantada por mujeres– o de propuestas bailables como los siempre efectivos Buraka Som Sistema. Todos ellos hicieron de esta edición la de mayor proyección para todo aquel que se considere melómano.
Si empezamos por los contras, lo peor del festival luso reside en todos esos momentos en los que, de los siete escenarios dedicados a la música en directo, solamente uno ofrecía alguna actuación. Ejemplo de ello fue el concierto de más de dos horas de Foo Fighters antes de dar paso a Zara Larsson. Obviamente, puedes disfrutar de ambos, pero objetivamente su público no es el mismo. Como consecuencia, las activaciones de marca fueron más protagonistas de lo que ya es habitual en cualquier macrofestival dando un paso más allá dentro del modelo Coachella que tantos festivales europeos están buscando replicar.
En cuanto a lo mejor del festival, no podemos obviar su enclave, en el Paseo Marítimo de Algés con vistas privilegiadas a la Bahía de Cascais y no en un descampado como tantos otros. O su sonido, de los mejores que he disfrutado en un evento de estas características en los últimos años. Tampoco es habitual encontrar una apuesta como la suya por la música descentralizada con propuestas de países como Hungría o Angola como fueron el shoegaze de Sonya y el kuduro de Titika, la mayor sorpresa para todo aquel que disfrute mover las caderas. Aunque antes de seguir pormenorizando propuestas, pasemos al análisis diario del festival.
Jueves, 9 de julio
Llegamos a un abarrotado Palco Heineken para disfrutar de uno de los conciertos más multitudinarios que sucederían en este escenario. El trío de soul-rock Alabama Shakes usó la honestidad de un mensaje local para hacer de su fenómeno uno global ampliado por las coristas que acompañaron a la formación. Brittany Howard arrasó con la potencia de su voz, convenciendo incluso al público más escéptico, haciendo del concierto una comunión compartida de melodías cocidas a fuego lento. Un directo sublime para abrir apetito del que sería el mejor espectáculo del festival, Nick Cave and the Bad Seeds.
El australiano y su banda mantienen su magia sobre los escenarios. A sus sesenta y ocho años, Cave no tiene que envidiarle ni la más mínima energía a vocalistas como, por poner un ejemplo, nuestro Diego Ibáñez de Carolina Durante. Salvo en las canciones a piano, como la magistral e íntima “Joy”, Cave dominaba el escenario de una punta a otra de forma constante, incluso el foso donde el público sujetaba a su mesías de la planta de los pies mientras cantaba alguno de sus mayores éxitos. Su directo buscó ese halo de divinidad que pocas veces se consigue y que él alcanza con creces. Si la gloria pertenece al cielo Nick Cave y su banda tienen un asiento reservado en lo alto desde el que seguir haciendo melodías que atraviesan.
Seguimos la noche con la propuesta de Rumia, que más de la mitad del público disfrutamos sentados. Los sintetizadores se mezclaban con su preciosista voz en un intento de belleza que resultó en aburrimiento. La portuguesa tiene tablas, pero entre la hora y el hecho de estar en un escenario como el WTF Clubbing se quedó en un intento de Cristina Len descafeinado. Mucho potencial poco aprovechado. Algo totalmente opuesto a lo que ofrecen Twenty One Pilots; poco potencial muy bien aprovechado. Un dúo que, más de diez años después de su debut, sigue viviendo de sus primeros éxitos como “Stressed Out” o “Ride”. El espectáculo estuvo bien, lo que te puedes esperar de cualquier banda con gran presupuesto.
Para el cierre de la jornada con Tomora, el reciente proyecto de la noruega Aurora y Tom Rowlands de The Chemical Brothers, quise llegar virgen ante la expectativa de dos tan distintos como prodigiosos artistas. A pesar de que en estudio toman caminos distintos, la totalidad del directo queda en manos de la electrónica, con una Aurora perfectamente acompasada con la bailarina Amelie Holt con la que se presentó teatralmente a modo de gemelas de “El resplandor” y que, en el espectáculo, se convierte en una pieza tan clave como Aurora y Tom.

Foo Fighters
Viernes, 10 de julio
La segunda jornada prometía energía exacerbada desde el primer momento con la propuesta abrasiva de rock denso y oscuro de Jehnny Beth, una bestia escénica sin concesiones con su público, a quien puso a hacer burpees sobre el escenario mientras cantaba “Push-Ups” después de versionar el “Army of Me” de Bjork y el “In Heaven” de David Lynch. Distorsiones, revolución y un mensaje repleto de intencionalidad social a cargo de una voz y presencia que se comen el escenario convierten la propuesta de la francesa en una de las más interesantes del panorama rock internacional contemporáneo. Algo tibio me quedé después con Wolf Alice, uno de mis directos más esperados que resultó ser uno de los más monótonos. Tras publicar un tan buen álbum de pop como su más reciente “The Clearing” y una trayectoria que, siendo honestos, nunca ha sido rockera, el halo grunge con toques góticos con el que se presentan no concuerda con temas tan juguetones como “Just Two Girls”.
El momento que todos debíamos estar esperando, Foo Fighters, más que nada porque monopolizó la programación durante más de dos horas tan claves como la franja de 22:30 a 01:00, se saldó con una recopilación de éxitos para celebrar los treinta años a lo largo de los que Dave Grohl y los suyos han demostrado su facilidad para crear himnos y poner al público en movimiento. La incorporación de Ilian Rubin a la batería se salda como un acierto en precisión y potencia para un grupo que se ha ganado a base de riffs su estatus como uno de los imprescindibles del rock actual.
Les sucedió Zara Larsson con un directo hecho por y para fanáticos de divas pop. Como tal, hubo todo lo que te puedes esperar: una producción de escenario superior a la de sus compañeros, coreografías constantes y exigentes, una voz perfectamente afinada… Destacar también el papel que jugó su banda, conformada íntegramente por mujeres y con más protagonismo del esperado –cada una de ellas tuvo varios momentos de solo con sus instrumentos– y el que su set fuese más largo de lo que acostumbra a hacer en otros festivales, regalándonos una intro con “Danza Kuduro”, que nos puso a todos a bailar, y la interpretación de “Uncover”, la primera canción de su trayectoria.

Lorde
Sábado, 11 de julio
Don West fue el encargado de abrir el escenario principal, del que no nos movimos hasta la actuación de Florence + The Machine por el calibre de las actuaciones programadas. Más allá de un cuerpo bonito que se comporta como un instrumento más de su directo, el concierto del australiano es un set perfecto para empezar cualquier festival con ese soul tan bien cantado y tocado por su banda con el que parece huir de imperfecciones. La alegría contenida que desprende son la receta perfecta para dejar atrás ese peso en el alma que todos tenemos tras dos días completos de festival y dejarnos libres para acompasar el beat sin pudor el resto de la noche.
Le sucedió Teddy Swims, a quien no había escuchado previamente pero sí se me había recomendado en varias ocasiones. Nada más terminar el concierto pensé: “Si una década no tiene a su Sam Smith, se le asignará uno de oficio”. Y es que el set para mí no tuvo sentido. Una gran voz para interpretar canciones a medio camino entre el soul y el pop con una constante reivindicación de los cuerpos diversos, pero con una identidad muy mal ejecutada. No puedes ir deL tío más chungo de tu barrio y hacer canciones que recuerden al “Sorry” de Justin Bieber. Entiendo que busca crear un universo un tanto surrealista, pero el surrealismo también necesita de unas bases.
No puedo ser objetivo al hablar de Lorde. He crecido de su mano y disco tras disco me he sentido identificado y arropado por lo que ofrecía en cada momento. No obstante, el show no estuvo a la altura de previos por muchas razones: un set más corto que el de los festivales estadounidenses, la renuncia a la mayoría de elementos escénicos que ya eran pocos de por sí en la gira de arenas, la omisión completa de “Solar Power” –disco previo al que presentaba–, o la parsimonia del público, que aun en las primeras filas parecía desconocer su discografía más allá de los grandes clásicos –en parte por la afluencia aglutinada para Florence, que esperaba tendrían más público en común del que resultó– hicieron del show algo poco memorable para aquel que no sea fan. Eso sí, yo me pasé toda la actuación de zancada en zancada. Especialmente con “Current Affairs”, con la que tomé conciencia de lo precioso que estaba siendo el concierto. A destacar también que siendo esta su era más cercana a la electrónica, varios hits previos como “Green Light” fueron presentados con nuevas instrumentales.
Pelos de punta desde el arranque de Florence + The Machine con la oscura y de potencia desgarradora “Everybody Scream”, title track de su más reciente álbum. Le sucedió “Shake It Out”, coreada al unísono por el público al igual que la mayoría de sus estribillos, consiguiendo hipnotizarnos a todos con el ritual que planteó sobre el escenario en esta nueva era en la que se presenta como bruja. El ritual que no consiguió completar fue que todos dejásemos el móvil para disfrutar plenamente de la experiencia. No obstante, quienes sí lo hicimos nos sentimos sanados de nuestra cotidianeidad, sobre todo con las canciones que dejó para el bis: “Dog Days Are Over” y “Free”, de su penúltimo disco, no tan conocida, pero de las mejores de su discografía.
De aquí en adelante, el kuduro se convirtió en protagonista de la noche. La angoleña Titica y sus excepcionales bailarines nos demostraron que la noche no había terminado con Lorde y Florence, sino que apenas acababa de comenzar. Imposible no moverse al ritmo de los bajos con los que nos hizo retumbar mientras rapeaba o cantaba pegadizos estribillos como los de “Come o Baza”. Personalmente, el gran descubrimiento de la edición y la previa perfecta al que sería un broche de oro como pocos he vivido en un festival. La reunión de Buraka Som Systema tras más de diez años sin lanzar un disco se vivió como un acontecimiento de dimensiones épicas para el público. Todos vivimos un momento que no nos dejó indiferente ni a nosotros ni a nuestro cuerpo, con unas últimas filas con mucho más movimiento que el que encontrarás en algunas de las principales discotecas de nuestro país. Está claro que, cerrando con una leyenda común para todo el público local que además lleva años inactiva, el Nos Alive consiguió efectivamente un cierre legendario.

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