No sé, pero… creo que moriré
ComicsLorenzo Montatore

No sé, pero… creo que moriré

7 / 10
Fran González — 15-07-2026
Empresa — Astiberri

A todo dibujante le llega su San Martín; una lección de vida que Lorenzo Montatore aprendió de mala gana y por narices en su tierna infancia al tratar de entender adónde iba la gente cuando moría. Dogmas, más o menos asumidos también a la fuerza en la adultez, que no dejan de sonar marcianos cuando se les dedica un mínimo análisis, aun ya con las sienes nubladas. El historietista responsable de éxitos como “La mentira por delante” (21) o Si bailáis, entenderéis mejor las letras (24) lo hace ahora en esta singular bitácora de lo luctuoso titulada “No sé, pero… creo que moriré”, una tierna oda visual a la memoria y la liturgia del adiós que también supone el regreso del autor a Astiberri.

El tema de marras, por cierto, no le viene de nuevas a Montatore, quien, en pretéritas obras propias como “Queridos difuntos” (20), ya demostró de forma meridiana su obsesión por desmontar ese gran tabú de Occidente que es la muerte. Aquí, comedia y gravedad vuelven a convivir sin estorbarse, conformando un ejercicio de espejos tan existencialista como inaudito. La influencia de Brian Eno –recomendamos escuchar su “On Some Faraway Beach” al concluir la lectura, nos lo agradecerán- y la fricción entre el lenguaje adulto y la comprensión infantil suponen el pistón de arranque de este heterodoxo relato, cuya entrega, entre melancolía, sarcasmo y surrealismo, deviene en una exposición artesana y cruda de esos interrogantes universales tan antiguos como el propio mundo.

Todo esto cristaliza en una centena de páginas en blanco y negro de aparente sencillez formal, donde el viñetista rompe el lenguaje arquetípico de la narrativa gráfica y apuesta por una poética onírica de trazo naíf, pero voz profunda. Y es que el planteamiento estético de la obra, siendo esta la primera publicación que el autor afronta desde un proceso plenamente analógico podría entenderse como un manifiesto ético en sí mismo; un reivindicativo regreso a la orfebrería artística de rotulador, tijera y pegamento que subraya la fragilidad del mensaje y el humanismo de su impronta.

A través de estas técnicas, a caballo entre el collage y el garabato bruguerístico, Montatore exhibe sus inseguridades (“Míralo, otra vez calcando. Así cualquiera dibuja”, le increpan una suerte de trasuntos de los míticos ancianos del palco, de los Teleñecos), sus adulterados recuerdos (una experiencia iniciática en los cines Carlos III viendo “La vaquilla” de Berlanga o un coscorrón mal dado en el fondo de una piscina), y sus desahogos más íntimos (con ese “¡Yo también estoy vivo!” al final de la obra, que lejos de sonar triunfal, supone el epifánico descubrimiento de la condición transitoria del ser y estar por parte del protagonista).

Frases hechas en velatorios, costumbres asumidas o rituales repetidos de forma mecánica desconcertarán a nuestro pequeño niño protagonista (curioso y preguntón), al tiempo que su reverso fantasmal recorre las páginas del volumen arrastrando con pesar la condena del recuerdo y la firme certeza de que nuestro tiempo es finito. Dos senderos comunes destinados a cruzarse (“En paralelo a tu manera de estar vivo, yo, tu fantasma, padezco la biografía del muerto que serás”), pero que bajo ningún concepto caen en la impostada solemnidad ni en el alegato pedagógico como sino. Montatore, al igual que nosotros, tan solo trata de entender a tientas la confusión de estar vivo, expresando sus conclusiones –y haciéndonos, de paso, cosquillas– en esta conmovedora elegía hecha a mano.

 

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