El festival Santas Pascuas ha cerrado su propuesta para las Navidades de 2018 con dos gigantes de la música patria como son Christina Rosenvinge y Niño de Elche, logrando firmar un epitafio de los que no dejan indiferente a nadie. El último fascículo musical del ciclo ecléctico organizado en la capital pamplonesa ha logrado ser una fiel representación de la propuesta inconformista de un festival con actuaciones para todos los gustos y hasta para todas las clases sociales e ideológicas.

Abriría la última velada pascual la madrileña Christina Rosenvinge acompañada de una banda a la altura de las melodías de su último trabajo “Un hombre rubio” (El Segell del Primavera, 2018), que analiza la relación de padres a hijos desde el punto de vista y las vivencias personales de la artista. Con “Niña animal” y su intenso estribillo empezaría el repaso a un trabajo intimista marca de la casa en el que Christina ha optado por un tono mucho más grave en lo vocal y contundente en lo instrumental. “El pretendiente” o esa interpretación de la antigua “Jorge y yo”, mucho más enérgica y ruidosa que en estudio, son una buena muestra de ello. Tras estas llegaría el momento de dos de las canciones más emocionantes de su directo, con una “Pesa la palabra” que hace referencia autobiográfica a “ese tipo de padres que no hablan, que no se comunican”; y “Romance de la plata”, que muestra el otro lado, el de “el hijo que no habla con su padre”, ideado en el momento en el que Christina recibe la petición de escribir un romance y en esas que “aparece el fantasma” de su padre de entre los vinilos flamencos en los que buscaba inspiración.

Para matar un poco esa atmósfera dramática creada por la artista, llegaría “Ana y los Pájaros”, lo más parecido a una oda al cunnilingus que supuso un buen corte en todas sus acepciones. Una vez ya engrasado el directo, surge el momento de la coreable “Alguien tendrá la culpa” con poco acompañamiento por parte del respetable pamplonés. Pero no hay que preocuparse, Christina, nada nuevo por estos lares. Cuando el público de Pamplona jalea es que lo estás haciendo mal. Ya encarado el final del directo, “La flor entre la vía” serviría de precedente de una traca final en la que Christina demostró por qué sigue siendo una referencia tras cuatro décadas de carrera. “La Tejedora”, una canción que suena revitalizada en directo, “La muy puta”, con una Christina sensual, desatada y rompedora, y el bis final de “La piedra angular” cerraron su show, de menos a más, logrando el aplauso unánime de las diferentes generaciones que se dieron cita en Baluarte.

Niño de Elche, una de las grandes atracciones del festival, no se haría esperar demasiado. La imparcialidad a la hora de encarar su espectáculo brilla por su ausencia cuando un servidor se revela como firme seguidor de su verborrea en redes. Como si de una reencarnación en vida del propio Antonio Escohotado, el ilicitano nunca deja indiferente y debo reconocer que da cierto gusto ver a los ‘ofendiditos’ del flamenco echar espumarajos sobre todo aquello que hace y deja de hacer. Fiel a su provocación 24/7, Francisco Contreras se presentó ante el siempre pudoroso público navarro con un desnudo casi integral para luego volver a vestirse con la elegancia propia de las mejores galas benéficas. Daría comienzo a su ritual con “La Farruca de Juli Vallmitjana”, que por medio de un defectuoso catalán pretende reivindicar el flamenco como un arte sin fronteras. Atizando a aquellos nacionalismos que pretenden apropiarse de todo, ya sean regionales o estatales, el Niño continuó su espectáculo interpretando “Seguiriyas del silogismo” que para eso había venido a presentar su ‘Antología del Cante Flamenco Heterodoxo’, “si alguien sabe lo que todo eso significa”. Consciente del público al que se enfrentaba, “Navarra siempre ha tenido un fuerte componente religioso” (no sic), interpretó “El Prefacio a la Malagueña de El Mellizo” en alabanza a las interpretaciones de Amos Rodríguez Rey o Juanito Valderrama, proporcionando una bofetada espiritual incluso a los ateos más militantes. “Saeta del Mochuelo con la Mariana seguido de Plazoleta de Sevilla en la noche de Jueves Santo”, continuaría por esa senda mística tan característica del artista y allanaría el camino para una interpretación de los versos de Lorca en las melodías de Tim Buckley llamada “Deep song”. Erótico-festivo se pondría el Niño en el “Tango de la Menegilda” demostrando que sus registros siguen siendo amplios y sus vergüenzas escasas. Y después de haber llevado al respetable pamplonés por todos los universos musicales posibles, llegaría la estampa final de Contreras con ese magnífico pasodoble de Rafael Romero El Gallina iniciado por un “Olé” que resume toda la historia de España. Como no podía ser de otra manera, la “Rumba y bomba de Dolores Flores”, esa “gran ladrona” de la música flamenca, acabaría generando quizás más indiferencia si no más admiración en un público que durante casi una hora y media solo habló por medio de sus aplausos.

Esta es una crónica musical, no una columna de opinión, pero cuando un artista tiene la gentileza de proporcionar a su público una hoja que describe el porqué y la procedencia de sus canciones, está desnudándose sin temor ante público y crítica. Para que los dardos de los que entienden, o dicen que entienden, lleguen al centro de la diana; o para que sus espectadores puedan acercarse mejor a la tradición, la transgresión y el flamenco. Que falta nos hace, al público y al flamenco. Algunos por eso mismo no llegaron a entender nunca a Morente, y yo lo que hiciste en Pamplona no te lo perdonaré jamás, Niño de Elche. Esos calzoncillos, en pleno año nuevo, deberían ser delito.