Director de orquesta, fotógrafo, crítico musical, compositor y, por supuesto, autor de bandas sonoras y afamado pianista. Michael Nyman es un creador con talento y sensibilidad suficiente como para provocar que su presencia, acompañada únicamente de majestuoso piano de cola, resultase de indudable atractivo para cualquier aficionado a la música.
El británico tomó el siempre mágico escenario del Teatro Principal sólo unos minutos después de la hora fijada en el programa, con cálida seriedad dibujada en un rostro caracterizado por sus habituales gafas gruesas completando la sobria elegancia de su personalidad. La faceta más popular del artista recae indudablemente en la composición de música para películas, desarrollando el complejo arte de imaginar un conjunto enlazado de notas capaz de transmitir con intensidad aquella historia que la pantalla despliega a lo largo de una secuencia de fotogramas. Quizás por eso el grueso de su actuación resultó protagonizado por una serie de piezas ejecutadas en continuo sobre la proyección de minúsculos metrajes de títulos tan ambiguos como “Love Train”, “Horizons”, “Privado” o “Slow Walkers”. El músico descifró sus composiciones mientras visualizaba las imágenes proyectadas sobre la pantalla instalada al fondo de las tablas, como si éstas inspirasen su interpretación instrumental por primera vez, hasta que la archiconocida pieza principal de “The Piano” (93) de la directora neozelandesa Jane Campion cerró la primera parte de la velada confirmando la hermosa nostalgia y evocadoras capacidades del concierto. El londinense se retiró entonces dejando al público con un pequeño film (y su respectiva orquestación grabada) acerca del holocausto judío a modo de interludio, para regresar posteriormente a escena y retratar con una ambientación demasiado simplista un antiguo cortometraje alemán que, junto a dos inocuas piezas adicionales, descendieron los notables niveles de intensidad y profundidad alcanzados con anterioridad. Severa confirmación de lo caótico de una estructura que no impidió la generosa ovación de los presentes, sin duda más acorde a la espectacular trayectoria vivida por un clásico contemporáneo como Nyman que a lo percibido durante el segundo acto del espectáculo.