Un año más la Mercé ofreció un variado y más que completo cartel en lo que a actuaciones musicales se refiere. Y lo hizo tanto bajo el paragüas del festival BAM (Barcelona Acció Musical) como de la propia programación de las fiestas. Como novedad este año, hay que destacar también un nuevo escenario erigido tan solo el domingo para celebrar el 75 aniversario de la sala Apolo de Barcelona. Todos ellos fueron de acceso libre y gratuito, lo que garantizó un enorme éxito de público que, en algún momento, jugó en contra del disfrute adecuado de los artistas, pero bueno ya sabemos aquello de a caballo regalado…

Viernes 21 de septiembre
Entre los primeros nombres del viernes, pisándose ligeramente, estaban Candeleros (Rambla del Raval) y Nadah El Shazly (Plaça de Joan Coromines), que abanderaron dos propuestas completamente opuestas. Los primeros eran uno de los pocos representantes de la música latina del BAM de este año, y dieron un concierto con altibajos pero efectivo de cara al público. Es lo que tiene la cumbia, que no falla: en cuanto pisan el acelerador y le dan duro todo va bien. Cuando se salen de ella y entran en terrenos psicodélicos se notan un poco más las costuras, sobre todo a nivel de sonido, aunque da la impresión de que saben a dónde quieren ir y que será cuestión de tiempo que sepan cómo llegar. Nadah El Shazly, por su parte, dio un recital denso, ambiental y experimental un tanto plano en el que se echó en falta algo de dinamismo y fuerza escénica. Lleva al directo los pasajes de “Ahwar” (Nawa Recordings, 17) de manera impecable, eso no se le puede reprochar, pero puede que fuera ese precisamente el problema. También, todo sea dicho, era un concierto más apropiado para un Lapsus -por ejemplo- que para un BAM.

Puede decirse que Kokoroko (Plaça dels Àngels) abrían un mes en el que pasarán por Barcelona varias de las figuras más importantes de la nueva escena jazz de Londres, como Kamaal Williams (5 de octubre) o Ezra Collective (19 de octubre). Ellos son, probablemente, los más cercanos al afrobeat de todos, y dieron buena cuenta de ello con un concierto brillante en el que también le dieron al funk y al highlife nigeriano. Solo se les puede reprochar la falta de algún tema más icónico en su repertorio, porque a nivel instrumental son una gozada. Parte de su concierto coincidía con el de Erotic Market (Rambla del Raval), que -al menos en el rato que pude escuchar- sonaron bastante más clásicos de lo que se esperaba, tirando más de r&b noventero y de un pop electrónico estándar que de M.I.A., con quien les han venido comparando desde hace años. Los triunfadores de la noche acabarían siendo Meute (Plaça dels Àngels, foto superior), aunque probablemente lo llevaban ganado de antemano. La gente iba a lo que iba y recibió lo que esperaba recibir. En los cortes más techno sonaban tan contundentes que costaba creer que ahí encima había una marching band, mientras que en otros -como el remix de Flume del “You & Me” de Disclosure– presumían de arreglos y de buen hacer. El tópico de la precisión alemana, en su caso, está justificado.

Tomasa del Real – Foto Hara Amorós

Todo un acierto, y un éxito, la programación de la “Nit africana” dentro de las Fiestas de la ciudad. Ya a primera hora había numeroso público en el escenario del Moll de la Fusta esperando a Nakany Kanté. En pocos años esta joven de Guinea Conakry residente en Sabadell, ha pasado de ser una brillante promesa a una apabullante realidad, y sobre todo gracias a su directo. Su esplendida banda ha sabido insuflar energía a sus coloristas composiciones afro-pop mandinga y ahora su propuesta ya está a nivel de otras artistas africanas renombradas. Sus textos reivindicativos y de amor a Farafina (así es como denominan los subsaharianos al África Negra) son compatibles con esos ritmos festivos difíciles de aguantar sin moverse.
Lo mismo que esas músicas de ida y vuelta entre Cuba y Senegal y que tan bien popularizaron hace casi 50 años la Orchestra Baobab. A pesar de que estos veteranos se presentaron en sexteto, sin Abdoulaye Sissoko a la kora y sin alguno de sus nuevos cantantes, su gran carisma en escena, con el saxofonista Issa Cissokho al frente, es difícil de resistir. Repasaron sobre todo su último disco, Tribute to Ndiouga Dieng, homenaje a uno de sus cantantes fallecidos, pero muchos músicos occidentales quisieran tener, con su misma edad, la vitalidad y ritmo con la que presentaron sus canciones. 
Aunque para vigor la del nigeriano Seun Kuti y su macro banda Egypt 80. Pobre de aquel que quisiera seguirle el ritmo. Él ha bebido de la fuente del afrobeat desde pequeño y a ello se dedica con toda su alma y energía, que es mucha. Letras combativas y ritmos frenéticos para que los mensajes entren por los poros. Repasó su último disco “Black Times” y solo incluyó el “Pansa Pansa” de su padre Fela. Auténtico afrobeat del siglo XXI con uno de sus legítimos representantes.

Sábado 22 de septiembre
Akua Naru abría el escenario de la Plaça dels Àngels en el día con más expectativas del mismo, y lo hizo decepcionando. Casi dolía ver la fuerza que era capaz de exhibir por momentos y cómo esta se difuminaba poco después una y otra vez. Un concierto disperso en el que no se acababa de ver a gusto ni a los músicos ni a ella misma, demasiado esforzada en conectar con el público para que fluyeran con naturalidad temas tan brillantes como los que guarda en su catálogo. Cambiando de tercio, generación y concepto por completo, en la Rambla del Raval estaba Tomasa Del Real. No se puede decir que se esforzara demasiado sobre el escenario, pero por suerte sus temas hablan por sí mismos y el setlist fue cortito y al grano. Todo hits underground, sonido sucio y duro y una presencia escénica a la altura. Salió Bea Pelea a cantar un tema, aunque hubiera bien estado bien algún otro invitado en el escenario teniendo en cuenta que ha colaborado con La Favi, Ms Nina, El Mini o La Mafia del Amor al completo. Justo después Masego, de nuevo en la Plaça dels Àngels, dio un concierto que pedía a gritos repetirse en sala. Se notaba que se estaban perdiendo matices por el camino, pero aún así supo sacar partido a un catálogo relativamente corto dejando un sabor de boca inmejorable y momentos realmente hipnóticos.

Dr. Calypso tenían el deber de convertir el coqueto espacio del Moll de la Fusta (el mejor ubicado y preparado de todos los de la Mercé) en una auténtica fiesta en la que se celebrara por partida doble sus treinta años de carrera y su inminente despedida de los escenarios. Salieron con ganas y, aunque el sonido no les acompañó del todo al principio, se fueron reponiendo a base de soltar una batería de clásicos del ska y el rocksteady catalán. Temas irresistibles que hicieron las delicias de un público adulto y fiel que acabó coreándolo todo. “Aquesta nit”, “Brigasites Internacionals”, “Se’ns pixen”, “Ruleta Russa” o “Pardalets” son canciones que echaremos en falta mucho en el futuro y el auto-homenaje que se otorgaron los Calypso en las fiestas de su ciudad estaba más que justificado. Tras los de la Vila de Gràcia, los ritmos jamaicanos continuaron siendo los protagonistas del Moll, pero con un salto generacional más que evidente hacía un público mucho más joven y entusiasta. De hecho, cuando Green Valley pisó el escenario, se hizo más que evidente que el volumen era cosa de ellos y que su reggae vacilón y bien intencionado ha sabido conectar con mensajes tan positivos como simplones con el gran público. Son ideales para una fiesta mayor algo que saben y explotan a la perfección en su objetivo de dibujar sonrisas en los rostros de los presentes, sin muchas más pretensiones.

Es cierto que ver a una orquesta como la argelina El Gusto en un espacio tan ilustre como el escenario situado a puertas de la Catedral, tiene su encanto. Y si tienes la suerte de conseguir una de las mil sillas dispuestas, mucho más. Además tienen una historia que engancha. Después de casi cincuenta años y gracias a un documental y a un disco (producido por Damon Albarn) han vuelto, quien sabe si solo para una gira. Esta orquesta formada por árabes y judíos, que tocan violines, flautas y acordeón y que son maestros de instrumentos como el oud, el qanun, el bendir o la darbouka, acarician su música popular, o sea el raï y el chaabi como nadie y sus voces aún suenan misteriosas y melancólicas. Inevitable echar una lagrima al escuchar el Ya Rayah que popularizara el inigualable Rachid Taha.

Es cierto que cuarenta y cinco minutos a veces no bastan para hacerse una idea de una música que no conoces, pero muchos de los que no conocían a Bruno Pernadas, que ha obtenido diversos premios por su directo, se quedaron prendados. La música de este compositor, guitarrista y teclista portugués bebe del jazz contemporáneo, pero tampoco se le debería acotar en ese estilo. Él junto a la macro banda con la que llegó, nos regaló una música refrescante que resultó vital para la jornada que se avecinaba.

La Rambla del Raval estaba expectante ante la propuesta del productor y teclista tunecino Sofyann Ben Youssef. Su disco bajo el nombre de Ammar 808 Maghreb United ,repleto de temas tradicionales a los que Sofyann ha añadido bajos, percusiones y electrónica junto a las aportaciones de tres cantantes, es sorprendente. Y muchos imaginaban su actuación junto a estas tres colaboraciones y las de un prometido Vj, pero al final en escena solo se presentó él. Es cierto que parte de la Rambla del Raval se convirtió en una macro pista de baile con un público con ganas de fiesta, pero esperábamos algo más de espectáculo.

 

Mercury Rev – Foto: Hara Amorós

Domingo 23 de septiembre
El domingo la sala Apolo soplaba 75 velas plantando un escenario en pleno Paral·lel, y si juzgamos su éxito por la afluencia de público fue un triunfo absoluto. Cuando salieron Throes + The Shine ya estaba a reventar y el concierto atrapagente que dieron sirvió para llenarlo aún más. El grupo, esta vez en formato trío con un solo vocalista, dio una lección de riqueza rítmica y hooliganeo buenrollero, mezclando kuduro, batida, rock y electrónica y rebuscando tanto en las raíces angoleñas y nigerianas de su sonido como en el Caribe. Tan anfetamínicos y efectivos como siempre.

Y después, la reina en persona: Nathy Peluso. Es difícil hablar de ella a estas alturas, aún más sin caer en el mar de elogios que le ha venido rodeando a lo largo del último año. Todo lo que hayan dicho sobre sus tablas y su presencia escénica está completamente justificado, eso está claro. Vocalmente no se le puede sacar la más mínima tacha. De la banda que le acompaña, Big Menu, tampoco vamos a descubrir nada a fecha de hoy: sonaron impecables, un bloque lleno de matices independiente del estilo al que se estuvieran acercando en cada momento. El formato de directo, eso sí, deja una sensación agridulce. El interludio a mitad de concierto -donde Nathy baila media salsa y se va del escenario durante unos diez minutos- rompe por completo el ritmo del concierto, más aún después de haber soltado “La Sandunguera”. Eso, unido a las versiones -“Summertime”, “Bang Bang”…- que va intercalando, acaban provocando la sensación de haberse quedado a medias. Y es una pena.

Ferran Palau salió con una evidente sonrisa de satisfacción al pequeño escenario de la Plaza Joan Corominas, bien arropado por Joan Pons de El Petit de Cal Eril a la batería. Ambos han sido los responsables de sacarse de la manga la etiqueta difusa de pop metafísico con la que enclavar a su música y lo cierto es que lo logran. La propuesta del líder de Anímic consigue en directo que la gente la reciba como un bálsamo. Que la dulzura de su textura te eleve y la música cure las heridas. Lo mejor que se puede decir de su actuación es que se hizo corta y dejó en evidencia a lo que vino después. Y es que no cabe tildar de desastrosa la actuación de Mercury Rev, pero sí de muy decepcionante. Venían a celebrar las dos décadas de su disco más celebrado “Deserter’s Song”, pero acabaron por ofrecer una actuación tan tibia como corta (seis temas del disco en cuarenta y cinco minutos) a la que no ayudó en nada la inexplicable ausencia de una base rítmica que dotara de cuerpo y épica a temas incontestables como “Goddes On A Hiway”. Solo el clásico recurso de acabar la actuación con una exhibición de ruido y distorsión sobre el escenario atenuó el mal sabor de boca de lo que no cabe catalogar ni de aperitivo. Tras los de Buffalo cayó una de esas gratas sorpresas a las que un festival de estas características está obligado. Y es que el dúo formado por estas dos británicas y que recibe el nombre de IDER, elevó de nuevo el listón gracias a una voces angelicales muy bien empastadas y a un r’n’b dulzón y melancólico sobre el que balancearse de forma suave.

 

La Estrella de David – Foto: Kira Parra

Lunes 24 de septiembre
La Antiga Fàbrica de Estrella Damm acogió la cuarta y última jornada del BAM 2018, y los encargados de abrirla fueron Hazte Lapón, con Lolo Lapón y Saray Botella al frente, luminosos y entregados, después de meses sin tocar en directo. Aunque dejaron tiempo para clásicos como “Odiar” y “Cómo funciona un corazón”, dieron pistas de cómo serían los directos de la gira de su último disco (dividido en dos partes y en un solo juego de mesa): “Tú siempre ganas” (El Genio Equivocado, 18), con el que se despedirán como banda.

Casi predicando, David Rodriguez y su banda (entre ellos Brian Hunt y Javier Carrasco, también conocido como Betacam) presentaron algunos temas de lo que será lo nuevo de La Estrella de David, “Consagración” (Sonido Muchacho, 18) –disponible a partir del 19 de octubre–. De lo nuevo sonó “Cariño”, “Noches de blanco Satán” o “Canción protesta” y dieron rienda suelta a la melancolía con las coreadas “La catalana” o “Vejaciones en la costa”.

Con el aforo de la Fábrica ya completo, salió La Bien Querida a demostrar (si es que aún hace falta) por qué verla en directo es siempre un regalo. La fuerza y la elegancia rondaron tanto en las canciones que están a un año de cumplir una década como en las de su último trabajo “Fuego” (Elefant Records, 17). Estuvo acompañada por David Rodríguez con voz y guitarra en “Recompensarte” y por todos los presentes con bailes continuos, especialmente en “7 días juntos”.

Lo cierto es que esa energía y finura fue permanente toda la tarde. La Plata lucieron –además de unas camisetas homenajeando a Power Balance, esas pulseras que marcaron a toda una generación– una versión acelerada de “Detrás de la mirada” de Décima Víctima y la mayoría de canciones de su primer disco “Desorden” (Sonido Muchacho, 18), con esa celeridad característica que solo decayó cuando tocaron “Me voy”.