Puede que pienses que el virus de la hipérbole se ha apoderado de mi, o incluso que presencié el concierto bajo el influjo de alguna de esas sustancias que te altera la conciencia, pero no. La pura verdad es que el concierto de ayer noche en la sala pequeña del Apolo fue, no solo uno de los mejores conciertos a los que he asistido esta temporada, sino que incluso podría incluirlo en la lista de los mejores que he presenciado en mi vida.

Todos los ingredientes de un bolazo de tomo y lomo confluyeron en una velada única. Grandes canciones; excelentes interpretaciones; un clímax cargado de una emotividad que se podía rasgar con un cuchillo y, sobretodo, la presencia de un cantautor que si todavía no cuenta entre los grandes de la americana actual, es por la ceguera de los grandes medios que tan ajenos viven a lo que realmente pasa en esos pequeños escenarios de clubs donde se forjan las leyendas.

Y si hablamos de leyenda, los que asistimos boquiabiertos a la demostración de clase de un Josh Ritter muy bien parapetado por dos músicos de altura como Zack Hickman (contrabajo, teclado, guitarra) y Josh Kaufman (excelentes sus elegantes arpegios de guitarra a la hora de crear ese clímax del que hablaba antes) , podremos decir dentro de unos años que estuvimos esa primera vez que Josh Ritter pisó los escenarios de la Ciudad Condal en calidad de artista principal de la velada y no como invitado. Una primera vez que se saldó con una selección excelente de su vasto y rotundo cancionero, sin centrase demasiado en la presentación de su último trabajo, del que sobresalió por encima de todo la interpretación de un tema como “Hopeful” que ya puede contarse entre sus clásicos. Temas como “Change Of Time”, “Girl In The War”, “Lilian, Egypt” o una inevitable “Kathleen” que nos puso la piel de gallina con un Josh abandonando el micrófono y acercándose al público para que le acompañara con unos coros suavecitos, creando una de esas comuniones tan maravillosas que dotan de sentido a la música en directo.

Ya en los bises, el lacito de color rosa lo puso una excelente versión del clásico de Willie Nelson “Can I Sleep In Your Arms”, con el acompañamiento vocal de una Tift Merritt que había abierto la velada en calidad de artista invitado. Un dúo con sabor añejo que revindicó la belleza de las cosas sencillas, de las tonadas inmortales y de esa canción americana de raíces que, con artistas como Josh Ritter, goza de una excelente salud en este nuevo milenio.