No hay nada más gracioso que un puñado de hombres de medio siglo vestidos de niñas adolescentes, incluso en pleno 2026, cuando vamos camino ya de que se cumpla nada menos que un cuarto de siglo del estreno de “La Hora Chanante” (02). Contra todo pronóstico, lo que parecía ser un universo humorístico condenado a quedarse en el nicho y trascender con dificultad en esta despiadada edad del streaming homogéneo, continúa hoy regalándonos caprichos esperpénticos como “Rafaela y su loco mundo” (26), con la que sus responsables nos recuerdan que todavía se puede (y se debe) hacer televisión fuera de la norma.
El germen de esta demencia catódica lo plantó Aníbal Gómez con su obra para todos los públicos “El alucinante mundo de Rafaella Mozzarella”, guante literario que pronto recogería Arturo Valls hasta devanarse los sesos por encontrar a quien encasquetarle la adaptación audiovisual de la criatura. Y en lo alto de la hipotenusa, Ernesto Sevilla, quien dirige ojo avizor el que fácilmente sea el elenco más caudaloso y dispar que hayamos visto en un proyecto firmado por la troupe. Desde luego sí es el más abierto y dispuesto a mostrarnos actores y actrices en registros casi inéditos y abrazando el chanantismo como nunca nos hubiéramos imaginado antes. Pues además de esos sospechosos habituales que nunca pueden faltar (Joaquín Reyes en la piel de una nerd que se parte el pecho leyendo el “Libro del desasosiego” de Pessoa, Carlos Areces dando vida a una ingenua cascuda con insomnio, o el propio Aníbal, convertido en la tía buena del grupo, adicta al vapeo con sabor a ingle de futbolista), en la marmita del delirio también se caen otros nombres de nuestra pequeña y gran pantalla como Ingrid García-Jonsson en el papel central, Carmen Ruiz, Laura Weissmahr, Luis Callejo, Josele Román, Javier Botet, María Ballesteros, Pepa Cortijo, Daniel Pérez Prada, Aimar Vega, David Verdaguer, Victoria Martín, Miguel Maldonado, Esty Quesada (Soy Una Pringada), Mariona Terés, Laura Galán y un suma y sigue exquisito.
Pero no crean que este ir y venir de cameos imposibles adultera lo esperado (que continúa siendo, pese a todo, imposible de pronosticar). También se dan, por supuesto, oportunidades de oro para reencontrarnos con esos lugares comunes que, desde hace centurias, hacen las delicias del espectador más idiota y ávido de su dosis de mamarracheo y chuminada. Sirvan, como ejemplo, la inmortal mano de Enrique Borrajeros en los créditos musicales, la escatología sin filtros, los exabruptos gratuitos, los silencios incómodos, los clásicos interludios animados (Jaime Villanueva) o esa suerte de versión extrema de lo que en su día fue “Tertulianos” (cubatas y muertes en plató mediante).
Más allá de lo obvio y de cualquier adjetivo manido que podamos emplear para describir sus tramas (grotescas, surrealistas o excéntricas; usted mismo elegirá), también tenemos ante nosotros un etalonaje y vestuario marciano que provoca que cada escena sea sublimemente hipnótica: colores chillones y deliberadamente estridentes, puestos al servicio de un horror vacui kitsch más próximo a la gramática cartoon que al mundo humano. La agresión cromática y la hipertrofia visual como ideal estético frente a cualquier tentación de realismo.
Y es que se agradece a conciencia que, para variar, a los espectadores se nos expulse de lo reconocible y se nos invite a dinamitar todo atisbo de vida cotidiana o normativa. En cualquier otra ficción, Rafaela y sus amigas serían corregidas, suavizadas o directamente cercadas al papel de bichos raros, y aquí, sin embargo, están merecidamente legitimadas a la categoría de “referentas” y heroínas. Justo en el margen, donde acaba la ortodoxia, te espera la pandilla que nunca tuviste, pero siempre quisiste tener.

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