Fueron dos días soleados los del Huercasa 2018. Dos noches frescas. Olía a maíz asado al fuego. Un poco tostado. Casi negro. Había niños correteando cuando Jaime Wyatt empezó a tocar. El flequillo y el sombrero tapándole un poco la mirada. Sombra de ojos negra. Y una voz con un metal potente. Grave. Modulada. Cantó historias de perdedoras, borrachas y desgraciadas que han pasado (o van a pasar) media vida en la entre rejas. A pesar de la edad. Se puede ser joven y hacer las cosas mal, o muy mal. Ahí estaban la casi festiva Wasco, dedicada al penal del mismo nombre, la busca del amor perdido a través del fondo de un vaso (o toda la botella ya puestos) de Misery and Gin o la conmovedora Your Loving Saves Me que demostraban lo que todos más o menos intuíamos: que en el fondo, por mucha cárcel y mucha mirada desafiante, Wyatt no es más que una sentimental.

The Cadillac Three son tres tíos jóvenes sin complejos que se plantaron ante el público con una propuesta más cercana al hard rock de vinculación southern rock setentero que al country rock. Es cierto que en su último disco, Legacy (Big Machine Records, 2017), el título tiene guasa, endurecen un poco las guitarras y la voz pero igual se pasaron tres pueblos. A ratos muy macarras en los abundantes riffs y algo esforzados en lo vocal, desconcertaron a parte del público que esperaba country alegre, festivo y soleado para bailar en línea. Pero la noche había caído hacía un buen rato y Jaren Johston, su vocalista, no se había quitado las gafas de sol: la cosa iba de actitud. De su repertorio me quedo con Hank & Jesus, en la que Johnston habla, con algo de humor, de lo que aprendió de papá (la música de Hank Williams) y de mamá (Jesus, rezar y esas cosas).

The Cadillac Three. Foto: Juanlu Vela

John Hiatt, pura clase, cerró el viernes. Clase se queda corto. Elegancia. Presencia. Talento. Vale, nunca jugó en las grandes ligas (como, no sé, tampoco lo hicieron Ry Cooder o Randy Newman) ni falta que le hizo. Camisa de cuadros y americana de lino azul. El pelo hacia atrás. La frente despejada. Los surcos de la edad en la piel. Y en la voz. Tras él y a su izquierda la base rítmica de The Gooners. Señores dispuestos a pegarle una patada en el culo a cualquier niñato que haga rock o country. Y a la derecha de Hiatt un tipo muy serio. Concentrado, el pelo largo, gris, con la guitarra a la altura del pecho. Os presento a Sonny Landreth. Hay gente que pasea y cuida y limpia su guitarra, Sonny Landreth la toca. Como poca gente vas a ver tocar la guitarra en tu vida. El steel en el dedo sube y baja y sube el traste. Parece fácil pero no lo es.

Los cuatro tocaron del tirón su Slow Turning. Ojo, lo grabaron en el 88. Cuando todos eran más jóvenes e iban a comerse el mundo. ¿Y qué coño es el tiempo? El tiempo no es nada. Lo demostraron con con Trudy and Dave, con el contagioso bailoteo de la mítica y versionada Tennesse Plates, o con la preciosa Feels Like Rain donde Hiatt estuvo a punto de conseguir que lloviese de verdad con solo invocarlo con su voz. Tras despedirse volvió al escenario a los pocos minutos. Apareció solo. Se sentó al piano. Se hizo un silencio en mitad del campo segoviano. La gente reconoció los primeros acordes de Have a Little Faith In Me. Ahí estaba ese señor tocando una cancionaca de esas clásicas que escriben los escritores de cancionacas: esas que se cantan igual en las fiestas y los funerales. Esas que hacen que la gente escriba otras canciones. Ya con The Gooners al completo acabó por todo lo alto con Memphis In The Meantime, donde Hiatt se coronó como el rey de todas las ediciones de Huercasa. Sí, por encima de Emmylou Harris y Wilco.

John Hiatt. Foto: Pablo Martin

El Sábado le tocó empezar a Stephanie Quayle. Majísima. Más contenta que unas maracas sobre el escenario. Pero, ay, algo eurovisiva. Tanto por sus maneras y su voz como por su repetorio. Disculpable por otra parte: El formato (sin batería, con un guitarrista y un bajista dándole al bombo, pum, pum, pum con el pie) no ayudaba a sus canciones, plagadas de guiños a damas de la canción country. El más literal, el de Drinking with Dolly, su mejor momento de la noche.

The Band of Heathens tienen argumentos para aspirar a grupo-sorpresa un día de estos. Dos buenos cantantes. Uno en plan serio y algo místico y un poco hippie; otro con pinta de rockabilly simpático. Son como una especie de catálogo de bolsillo de la música americana: ya sea la psicodelia sureña de The Black Crowes, la eficacia entre pop y country de los Wilco de Being There, el Rythm and Blues blanco, Hurricane su canción más efectiva es cien por cien The Band, la melancolía retro del Paisley Underground, el estribillo de All I Asking o hasta algunos tics disculpables (ese ingenuo homaneaje a la marihuana californiana de Green Grass Of California). Tocaron bien. Cantaron mejor. Y todo el mundo contento.

En estas llegó Steve EarleOtro señor. Otro veterano. Apareció acompañado de sus Dukes. Tipos duros. Curtidos. Estuvo algo hosco al principio. Pañuelo blanco sobre la frente. Barba larga. También blanca. Esos brazos grandes con tatuajes descoloridos. Esas gafas redondas de presidiario sacándose una carrera en la cárcel. Su voz rota con carácter. Mucho carácter. Abrió con el tema que titula el disco que presentaba: So You Wanna Be An Outlaw. Homenaje a las figuras del country Outlaw de las que Earle es casi una especie de arqueólogo. Tras algunas canciones de este disco nuevo, aún algo frío el público, aún engrasándose la banda, agarró la mandolina y la cosa remontó de cojones: sus interpretaciones del folk alcoholizado de Copperhead Road y The Galway Girl quedarán en la memoria del público del Huercasa.

Steve Earle. Foto: Juanlu Vela

Así hasta ir dejando atrás las mandolinas y los violines, coger la Telecaster y pasarse al rock americano llena estadios de Guitar Town o incluso alguna pincelada a su penúltima reencarnación: seco pero también espiritual, con una mirada humanista, conciliadora y guiños al imaginario nativo-americano. En el camino de vuelta a casa la ropa todavía olía a maíz asado. Resonaban en la memoria algunas de esas canciones. Tocadas, cantadas por gente mayor. Una idea andaba por la cabeza: Envejecer no está tan mal.