La Maravillosa Orquesta del Alcohol fueron los encargados de abrir una noche en la que el folk y el punk iban a entrelazarse con el aprecio de los buenos hermanos. Y, pese a tratarse de su primera visita a Barcelona y tocar a las siete de la tarde, consiguieron levantar la tarde desde primera hora. Quizás les falte más energía rock y algo de mala leche, pero van por muy buen camino. Repasaron su repertorio y rindieron tributo por partida doble a AC/DC y Dropkick Murphys recuperando “It’s A Long Way To The Top (If You Wanna Rock And Roll)” para los minutos finales de su concierto.

Poco después, Frank Turner y sus The Sleeping Souls tomaron el escenario y cumplieron, sobradamente y con muchísima clase, como invitados especiales de los bostonianos. El británico ha ido creciéndose poco a poco y esos más de mil conciertos que carga a sus espaldas le sirven para ofrecer un show de folk rock con algo de punk más que sólido y vital. Su directo es mucho más comedido que el de Dropkick Murhys, pero también bastante más pulido –en el buen sentido-. En todo caso, convenció (apenas unos pocos no corearon “I Still Believe” con él) y fue agradecido verle más tarde tocando tres o cuatro temas con los Murphys.

Al poco del inicio de la cuarta actuación de Dropkick Murphys en Barcelona, todo dejaba entrever que la noche iba a ser una celebración en toda regla. De hecho, si alguien hubiese aparecido por casualidad durante los quince minutos finales del concierto de los de Boston hubiese pensado que se trataba de una noche especial. Más que nada porque lo fue. Dropkick Murphys se despedían nuevamente de Barcelona dejando al público sudoroso y contento.

Es cierto que verles aparecer en escena como un torbellino, pero sin Kent Casey, pieza fundamental del grupo, levantó algunas dudas, pero se disiparon rápidamente. Al Barr, pensamos, debería cargar todo el peso e iba a ser difícil conseguir los mismos resultados que con Casey. Conscientes de ello, no solamente nos pusieron en aviso (el bajista y cantante estaba participando en Estados Unidos en un acto benéfico ni más ni menos que con Bruce Springsteen), sino que tuvieron como vocalista invitado a Frank Turner en varios temas, por no hablar de los tres o cuatro bajistas distintos que fueron aparecieron a lo largo del show.

Dropkick Murphys convierten cada concierto –como les decía unas líneas atrás- es una verdadera celebración colectiva. Eso da fuerza al espíritu punk folk de sus canciones, que requieren de la participación y la entrega total del público para crecerse. El público lo sabe y baila y grita, suda y brinca. Hasta tal punto que la invasión del escenario durante los diez minutos finales fue una de las más masivas que un servidor recuerde en la sala Razzmatazz (¡y sorpresa, la mayor parte eran chicas!). Y lo mejor del asunto es que da la impresión de que Dropkick Murphys nunca pierden fans, sino que los suman. Por ello, entre la audiencia uno continúa encontrando desde skinheads con cara de pocos amigos a parejas pelirrojas con tréboles impresos en sus camisetas verdes.

A lo largo de hora y media repasaron lo más florido de su repertorio, salpicando su rock adrenalínico de mandolinas, acordeones, gaitas y flautas, sintiéndose tan orgullosos de sus raíces irlandesas como de sus inicios street punk. Abrieron con “The Boys Are Back”, emocionaron con “Rose Tattoo” (en la que Turner ocupó el lugar de Casey), se pusieron tiernos con “End Of The Night”, nos hicieron berrear como brutos con su versión del “TNT” de AC/DC, provocaron el baile más bruto con “I’m Shipping Up To Boston” y corearon con orgullo “Skinhead On The MBTA”. Y así durante noventa minutos de una actuación vital y entregada en la que solamente echamos a faltar a Casey. Pero habrá una próxima vez, y ahí estaremos de nuevo para compartirla con ellos.
Por una noche, todos quisimos tener algo de sangre irlandesa.