Dead Can Dance nunca ha sido un grupo corriente, sino una rara avis en el panorama musical. Dotados de una personalidad poliédrica, han explorado sin miedo diferentes terrenos sonoros como el rock gótico, la dark wave o el post-punk, hasta llegar a musicalidades más complejas y no tan habituales como la música medieval, los ritmos africanos o del Medio Oriente. Si a ello le sumamos el alto grado de espiritualidad que desprenden sus composiciones, todas ellas con un alma tan cautivadora como los cantos de las sirenas, entenderemos por qué han ido sumando seguidores constantemente a su propuesta hasta convertirse en una verdadera leyenda.

Es cierto que cuando Lisa Gerrard y Brendan Perry separaron sus caminos en 1995 parte de la magia desapareció, pero todo fluyó de nuevo cuando volvieron a reunirse inesperadamente en 2005 para realizar una gira y cuando posteriormente, en 2012, lanzaron “Anastasis”, en el que llevaron su música un paso más allá y con el que visitaron nuestro país por última vez. Ahora han vuelto a España con nuevo disco bajo el brazo, “Dionysus”, su obra más conceptual y un nuevo motivo para que lancen sus hechizos una vez más sobre sus fieles. Aunque lo cierto es que esta gira no está pensada para presentar el disco, sino como conmemoración de su larga carrera, de ahí que la hayan titulado “A Celebration. Life & Works 1980-2019”. Solamente faltaba ver si sus encantamientos continuaban teniendo la eficacia de siempre al cabo de esos casi cuarenta años de carrera.

Lisa Gerrard y Brendan Perry se presentaron frente a nosotros en un escenario sobrio, con dos pantallas –una delante de la otra– que creaban profundidad y en las que se proyectaban texturas, y luces minimalistas. Les acompañaban seis músicos, capaces de amplificar la magia que surgía del alma de la australiana –ataviada con un elegante turbante y una túnica blanca élfica– y del inglés –algo más terrenal, vestido de negro de cabeza a pies–. Todos ellos nos tomaron de la mano para hacernos recorrer los paisajes que dan forma al riquísimo mundo musical e interior de Dead Can Dance.

La velada empezó con “Anywhere Out Of The World” y sus encantadoras notas de campana para pasar a continuación a los ritmos hipnóticos de “Mesmerism”, hasta llegar a “Avatar” y su ritmo árabe, el momento en el que todos fuimos conscientes de que sería una noche para recordar. El viaje a los inicios de los ochenta vino con la primigenia “In Power We Entrust The Love Advocated”, para seguir con los pasajes medievales de “Bylar”, los coros celestiales de “Xavier”, la operística “Sanvean” –en la que Gerrard se lució con su gran voz de mezzosoprano y contralto– y la emotiva balada folk irlandesa de tintes políticos “The Wind That Shakes The Barley”, que grabaron en “Into The Labyrinth” y cuya interpretación nos dejó con el corazón en un puño.

Luego llegaron auténticas masterpieces de la banda como “Yulunga”, con sus percusiones étnicas y cantos de pájaro, “The Carnival Is Over”, con una magnífica interpretación a la voz de Brendan Perry, ese mantra eclesiástico que es “The Host Of Seraphim”, en la que Gerrard se mostró exuberante. La primera parte acabó con la versión del “Autumn Sun” de Deleyaman y con “Dance Of The Bacchantes”, que fue de lo poco que sonó del último trabajo de Dead Can Dance. El público se quedó con ganas de mucho más. De hecho, hacía tiempo que no presenciaba personalmente un estruendo tan grande para que un grupo volviera al escenario. El hechizo del dúo y sus acompañantes había surtido efecto, de tal manera que volvieron a salir dos veces al escenario para interpretar su clásica versión del “Song To The Siren” de Tim Buckley, “Cantara”, “The Promise Womb” y la final “Severance”, que cerró un concierto de veinte canciones y casi dos horas de música al máximo nivel.

Dead Can Dance son pura magia y uno de esos grupos al que hay que vez al menos una vez en la vida sobre un escenario. Tras verles, nada es igual.