Aunque ya había publicado varios libros e incluso había rodado una película previa, “Fando y Lis”, una adaptación de Fernando Arrabal, fue “El Topo” (70) la obra que convirtió al chileno Alejandro Jodorowsky en una celebridad. La película se estrenó en un único cine neoyorquino situado en las inmediaciones de Times Square, en una época como la retratada en la serie “The Deuce”, de David Simon, cuando el público más aventurero acudía a las salas independientes de la zona en busca de las propuestas transgresoras llegadas de Europa o, directamente, de pornografía.
Lo que encontraron sus primeros espectadores fue un “acid western” que narraba la peripecia de un pistolero vestido de negro, inmerso en una sucesión de experiencias místicas a medio camino entre el simbolismo cristiano y la filosofía oriental. Todo ello se desarrollaba entre personajes grotescos, sexo explícito y una violencia desbordada. Jodorowsky asumía prácticamente todos los roles creativos: dirigía, escribía el guion, componía la banda sonora e incluso interpretaba al protagonista. Contra todo pronóstico, “El Topo” se convirtió en un gran éxito, pasó a ser un clásico de las sesiones de medianoche y acabó como una auténtica película de culto.
Después llegaría el frustrado intento de llevar al cine “Dune”, la novela de Frank Herbert, un proyecto fallido que, sin embargo, acabaría dando lugar a un apasionante documental; y su conversión en un guionista de cómics, con títulos legendarios como “El Incal”, “La casta de los Metabarones”, “Bouncer”, “El lama blanco” y un largo etcétera. En paralelo, también seguiría rodando películas, algunas tan destacables como “La montaña sagrada” (73) o “Santa sangre” (89).
Al parecer, en algún momento de la década de los noventa, Jodorowsky escribió el guion de una secuela de “El Topo”, pero no logró reunir el presupuesto necesario para llevarla a la gran pantalla. Dos décadas más tarde, ese material se transformaría en la base de una trilogía de álbumes en formato europeo, en los que el apartado artístico recae en el grandioso dibujante mexicano José Omar Ladrönn, con quien ya había colaborado anteriormente. Publicados entre 2016 y 2019 —“Caín”, “Abel” y “AbelCaín”—, Reservoir Books los ha reunido en este estupendo volumen.
Aunque es posible internarse en la historia sin conocer el original fílmico, se disfruta mucho más si se aprecia el juego de ecos entre ambas obras. Como “El Topo”, se trata de una obra itinerante y episódica ambientada en una versión alucinante del “far west”, a medio camino entre Sergio Leone y Cormac McCarthy, con un homenaje bastante explícito a la novela “Mientras agonizo”, de William Faulkner, en la que los miembros de una familia se empeñan en cumplir el último deseo de la difunta matriarca, transportando su cadáver en una carreta hasta su lugar de nacimiento. A esto hay que sumar, de nuevo, una enorme carga de simbología cristiana.
Las primeras páginas del álbum “Caín” reproducen los momentos esenciales del desenlace de “El Topo”. El enigmático pistolero libera a una comunidad de tullidos solo para presenciar su posterior masacre; después se enfrenta a los responsables en un nuevo estallido de violencia y, finalmente, se suicida, dejando tras de sí una tumba cubierta de panales de abejas. También conocemos a su primogénito, abandonado años atrás en un monasterio y rebautizado como Caín. Éste amenaza con matar a su hermanastro Abel. En un acto que remite al Antiguo Testamento, el Topo marca a Caín en la frente y lo maldice: cualquiera que reconozca su existencia será castigado. Solo entonces se inmola definitivamente.
Años después, Caín es un hombre errante, amargado, aislado por su condena. Abel, por su parte, vive como titiritero junto a su madre hasta la muerte de esta, cuyo último deseo es ser enterrada junto a la tumba del Topo. Transformada ahora en un lugar sagrado y rodeada por un foso de ácido, la ruta que lleva hasta ella está plagada de peligros. Pese a una profecía que anuncia que Caín acabará matándolo, Abel decide pedir ayuda a su hermanastro. Los dos emprenden la marcha. Por supuesto, su viaje no será en absoluto sencillo, y habrá muchos encuentros inesperados.
La combinación de Jodorowsky de parábola religiosa y spaguetti western brutal es siempre sorprendente e inventiva, pero no funcionaría como lo hace sin el soberbio trabajo de Ladrönn, que representa con una enorme fuerza los paisajes desérticos, los pueblos desolados y los a menudo estrafalarios pobladores de esta obra. No sabemos si hubiera funcionado como película, pero, como cómic, “Los hijos del Topo” resulta una obra admirable.

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