Históricamente, y más en las últimas décadas, siempre ha existido la figura del músico inquieto y ecléctico a quien enfocarse en un solo proyecto se le antoja insuficiente. No me refiero a los profesionales que sobreviven a base de distintas colaboraciones y trabajos más o menos alimenticios, que también, sino sobre todo a esos artesanos de mirada despejada que necesitan expandirse. Es el caso de Ina Iriondo, cuyo dúo Munlet junto a su pareja Anita Pérez, le ha mantenido intermitentemente activo durante casi un cuarto de siglo con su pospunk electrónico y lleno de fantasía.
Maraca Diablo actúa por lo tanto como ese otro lado de Ina, ajeno a su alterego Her Professor de Munlet. Es más, Maraca Diablo actúa en realidad como los otros lados del músico de Mendaro. Porque si repasamos su discografía, cuatro discos desde 2012, casi nada se repite. La cosa empezó tal vez como algo muy personal, en parte aprovechando las posibilidades de contar con un estudio propio, que derivò en un par de álbumes primerizos en solitario. Para el tercero de 2022 monta un quinteto con la idea de concretar una banda que cristaliza en un disco que en su día definimos como “inclasificable, incasillable, casi indefinible. Siempre excitante, ritmos que palpitan, pálpitos que sincronizan, sonidos contagiosos y enrevesados, bailables y raros, inquietantes y pegadizos. Diabólicos y celestiales... Orgánicos y sintéticos. Rock, psicodelia, kraut, libertad, talento, esfuerzo,…”, en medio de un entusiasmo que nos llevó a acordarnos de totems de la vanguardia euskaldun como M-ak y -Gailu.
Con “Txaskario” prueba una fórmula intermedia. Vuelve a estar solo en el proyecto, pero con colaboraciones puntuales de sus antiguos componentes (como los dos temas cantados por Anita en castellano), ante la dificultad de dar continuidad y solidez al quinteto. Y esto a su vez da como resultante otra cara oculta del Iriondo músico. Aquella que le conduce a una acusada autoría con elementos comunes, como puede ser una narrativa panorámica y artie, pero que en ningún momento se estanca en estilo o fórmula preconcebida. Un espíritu libre, que nada entre diversos tonos y sonoridades. Folk noir (“Irla bat), lounge lisérgico (“Sidi embarek”), rock pantanoso desprejuiciado (“Lore ederrena”), canción de autor cuasi techno (“Sr. Lavadora”), invocación pospunk con spoken word (“Artzain baten erijotzean”), pop enfático-cinemático (“Y volar”), noise revoltoso (“Lagunak”)… Teniendo siempre muy en cuenta las borrosas fronteras en que ya ha derivado cualquier género mencionado. No extraña que al final dedique el álbum “a ti oyente delicado, o sacrificado”. A sabiendas de que sacrificarse no es sinónimo de sufrimiento, sino de perseverar en lo que de verdad amamos desde una matriz delicada y tierna.
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