Hoy se publica el nuevo álbum del madrileño, que nos regala un texto con los artistas que sobrevuelan este décimo disco

Quizá todo lo haya imaginado

No sé si existe alguna estación de servicio entre “Punch-Drunk Love” de Paul Thomas Anderson y los “Paisajes imaginarios” de John Cage. Quizá todo lo haya imaginado alguien como yo. B-l-a-n-c-o, un gran oso polar de cinco metros de altura con unas bombillas parpadeantes entre azules y verdes en el hueco de los ojos anuncia la desviación en el kilómetro infinito. Sus gigantes brazos se mueven rígidos en paralelo de arriba a abajo, señalando al cielo y luego todas sus huellas, y así. No tiene pérdida incluso para alguien como yo que se pierde en el camino de regreso a casa. El mamífero esquimal aparece justo en el punto equidistante de la película del piano abandonado y los fundidos a rosa y el protagonista del traje azul y la chica de faldas rectas; y esos horizontes inviables, emocionales, del compositor norteamericano: frío caribeño y cintas magnéticas calientes. Y allí empieza mi historia. Hace frío luego no puedo desnudarme como lo hace Caetano Veloso en Jóia, pero estoy con él, con lo que canta, con su “Por qué”, con su “Desde dónde”, con su culo al aire. Pero llevo puesto el poncho de Neil Young en “Harvest Moon”, recolectando en la luna. Mis canciones no van de Hanks ni de Madonna, sino que tarareo los hits de The Cure, esa terapia de imprevistos pizzicatos, esas armonías que me resultan tan acuáticas (donde el oso polar, ursus maritimus, “oso marítimo”, nada por instinto). Y vuelvo a tener ese sueño recurrente en el que mi voz en off es una mujer, soy yo el que narra pero en el momento en que mis palabras se convierten en voz en off mis cuerdas vocales son femeninas: Joni Mitchell, Neko Case. No elijo voces cualesquiera, no. Cantan-de-verdad. El cielo es el de “Nunca me has gustado” de Chester Brown, esa esfera de apariencia engañosamente quieta. De aspecto transparente, de una placidez ilusoria, de una escena de un bosque que parece inmóvil, naturaleza muerta, y el suave viento mueve ligeramente las hojas de los árboles y un pájaro se posa en una rama y silba una canción. Hay una banda posada sobre la cabeza del oso, batería, bajo y violín, que acompaña las canciones que tarareo con maestría, sin interrumpir ninguna palabra a pesar de que desconocen lo que voy a decir, lo que voy a hacer. No tienen el guión. Pero la conversación fluye, no hay ningún dime o perdona o primero tú. Es más un libreto perfecto de una película donde los diálogos encajan en un puzzle cuyas piezas sueltas resultan un conjunto de cirros y cúmulos pero al ensamblarse conforman un cielo muy despejado. Si nos hicieran una foto a todos, al oso y a la banda y a nosotros y al paisaje imaginario, pareceríamos una familia de la película “Take Shelter”, abrazados ante la puerta abierta de nuestro refugio, aprovisionándos de víveres por lo que pueda ocurrir. Encima de nosotros cientos de gansos emigran hacia otras tierras. No estamos seguros de que todo esto esté sucediendo o si es fruto de nuestra imaginación. Pero por si acaso almacenamos pizzas y refrescos vulgares. Por si se desata un alud.