Joan Manuel Oleaque fue el primer periodista que, allá por 2004, se atrevió a sacar de su propio Apocalipsis al formidable fenómeno sociológico y cultural de la otrora repudiada, y ahora tan de moda, “Ruta del bakalao”. Ahora -por aclamación popular- se acaba de reeditar en castellano “En éxtasis” (Barlin Libros, 17), en el que el autor valenciano -testigo directo de todo lo que cuenta, baila y analiza- compone un certero estudio social, tóxico y musical de todo lo que sucedió en las discotecas valencianas y sus parkings desde los primeros años ochenta y hasta sus estertores en los noventa.

Además del idioma, ¿en qué se diferencia esta nueva edición en castellano de “En éxtasis” de la del 2004?
Se diferencia en una actualización de las partes en que se ha hecho necesario, básicamente la escena inicial y el capítulo final, y también en un limado o adecuación del total del libro, en diferentes aspectos que creía que debía hacerse. En general, he procurado que tenga, digamos, más capas de lectura: una para los iniciados, otra para la gente que puede no saber apenas nada del fenómeno. Inicialmente tuve en mente la traducción, y de hecho creí que iba a producirse, pero no se concretó en su momento. La verdad es que resultaba un libro raro para la mayoría de editoriales, y yo tenía muchas otras cosas de las que preocuparme, así que no se tradujo. El libro original fue bien, poco a poco hizo su camino y ahí se quedó el tema. Se produce ahora la traducción porque la editorial es la ideal para ello, dada su idiosincrasia, su calidad y su voluntad de exploración, y porque es un gran momento para el revisionismo del fenómeno. También, porque tenía la impresión de que bastante gente quería leerlo, y no podía ya conseguir la versión original.

Por cierto, ¿cuántos libros se editaron de aquella primera edición?
No hay stock. Creo recordar que mil ejemplares (es mucho para un libro de no ficción en catalán de principios de 2000). Ahora puede valer más de 300 euros en Amazon.

Fue realmente un libro marginado por todos aquellos que por aquella época repudiaban todo lo que venía de la “Ruta del bakalao” o simplemente no le hicieron ni caso?
Sinceramente, no me sentí, digamos, marginado, ahora bien, lo que yo escribí desconcertó brutalmente a mucha gente, claro, y los modernos más esnob -me da la impresión- no se creían lo que yo contaba, porque en su cabeza era inaceptable que Valencia y la ruta hubieran sido algo cool. Por supuesto a los makineros no les moló tampoco, porque toda la narración tiene un análisis crítico, pero tuvo un gran impacto periodístico. Inspiró mucho de lo que vino detrás, se ha vendido y ha tenido nombre y fama a lo largo de los años, hasta generar cierto culto. Es cierto que estaba en un terreno incómodo, claro, publicado en una época muy difícil para ello (porque la ruta se veía como lo opuesto al house y al techno del momento) y además en catalán.

Y la pregunta del millón: ¿Qué fue lo que te llevó en su momento a escribirlo? ¿Y ahora a reeditarlo, ampliado y mejorado?
Lo primero, porque Ara Llibres quería de mí un libro de investigación que pudiera llevar a cabo sobre algo que conociera bien, y en un tiempo manejable. Para mí resultó obvio, porque además siempre me han gustado los temas pantanosos, resbaladizos, que no son lo que parecen. Lo segundo, porque Alberto Haller y su editorial Barlin me convencieron y me hicieron ver que era justo que se reeditara para un público nuevo, pero también para los veteranos que no podían haberlo leído originalmente. Creo que ahora también hay un interés por la ruta que, cuando se editó originalmente, estaba más ligado a la sorpresa, incluso a la estupefacción.

¿Por qué crees que la “Ruta del bakalao” un tema absolutamente tabú durante más de veinte años sobre todo en Valencia, ahora está de plena actualidad, incluso entre el sector más intelectual de la electrónica (si es que lo hubiere)?
Porque, en general, una gran parte de la electrónica y la fiesta ligada a ella ha perdido su capacidad de espontaneidad, de sorpresa, etcétera. Las tendencias globales en manos de Las Vegas y los mega-promotores han comercializado el fenómeno, apartándolo de su impacto primero casi punk y ubicándolo en el pop adolescente. Es muy desalentador, creo. Por supuesto, hay enormes DJ’s en el mercado, buenísima música de baile, etcétera, pero creo que la gente tiene necesidad de autenticidad, de algo fuera del sistema, de lo mercadotécnico, algo crudo, algo mitológico, también. Y la ruta… unía todo eso.

¿Este revisionismo -que solo parte de la voluntad de determinados periodistas- es “lícito” desde el punto de vista de que parece que apenas ninguno de sus protagonistas directos –DJ’S, promotores, camellos, ex ruteros, etcétera- parece haberlo demandado?
Los camellos no eran protagonistas, estaban en el escenario de modo coyuntural, por razones obvias, no tienen nada cultural que demandar respecto al revisionismo en este tema o de cualquier otro. La gente real, la que formó parte de manera abierta y legal del fenómeno, sí. Los DJ’s del circuito y ex-clientes siempre han querido otro acercamiento. Siempre se deseó un trato mucho más justo del fenómeno. Desde dentro, pero de modo analítico. Ten en cuenta que fue algo muy serio para decenas de miles, muy importante, algo que se eliminó de la memoria colectiva (de algún modo) censurado por la mala fama y por su propia deriva; la electrónica de vanguardia extrema en grandes clubes no empezó en España con DJ’s internacionales en los noventa, empezó mucho antes con DJ’s autóctonos en Valencia, y eso era una espina clavada para todos los que lo vivieron. El tiempo ha propiciado que se busque en los orígenes la autenticidad.

Sobre dos de los libros -que se han publicado recientemente- y de que algunas formas tratan aspectos de la Ruta del bakalao –“No iba a salir y me lié”, de Chimo Bayo y Emma Zafón y “Destroy” de Carlos Aimeur- has sido muy diplomático… ¿De verdad te parecen dos documentos recomendables para ahondar en el fenómeno?
Sí, claro. Me parecen muy recomendables. Creo que son dos aportaciones a la ficción que, cada una a su manera, se contextualizan en los años más desfasados de la ruta…, y aportan elementos interesantes que cabe agradecer. Me parece muy adecuado lo que han aportado. Es preocupante, realmente, que no haya cundido el ejemplo y que no se sitúen más historias de ficción en unos años tan interesantes, cuando estamos acostumbrados a ver todo tipo de chorradas en contextos de ficción. Hasta eso era tabú.

Otra cosa es el estupendo “Bacalao!” de Luis Costa al que, a diferencia de tu “En éxtasis” le faltan conclusiones, al tratarse de una historia oral del fenómeno. ¿Era un libro tan necesario como criticado en algunos sectores de la auténtica ruta bakaladera por, entre otras cosas menores, no ser Costa un autor valenciano? ¿Aún estamos así?
Luis ha hecho una aportación ineludible al concepto de historia oral, y ha dado voz abierta a aquellos que en ningún otro formato habían podido explicarse profundamente y a su manera. Es, evidentemente, y a todas luces, un gran trabajo, un texto absolutamente relevante. Pero no sabía que no hubiera sido bien recibido en el sentido que indicas. Siempre he creído lo contrario. Pienso, además, que el hecho de que Luis no sea de Valencia, etcétera, viene bien para el trabajo que hizo, porque son los otros los que hablan, no él. Insisto en que no tengo noticia de que haya reticencias en ese sentido, pero si es como indicas, lo lamento, esas reticencias son totalmente injustificadas e inapropiadas.

En tu libro sitúas a Valencia como el lugar donde se inició la cultura de club en Europa. Antes que en Manchester o Ibiza incluso. Hay otras voces autorizadas del asunto que dicen que eso es hartamente discutible con datos, fechas y nombres en la mano. ¿Aunque no fuera del todo real daría igual o para nada?
¿En serio? ¿Se pone en duda? Veo que aún hay cierto tabú en todo esto… No sé quién dice eso, pero da igual: esos datos que dices, la cronología, no engañan, y van en contra de cualquier otra apreciación, porque en Valencia, en discotecas fuertes, todo pasó antes que en Manchester y que en Ibiza. En el libro está todo, e invito a que lo lean. Cuando los protagonistas del fenómeno Madchester venían a Valencia a tocar, aquí ya se llevaba años al frente de toda la vanguardia en discotecas. Y cualquier gran DJ de Ibiza de entre los veteranos te reconoce sin problemas lo que pasaba en Valencia y lo que pasaba allí en los primeros ochenta, y en esa comparación, la música aquí era mucho más transgresora y rupturista, era un culto más extremo. La explosión universal clubber de Ibiza fue, como se sabe, a partir del año 87 (aunque los primeros ochenta fueron los del glamour, los de Spandau Ballet, Julio Iglesias y Steve Strange tomando copas en Ku, etcétera). El rollo Madchester, a finales de los ochenta. Sólo te digo que Spook abrió arrasando en el 84 con Fran Lenaers, y Barraca y Chocolate ya llevaban mucho camino antes deconstruyendo al máximo nivel el concepto de discoteca moderna. La cronología no engaña, no es una interpretación.

¿Cuánto le debe la actual Ibiza -reino mundial e indiscutible del clubbing como gran negocio y poco más- a la ruta?
Bueno, en los ochenta los dos sitios tenían mucha relación. Barraca fletó un barco para ir al KU, y los valencianos del momento se han sentido siempre, digamos, muy ibicencos. El espíritu de vanguardia del momento seguro se conectó. Y el concepto after de abrir por la mañana un gran club con música muy vanguardista empezó en Valencia, y en Ibiza eso ha sido muy popular (aunque hace años que ese asunto acabó en la isla de modo oficial). Pero Ibiza se ha consolidado como un gran fenómeno ligado a promotores de muchos países. Ha seguido su propio camino, y, en general, si hacemos balance, lo ha hecho muy bien. Hay comercialidad, pero buena música avanzada también. Ojalá en Valencia se hubiera transitado un camino similar desde la hostelería.

¿La ruta hubiera podido suceder en otro lugar físico que no fuera Valencia? ¿Y es posible que, dadas las circunstancias coyunturales actuales, se pudiera repetir hoy en España un fenómeno como tal?
No creo. Es algo propio. Y está ligada al ansia de libertad y de ruptura de diferentes generaciones en un sitio determinado del Mediterráneo, que hizo de eso su bandera de vanguardia. Ahora creo que está todo más mercantilizado. Aquello no estuvo dentro del sistema: pretendía subvertirlo, crear una dimensión paralela.

¿Es cierto que muchos de los valencianos que ahora se arrogan -léase, ponen las medallitas- el haber sido parte imprescindible de la ruta no se enteraron ni de la misa la mitad durante la misma? ¿Nunca un fenómeno “tan de pueblo y arcén” alcanzó tanta popularidad y dimensión en sus élites culturales (que no económicas)?
Sólo unos pocos de la capital se enteraban. La mayoría, es verdad, no tuvieron ni idea hasta que todo era muy evidente. Sólo los muy avanzados. La vanguardia, al menos esta, se gestó en los pueblos. Era algo que llamó a que los modernos comarcales salieran de los agujeros, no en vano los grandes clubes estaban en pueblos.

¿Por qué la Movida madrileña sigue siendo aplaudida por todos los progresistas y modernitos de este país y la ruta ha sido condenada a la oscuridad durante tanto tiempo? ¿De verdad en el Madrid de los ochenta había menos droga, y menos muertos por ello, que en Valencia?
No creo. De hecho, en Madrid tuvo mucha importancia la heroína como plaga, y en Valencia, por suerte, en este ambiente no se consumía y era algo muy repudiado. La parte cultural del fenómeno de Madrid se ha entronizado, es verdad. En los ochenta sucedían estas cosas. Cuando las cámaras apuntaron a la ruta, ya son los noventa: época de bajón post-olímpico. Ya no importa el arte, importa el escándalo. Además, no se entiende nada el que fueran discotecas y DJ’s los que marcaran la pauta, y no grupos de rock. El periodismo sensacionalista se encargó de todo… en fin.

¿Hasta qué punto el caso Alcàsser -sobre el que has escrito un libro- fue una de las tumbas de la ruta sin tener nada que ver con ello? ¿Porque no tuvo nada que ver, verdad?
Hasta ninguno. Nada que ver. Lo único es que con Alcàsser nace, digamos, el periodismo basura contemporáneo, y ese concepto se aplica bastante sobre la ruta durante el verano del 93. Pero no hay más coincidencias.

Tú viviste la ruta de forma directa, te la bailaste y la escribiste, no necesitas que nadie te la cuente. ¿Qué recuerdas de la misma desde lo más íntimo y personal?
Tengo cientos de recuerdos. De algún modo, aquello fue una posesión colectiva y nunca se olvidará. Lo que puedo decir es que, en general, yo era muy musical, muy de disfrutar con la extravagancia del ambiente, en unos espacios que parecían situados en otra dimensión. Escucho “Solidarity” de Angelic Upstars, y para mí, hoy es ayer, revivo a Fran Lenaers pinchándola, la gente con la que yo estaba en Spook, la que había alrededor, lo que sentía, la ropa que llevaba. Reescribir “En éxtasis” ha sido muy profundo, muy emotivo. La parte buena de aquellos tiempos pesa mucho sobre mi generación. En la presentación del libro en Valencia lo he sentido así: hubo magia, fue algo entre hermanos. Entre muchos, por suerte.

Al respecto en tu libro abordas ampliamente, y sin tapujos absurdos, la importante e inherente presencia de drogas en la ruta…. Desde los años ochenta y hasta su propio Apocalipsis, a finales de los noventa. Sabemos que las hubo, muchas y muy buenas (caso de la mítica mescalina). Y también que se les echa buena parte de la culpa de su lamentable final. ¿Hasta qué punto las drogas fueron definitivas en el inicio, desarrollo y su final?
Estuvieron muy presentes. El libro lo registra paso a paso, pero durante mucho tiempo fue sólo una parte más del menú, por así decirlo. Pesaba más la música y la ropa, el buen rollo, la estética, etcétera. A medida que se comercializó más el fenómeno, ganaron en importancia como parte clave de todo, hasta no poder entender nada sin ellas. Ese fue el camino hacia el final. Había todo tipo de comportamientos demenciales, desde un punto de vista tóxico. Y supuso un desastre clamoroso en cuanto a concepto de ocio.

Dicen que fueron sobre todos los controles de tráfico, pero yo creo que lo que realmente acabó con la ruta fue la inaudible perversión musical (pre-mákina) y la mala calidad de las drogas de la mitad de los años noventa en adelante… ¿Estoy en lo cierto?
La adulteración de las sustancias fue ligada a la adulteración, digamos, del concepto de la ruta y del estilo de gente. A medida que la música era peor y el público más chabacano también había un reflejo en los comportamientos y en la ingesta de droga. Ya no se buscaba nada evanescente, flipado o amoroso. Todo acabó, sin prisa pero sin pausa, en un rollo macarra, vulgar, con abundantes pandilleros entre el público, etcétera. El reverso tenebroso de lo que una vez fue. Sinceramente, fue muy triste.

En tu libro tratas a fondo -y de forma casi inédita- como el bakalao valenciano fue mutando en la mákina catalana… ¿Cómo es posible que algo tan excitante, variopinto y visionario como la música de Valencia de los años ochenta y noventa acabara en tal engendro fascistoide y violento?
El libro cuenta la forma en la que una cosa derivó en la otra. Es algo complejo. Los primeros tiempos de las discotecas catalanas del asunto no fueron así, fue una versión propia, más acelerada, del fenómeno valenciano. Ahora bien, Barcelona no era Valencia, donde el público estaba mezclado. En Barcelona los pijos tenían sus locales, los garrulos clásicos los suyos. Y había masas enteras de público urbano y suburbano que no podía entrar en discotecas porque no tenía dinero, no le dejaban, etcétera. Ese público, paso a paso, fue nutriendo las discotecas, que adaptaron, comercializaron y aceleraron la música… Todo se adaptó y extremó para encajar con esas masas, las cuáles, a su vez, de un modo futbolero, se enardecían cada vez más para adaptarse a la música. En resumen, y simplificando, fue algo así.

¿Qué piensas de determinados DJS a los que no le gusta hablar de cuando fueron parte de la ruta cuando todo el mundo los recuerda en las cabinas de los aquellos míticos clubes? ¿Hay algo de lo que se avergonzarse?
No hay nada en absoluto de lo que avergonzarse, obviamente. De hecho, mucha gente veterana del techno de vanguardia ha tenido en algún momento relación, de algún modo, con el bakalao o la mákina. No es un estigma, en absoluto. Es un origen para todo lo que ha venido detrás.

¿Qué sucedió para que la feliz, libre y esplendorosa (por rica) Valencia de los noventa no supiera -desde su potente hostelería- explotar aquel gran fenómeno y haberla convertido en una “marca internacional” a la que sacarle mucho dinero y fama?
Que fracasó. Las discotecas no se reconvirtieron en negocios a largo plazo. No encajaron con la vanguardia internacional que iba forjándose porque se habían cerrado a ella. Y no se convirtieron en macro-discos comerciales eternas porque la mala fama, el cerco policial y la prensa amarilla se cargó esa posibilidad. La vanguardia, creo, hubiera permitido que se hubieran salvado los muebles de algún modo mejor. Porque es el precepto cultural, pero si pierdes eso eres, simplemente, un establecimiento. Para la marca hubiera sido necesario seguir en la vanguardia, adaptada al éxito, pero vanguardia. Eso hubiera sido el sello imperecedero y distintivo.

¿Si decimos que la ruta cambio para siempre la forma de entender el ocio nocturno en España estamos exagerando?
No. Antes no había nada a ese nivel. Tampoco había cultura del DJ, era un camarero, o el de la puerta: no había diferencia real. El ocio actual vive de aquello, adaptado al sistema, a sus circunstancias. Ha cambiado el sistema de horarios, etcétera, y se ha arruinado la posibilidad de una escena autóctona de concepto musical. Pero el sistema de ocio actual se forjó entonces.

¿Qué queda de todo aquello en la escena electrónica valenciana de este 2017?
Diría que nada, por desgracia. En Ibiza, Alfredo Fiorito sigue teniendo respeto e incidencia, y lo que él representa (la Ibiza divina de finales de los ochenta) es una imagen recurrente como idea a perseguir. Ojalá se tomara ese ejemplo para Valencia, para combinar el legado enorme de los fundadores con lo que los DJ’s avanzados actuales llevan a cabo. Hay que saber diferenciar la parte moderna de la ruta de la parte chabacana. La primera es la que interesa, la que hay que recuperar como mezcla e inspiración.

Yo también creo, como tú, que la EDM podría ser una versión actual del Apocalipsis bakala… ¿y qué nos espera tras ello? ¿Qué futuro inmediato le auguras a la música electrónica de club? ¿Por dónde van a ir los tiros?
Eso ya lo vivimos aquí: imagino que morir de éxito y de desastre. Fíjate que ya empiezan a saltar alarmas porque en festivales de EDM hay muertos por ingesta de drogas, etcétera. Pronto acabará asociado a algo peligroso y puede que acabe repudiada por el mismo capital que la ha encumbrado. Si no hay nada dentro, si no hay alma, al final, el castillo de naipes cae. Aunque en este caso será más difícil, porque hay mucho dinero a ganar. Creo que cada vez habrá una diferencia mayor como negocio entre el underground y la electrónica convencional. Cada vez será más difícil encontrar nexos, o noches en lo que suene una cosa u otra. Vemos festivales en los que se combinan, pero la deriva de la EDM es tan brutal que cada vez resultará más complejo.

¿Si tuvieras que elegir un solo vinilo (o dos o tres…) que encarnara todo lo sucedido en la ruta…?
Para mí, “Subculture” de New Order, en su versión más larga, es el tema más intenso y alucinante de la ruta. Lo tiene todo: emotividad, intensidad, profundidad, ritmo inacabable, eternidad. También creo que es fascinante “Under Construction” de 1000 Mexicans (clave en Chocolate) o el increíble “Our Darkness” de Anne Clark. Pero había temas de los que hoy nadie habla, que eran brutales y colapsaban los clubes. Por ejemplo, “Get It Up” de New England, con el que la gente enloquecía en Spook, o el maravilloso “Heartbeat City” de The Cars. O “Dead Eyes Opened” de Severed Heads, tema fetiche de Fran Lenaers. Severed Heads, por cierto, en la época, actuaron en sesión de tarde en una discoteca de pueblo en Torrent (se llamaba Rayas, y tenía estampados de cebra).

Terminando, ¿por qué le has encargado el prólogo del libro a alguien -el siempre brillante y agudo Kiko Amat- que, curiosamente, apenas pisó una discoteca de la ruta?
Fue un regalo del editor, Alberto Haller, de Barlin Libros. Él planteó la opción, y me encantó. Ha sido un grandísimo acierto para la edición. Su prólogo es alucinante, su visión es certera, es muy divertido y a la vez muy emocional. Para mí es un honor lo que dice, y me encanta al máximo nivel. La elección fue por su valía como escritor y analista de fenómenos sociales, por supuesto.

Finalmente, ¿qué dimensión tendría hoy el fenómeno cultural y social de la ruta si hubiera sucedido en Inglaterra o Alemania?
Tremenda. Estaría en el centro de todo, en el origen de todo, en las revistas internacionales, con fotos de archivo, se revisaría cada cierto tiempo, sus DJ’s se tratarían como referentes, etcétera. Aquí, en cambio, pues ya ves: tierra quemada. A ver qué sucede en el futuro.