Vaya por delante que son muchos, incluido quien esto escribe hasta hace apenas unos días, quienes piensan que ese parque temático de la electrónica llamado Tomorrowland que desde 2005 se celebra en el plácido pueblo belga de Boom es un punto de encuentro en exclusiva para los simpatizantes de la EDM y las cantaditas. Craso error. Por supuesto que la EDM reina en las últimas horas en el mastodóntico escenario principal (que este año andaba sobrado de simbología circense), pero tan pronto a las doce del mediodía dio por inaugurada la primera jornada podías encontrarte a Carl Cox en el Mainstage repartiendo techno sin fisuras o, a escasos metros de ahí, a dj’s locales que se creían Pet Duo y apostaban por el schranz y los sonidos más industrialmente duros. En la variedad, sin duda, radica una de las fórmulas de su éxito.

Dieciséis escenarios a pleno rendimiento desde el mediodía hasta la una de la madrugada dan mucho de sí. Tanto que a diferencia de en nuestro país, donde los afters acaban siendo el lugar de peregrinaje de muchos crápulas, en el festival belga son tantas las energías que uno gasta durante el día que cuando todo echa el cierre el público se recoge para descansar. Con una política antidroga asumida por todos a raja tabla (si dentro del recinto o en esa ciudad paralela llamada Dream Ville que sirve de zona de acampada te pillan con algún tipo de estupefaciente, literalmente, te echan del recinto), sorprende muchísimo encontrarse con un macroevento donde el caos y el desfase brilla por su ausencia. Puedes encontrarte a algún británico que ha abusado del agua con misterio, sí, pero por mucho que busques no vas a hallar ni bocas desencajadas ni gente postulándose para ingresar en Proyecto Hombre. El buen rollo, contra todo pronóstico, es el denominador común entre todos aquellos que acuden en masa a la cita como parte de sus vacaciones de verano soñadas.

Por primera vez, como por ejemplo ocurre con Coachella, este año el festival se celebra en dos fines de semana, aglutinando en total a 360.000 almas (60.000 por día). Y a pesar de esas cifras de asistencia mareantes sorprendía comprobar cómo nadie tardaba más de cinco minutos de reloj para conseguir una copa o zamparse una señora hamburguesa. Los belgas podrán ser muchas cosas, pero nos llevan una ventaja abismal en cuanto a confort festivalero se refiere.

Independientemente de que disfrutes o no de la electrónica, Tomorrowland en realidad es un Disneyland para creciditos. Y como tal, la música en ocasiones está en un segundo plano. Ya sólo observando los escenarios (resultaba apabullante el despliegue de led’s del cubierto Freedom en el que volvió a la vida la fiesta Trance Energy tras seis años de silencio, o esa dragona en The Rose Garden que en vez de fuego lanzaba aire con aroma a rosas) cualquiera se quedaba sin habla ante tal hazaña constructora o los pequeños detalles que invadían todos y cada uno de los rincones de ese epicentro del hedonismo controlado. Como en Las Vegas, son tantos los estímulos que tienes ante tus ojos que te lo puedes pasar como un crío por mucho que bailes desincronizado o no quieras estar en las primeras filas oliendo los sobacos de los hardcore fans.

Únicamente estuvimos un día, pero aun con esas destacamos como The Magician y Duke Dumont aprovecharon su hora de set para poner patas arriba ese escenario que escupía fuentes de agua, bautizado como The Garden of Madness, con una masterclass de house y nu-disco que aún hubiera sido mejor si se hubiese programado a altas horas de la madrugada. El hecho de que prácticamente todos los artistas cuenten con apenas 60 minutos para actuar les hace ir al grano y dejar la paja para otro momento. Sin ir más lejos, en el escenario principal, Eric Prydz dejó mejor sabor de boca que en el pasado Sónar pinchando (¡por fin!) íntegramente Opus ante una masa entregadísima que se quedó sin poder ver a Marshmello (quien fue sustituido en el último momento por Afrojack).

Justo después Tiësto acabó sonando reiterativo y falto de ideas, algo que no les ocurrió a Axwell ^ Ingrosso, los culpables de unas de las sesiones más divertidas de la jornada: desde remixes con subidones a granel del Starboy de The Weeknd, pasando por Somebody That I Used To Know de Gotye o la celebradísima (a pesar de sonar en diferentes escenarios previamente) Don’t You Worry Child de Swedish House Mafia. Los fuegos artificiales hicieron acto de presencia justo al final de su set, escasos segundos antes de que Steve Aoki (el cabeza de cartel del Mainstage) volviera a hacer la sesión que le hemos escuchado en infinidad de ocasiones. Aunque eso sí, como la ocasión lo merecía, en vez de una estampó hasta tres tartas sobre las caras de aquellos que se encontraban en las primeras filas.

De cara al año que viene esperamos poder estar las tres jornadas del festival y no sólo una. Nos hemos quedado con ganas de más, mucho más, lo cual es una gran señal. Ya contamos los días para volver y disfrutar en primera persona del que, muy posiblemente, sea uno de los festivales con el mejor y más internacionalmente civilizado público del mundo.