La tercera edición del Mundaka Festival deja buen sabor de boca con las exquisitas actuaciones de Julián Maeso, Quique González y Los Detectives, Lee Fields and The Expressions y Beth Hart. Una edición con mucha clase, blues y soul, en la que también brillaron con luz propia los grupos de la tierra Zea Mays, Seiurte y Willis Drummond.

Viernes 28 Julio

Tarde soleada en un marco incomparable. Peter Harper, hermano del gran Ben, comienza su concierto enternecedor. Sólo un grupo de niños saltarines se atreve a cruzar la delgada línea imaginaria entre el escenario y el grueso del público que se va acercando tímidamente al recinto del festival. La banda de Harper deja a éste a solas con su guitarra. Desnudez frente al vasto mar. “Just To See You Smile” se antoja una dulce nana que invita a los niños a irse a dormir, más que a abrir un festival, quizá. “Take It Home” emociona en su sincera sencillez (“No sé si quiero que te quedes, pero no soy feliz cuando no estás”). Harper ofrece un recital intimista con leves ecos reggae y, sobre todo, mucha dulzura y buenrollismo. La banda regresa para acompañarle en una aún más edulcorada versión del “I Won’t Back Down” de Tom Petty. Harper pide al público que coree “Can’t Stop Now”, un tema, según él, apto para “musulmanes y cristianos, heterosexuales y homosexuales, altos y bajos”. Factor sorpresa: baja a pie de pista y abraza a todos y cada uno de los presentes –“¡Muchas grasias!”-. No se puede decir que no sea cercano y agradecido. Tras diez minutos derrochando paz y amor, vuelve al escenario con su ukelele, instrumento que le hizo dedicarse a la música después de resistirse a seguir la tradición familiar durante años. Paz y amor.

El festival toma cuerpo con Julián Maeso (foto superior) y su excepcional banda. El público empieza a congregarse animoso en torno al sonido del majestuoso Hammond y la voz grave del músico toledano. Abre con una frenética “Leave It In Time” (del álbum “One Way Ticket To Saturn”, 2014) para ponernos a tono y sobre aviso: sacudan sus cabezas y muevan sus caderas, esto es un festival. Tras esta impetuosa intro, nos presenta el que es su último álbum, el exquisito “Somewhere Somehow” (2016), con el tema que abre dicho LP, “No Earthly Paradise”. Sus iniciales ramalazos funkys derivan en unos estribillos pegadizos y bailables, con letras que lejos de hablar de amor y buenos ratos contienen enjundia: “In the name of god, you proudly walk the line” (En nombre de dios cruzas la línea con orgullo). Maeso y los suyos maridan cada tema –no olvidemos que también estamos en un festival gastronómico- con absoluta clase y armonía, y eso les convierte en esa clase de banda que podría tocar durante horas y horas –y el público respondería con igual entusiasmo-. Un concierto para sentirse bien y dejarse llevar, como en la agradable “Hanging On A Wire”. Sólo tienen un competidor en este momento: Instagram. El impresionante atardecer rosado cae sobre Santa Catalina y varios parroquianos se apartan del escenario para inmortalizar el momento, móvil alzado. Maeso entra en calor y se pone en pie para seguir destilando clase y energía a los teclados. Se pasa a la guitarra en “The Road Less Travelled” para mostrar su vis más folk-americana. Músico de indudables recursos, su versatilidad de estilos le hace inclasificable. “It’s Been A Hard Day” concluye en una coda gospel; “Keep On Striving” brinda un halo esperanzador sin empalagar. Cero azúcares añadidos. Impecable, no se puede tener más elegancia ni estar mejor acompañado.

El próximo destino de Mundaka Festival nos lleva a La Asturiana de Zinc. Quique Gonzaléz (foto inferior), el cantautor madrileño afincado en Cantabria, recrea en el escenario esta estación de tren, con unas acogedoras farolas a media luz. El público a rebosar corea entusiasta todas las letras del repertorio desde el minuto uno, con “Sangre en el marcador”, de su nuevo álbum “Me mata si me necesitas”. Su voz de chico de ayer parece fraguada en el Penta de Madrid; su lenguaje corporal transmite la complicidad con sus queridos investigadores privados. Una talentosa banda de detectives que incluye violín eléctrico (cortesía del gran Edu Ortega) y la dulce voz de Carolina Nina de Juan (Morgan). ¿Qué más se puede pedir? Que no os engañen las melodías pop, las letras son de una cotidianidad desgarradora; en lo emocional -interpreta una veterana “Kamikazes Enamorados” que suena mucho más poderosa en directo-, y en lo social -“¿Dónde está el dinero?” sigue de rabiosa actualidad-. “Charo”, a dúo con Nina de Juan, brinda uno de los momentos más entrañables de la noche. Un guiño portuario a Mundaka con “La Ciudad Del Viento”, tema del aclamado álbum “Salitre 48” (2001). La música es obra del bajista Paco Bastante, “una de las mejores colaboraciones que he hecho nunca”, valora González. “En todos los lugares me siento un habitante más…”. Aires marítimos, fronteras movedizas, calles sin nombre y habitantes anónimos. Exultante y simpático, Quique González ofrece un recital de aparente sencillez que cala. Se despide con la mítica “Vidas Cruzadas”, que grabó junto a su colega Iván Ferreiro. Mira al público y parece como si nos sonriera a cada uno de los presentes.

El combo sueco Mando Diao (foto inferior) irrumpe en escena enérgico con “Sheepdog”, pero pronto hace mutis por el foro y se pierde en un continuo apelar al público –“Motherfuckers!” mediante- a que alcemos las manos, demos palmas, gritemos “Yeaaah!” y ese tipo de consignas de concierto. Björn Dixgård, ahora único líder y vocalista de la banda tras la marcha del que fuera guitarrista, voz y principal compositor Gustaf Norén, se desgañita y es pura electricidad. Tras un par de canciones, se quita la camisa y se pavonea ante el público con desdén y mirada desafiante. El público parece tener ganas de fiesta a estas horas de la película y le sigue el rollo. El césped es ahora una pista de baile frenética y despreocupada ante temas como “Money”, de su optimista y reciente álbum “Good Times” (curiosa portada, por cierto. Muy curiosa). Dixgård se balancea en el abismo vocal en la acongojante ‘Break Us’. Ecos de la nostalgia más pop en “Mr. Moon” y otro mutis por el foro. De pronto, aparecen los cinco miembros del grupo alineados ante una mesita con platos y sintetizadores. Ya sólo dos conservan la camisa – “¡Échate una rebequilla!”, aconseja un atento espectador. La estampa descoloca a los presentes, expectantes a los escarceos electrónicos de estos chicos que parecen encantados de conocerse. Por suerte, el experimento cual invitados a El Hormiguero dura poco y vuelven a sus bellos cabales con “Gloria”, un hit con el que no queda otra que enloquecer y saltar como si no hubiera un mañana. Enajenación colectiva transitoria que alcanza el éxtasis con el hit por antonomasia, “Dance With Somebody”. Dejan para los bises “Shake”, del nuevo álbum, digna secuela del antedicho rompepistas. Efectivamente, sus temas pegadizos y bailables funcionan, y sonarían mucho mejor si se limitaran a hacer eso que saben hacer (bien). No hay necesidad de tanta parafernalia rock star.

La intensa primera jornada termina con la fuerza arrolladora de Zea Mays (foto inferior), que se les oye en Mundaka y probablemente en toda la comarca. Tienen motivos de sobra para estar orgullosos de “Harro”, su último disco, con el que conmemoran veinte de años de sólida trayectoria. Volver a contar con el productor Dave M. Allen (The Cure, Depeche Mode, The Damned y un lujoso etc.) ha sido todo un acierto. Bases muy potentes que elevan la soberbia voz pop de Aiora Renteria, como en la nueva “Amiltzen Ez Den Bat”. Increíbles en su clásico “Eletrizitatea” (2000), los de Rekalde terminan con un guiño al “War Pigs/Luke’s Wall” de Black Sabbath. Pura electricidad para un público menos numeroso con respecto a sus predecesores saltimbanquis. No faltan por supuesto su gran éxito “Negua joan da ta”, así como un pegadizo hasta el extremo “Bi Bihotz, Bi Ero”, que una exultante Aiora fusiona con el estribillo del “Get Lucky” de Daft Punk.

Dark Dj se encarga de poner el punto y seguido a un viernes desigual pero sin duda lleno de gratas sorpresas musicales y (g)astronómicas.

Sábado 29 Julio

El calor atípico en estos lares aún aprieta cuando el power trío vizcaíno Last Fair Deal empieza a repartir caña. El público se va acercando al recinto, hechizado por el blues contundente y el hard-rock setentero de esta joven banda con tres discos en su haber. Presentan, entre otras gemas, el más reciente “Odyssey In The Key Of Three”. Gonzalo Portugal se expresa con vigor y solidez a la voz y a la guitarra. Mención especial a su guitarra descascarillada, señal de que estamos ante unos currelas del blues-rock clásico, algo de agradecer siempre. Sólo por sus versiones del “Oh Well” de Peter Green o el “Shake It All Over” de Johnny Kidd deberíamos adorarles, pero temas propios como “Wild Rose” o “N.L.D”, ejecutados con despiadada habilidad –brutal Virginia Fernández a la batería-, son más que suficientes para no perder de vista a este grupo que, si bien no han inventado nada que no haya hecho Rory Gallagher, su disciplina rock les avala.

Suave como un atardecer sin olas, los californianos Allah-Las aparecen con su habitual aire hippie-surfero y desaliñado. Asegura su cantante, Miles Michaud, que Mundaka es el sitio “más bonito” donde han tocado nunca. Damos fe.
Muy democráticos, se turnan a la voz en su repaso a éxitos como “Catamaran”, “Had It All”, “Tell Me (What’s On Your Mind)”, “Artifact” o la instrumental “Sacred Sands”, cuya delicada melodía de aires nostálgicos define el espíritu del grupo.
De su más reciente álbum, “Calico Review”, destacan la simpática “Could Be You”, con tintes, muy sutiles, a lo Velvet Underground; la lisérgica “Warmed Kippers” y la armónica “Terra Ignota”. En un set sin sobresaltos ni aspavientos, se agradece su versión “Calm Me Down” de The Human Expression, ya habitual en sus directos aunque un tanto descafeinada, puesto que está adaptada a su tempo, más sosegado. El público despierta de su apacible balanceo zombie para corear el “Aah-aaah-ah/Time after time girl…” de “Sandy”, de su aplaudido álbum debut.

La impoluta banda del veterano soulman Lee Fields (foto superior) introduce el que será un show funky apropiado para un festival. El cantante norteamericano hace una intro muy a lo James Brown (de hecho, puso su voz en la biopic del padre del funk). Ciertamente, no necesita esa chaqueta de lentejuelas para brillar, ¡pero le sienta tan bien! Con mirada penetrante, nos pregunta una y otra vez si estamos contentos y anima a empezar una fiesta a la que el nutrido público entra al trapo sin dudarlo. Su portentosa voz y su gracioso swing de caderas convierten esta segunda jornada en una “noche especial”, en honor a su último trabajo. El “pequeño James Brown” de Carolina del Norte es capaz de recuperar la ola de Mundaka con un simple chasquido de dedos. Entre derroche soul y baile funky, introduce sus temas con anécdotas como en “Just Can’t Win”, donde comentó, risueño, su mala suerte en los casinos. Se despide con una apoteósica “Faithful Man” y se lleva al público en el bolsillo de su brillante chaqueta, al grito de “I love you!”. Nosotros también te queremos, Lee.

Cual imprevisto tsunami, Beth Hart (foto inferior) irrumpe en escena con ímpetu y estilazo. Se la ve satisfecha y transmite esa sensación a un público que se rinde a los encantos de la reina de la noche (y del festival). Durante un frenético set que nos deja sin aliento, la diva cercana y pizpireta de L.A. hace todo tipo de virguerías con la voz, se desenvuelve con soltura a la guitarra y se muestra apabullante en el piano. Esto es lo que servidora entiende por empoderamiento femenino. Una mujer de armas tomar. Literal. Regala sonrisas cómplices al público y no para de dar las gracias tras cada tema, llevando sus manos al pecho. Hart es un animal escénico en estado de gracia, y lo demuestra con creces en la combativa “Baby Shot Me Down” –gloriosos disparos al aire “Pop! Pop! Pop!”-; precedida de su contexto en el que compartió alcohol, marihuana y sed de venganza con su madre. “Delicious Surprise”, una joya deliciosa de sus inicios (“Screamin’ For My Supper”, 1999), muy Alanis Morrisette en el disco pero que en directo suena con una garra abrumadora. Hiperactiva sobre el escenario, parece que se ha dejado el blues en casa. Corre a sentarse al piano para seducirnos con una elegante oda al estío en “Coca Cola”. La mejor publicidad que se le pueda hacer al refresco de la felicidad. “Love Gangster” es su sentido homenaje a su venerado Leonard Cohen y está a la altura del bardo canadiense (“I’m looking for a grave maker/A lady killer/ soul shaker”). La melosa “A Good Day To Cry” mueve a las parejas encariñadas al compás. “Me gustaría estar más cerca de vosotros”, comenta, mientras se sienta al borde del escenario. Exultante duelo acústico junto a Jon Nichols en “Get Your Shit Together”. Se encuentra tan a gusto que se le va el santo al cielo y de pronto pregunta qué hora es. Le dicen que quedan cinco minutos y corre de nuevo al piano, para poner al público patas arriba con la socarrona “Monkey Back”, la cual escribió con Nichols. “I can’t shake-shake-shake-shake!”. Sublime.

El cantante de Ocean Colour Scene (foto inferior), Simon Fowler, clava el “Eskerrik asko!” ante un público que se va dispersando paulatinamente ante el baladeo brit-pop después del huracán Beth Hart. Con todo, conserva un buen puñado de fieles que corea sus grandes éxitos más movidos como “Hundred Mile High City” y “The Riverboat Song”. Con barba de tres días y aires campechanos, Fowler parece como si acabara de salir del pub con ganas de fiesta, pero sus temas no incitan al jolgorio precisamente. Si acaso, animan a desertar de la guerra como en la pacifista “Profit In Peace”. Hasta en la mítica “Better Day”, con categoría de himno brit-pop/mecheros en el aire, Fowler parece aburrirse y decide croar –sí, croar- a mitad de canción. Eso no lo hemos visto venir. Su álbum más reciente, “Painting”, data de 2013; y si bien contiene temas sólidos y fieles a su sonido British (“Professor Perplexity”, “Mistaken Identity”), en sus conciertos continúan reivindicando sus grandes éxitos de los 90, cuando alcanzaron el estatus de embajadores del pop-mod británico con “Marchin’ Already” y “Moseley Shoals”, espoleados a su vez por fans de renombre como Noel Gallagher y Paul Weller, a quienes han acompañado en los escenarios. De hecho, el guitarrista Steve Cradock es miembro de la banda del Modfather y también le ha acompañado en su último trabajo de estudio, “A Kind Of Revolution”. Más pop amable y nostalgia de pub con el emblemático “The Day We Caught The Train”. Un viaje a los noventa que puede hacerte sonreír… o llorar.

Dj Chelis se encarga de finiquitar esta suculenta segunda jornada, pero quedan muchas curvas de vuelta a casa y mañana hay mucho atún que cortar aún…

Domingo 30 Julio

Por motivos de logística nos perdemos al cabeza de cartel, el famoso atún de 200 kilos. Dicen que no hubo bises. La tercera y última jornada es abierta al público y se nota en la cantidad de niños que corretean y saltan por doquier. Abren el menú de domingo los vizcaínos Seiurte (foto inferior), que al igual que Zea Mays, también celebran 20 años sobre el escenario. A priori tienen en contra el cansancio que empieza a hacer mella entre los presentes y un cielo nublado cargado de amenaza de lluvia. Pero el cuarteto de Berriz no se amilana y nos insta a sumarnos a su particular tormenta de riffs potentes y letras que intercalan el euskera y el inglés. Distorsión a las cuerdas que se atenúa con la voz melódica aunque enérgica de Iokin Elortza. Al grito de “¡Se acabó el cachondeo, a bailar!”, los estribillos ska de “Road Movie” y el superhit “Robinson Crusoe” ayudan a despejar los estragos de los días anteriores. Tal como cantan en “Lau Akordeen Matxinada”, cuatro acordes son más que suficientes para sublevar al pueblo. Con letras reivindicativas a la par que bailables, gozan de plena salud tras dos décadas y ocho álbumes a sus espaldas. No le hacen ascos al indie, al power-pop o a lo que se tercie. Para algo son mayores de edad.

Desde Nueva York, los Rad Trads firman una banda sonora familiar con jazz bailable, (p)optimismo y solos de viento infatigables. No puede salir nada malo de una banda a la que le unió su amor por la cerveza y Dr. John. Destaca el baterista John Fatum, que compone e interpreta una deliciosa “The Little Pie Blues”, con una voz aterciopelada y reminiscencias a Mose Allison. Muy recomendable su trabajo en solitario. Jam session loca con un solo de saxo imposible, a cargo de un rojo a reventar Patrick Sargent alias El Sargento, quien recibe una gran ovación del público. The Rad Trads son unos veinteañeros que vienen pisando fuerte también en sus proyectos propios bajo el sello Dala Records, fundado en Nueva York por el trompetista Billy Aukstik y que apuesta por los jóvenes talentos. Juntos, bajo el paraguas simpático e imprevisible de The Rad Trads, el entretenimiento de calidad está asegurado.

El volumen rabioso con el que nos sorprenden Willis Drummond (foto inferior) provoca algunos acoples al inicio que rápidamente son subsanados. A partir de ahí, sus guitarras guerreras y percusión aplastante silencian cualquier murmullo del mar y del público. Tras cuatro años de relativo parón desde la publicación del exitoso álbum “A ala B” (2012), decidieron tomarse un tiempo en stand-by que les ha sentado francamente bien. No es casualidad el título del álbum que presentan en Mundaka, “Tabula Rasa” (2016), autoeditado. Temas como “Athabasca”, “Joan Ikustera” u “Orain” constatan la fuerza implacable de un grupo que sintoniza en su caos armónico y demencial. Sin ánimo de restar mérito al carismático cantante y líder Jurgi Ekiza, al bajista y agitador de masas Xan Bidegain o al incombustible y demoledor batería Felix Buff, la incorporación del magnífico guitarrista Joseba B. Lenoir como cuarto mosquetero realza notablemente el conjunto. “Hondamendi Hontan” es una tormenta que no acaba de desatarse, una especie de letanía progresiva que te arrastra y convence; mientras que “A ala B” es una engañosa balada pop que deriva en una eclosión visceral e incontrolable. El público asiente con la cabeza como no se ha hecho durante todo el festival. Willis Drummond hace amago de despedirse varias veces, han vuelto con ganas y esperamos que no tengan ninguna prisa por volver a tomarse un respiro. Preferimos que nos dejen sin aliento…