Tras el variado y dinámico “L’amor feliç”, Mishima vuelve con “L’ànsia que cura”, su séptimo largo: más unitario, con visión de directo -de la mano de Peter Deimel- y esta vez con el paraíso como telón de fondo. Hablamos con David Carabén sobre el mito, el ansia y la relación entre creación y política.

“La idea evoluciona del anterior disco, de los orígenes del amor romántico -una pregunta pública de cómo es que las canciones hablan de amor- hasta el paraíso. Como el de la Edad Media, que describe Jaume Vallcorba”, aclara David Carabén tras sus inseparables gafas modelo aviador en una terraza en el centro de Barcelona. El cerebro de las canciones de Mishima ha vuelto a demostrar en el nuevo largo de la banda su apego por lo mítico, un tema de radiante actualidad en esta crisis –sobre todo- de valores que mucho tiene que ver con el Medievo, como ya describía Nicolas Berdiaev en “Una nueva edad media” en los años ochenta. “Somos esclavos de los mitos. No exigimos que nos expliquen las cosas en la dictadura del presente que vivimos. Por eso todos tenemos nuestra idea de paraíso en esta época de crisis: para unos será el estado del bienestar escandinavo y para otros la tierra prometida de la independencia… Sea como sea, todo nuestro consumo está basado en un paraíso artificial, ya sea utilizando drogas, recurriendo a Hollywood o al ‘mainstream’. La cultura sigue ofreciendo visiones plausibles del paraíso ni que sea durante hora y media un domingo por la tarda”. [Ríe] Carabén, con un discurso político rico, abre la veda sobre el abordaje de la política des del pop constantemente, poniendo sobre la mesa una de las cuestiones más discutidas en la producción en catalán de los últimos tiempos: la poca permeabilidad de los textos de los grupos respecto a la situación social actual. Sus declaraciones desmienten, al menos en su caso, dicha afirmación: “Todo lo que haces se puede interpretar políticamente, pero es absurdo esperar que los artistas hagan obras de fácil lectura política. A mí no me interesa. Se me criticó mucho por el tema del anuncio del Banc Sabadell porque la gente lo quiero todo claro: los buenos y los malos. A mi ese anuncio me permitió vivir un año y poder dedicarme a componer sin preocupaciones. La cosa está difícil y yo ya viví un año de los conciertos, otro a crédito por un adelanto de SGAE… y ahora de mi mujer. Tengo 42, críos y, en general, la prensa no tiene ni puta idea de qué viven los músicos, de los medios de producción”.

Mishima se enfrenta a su séptimo trabajo discográfico bajo un título, “L’ànsia que cura”, que recuerda a inequívocamente a “Set tota la vida” por su ambivalencia: “El ansia puede ser fantástica; de sentir, de vivir. Pero también está de la que nos quejamos: todo el mundo utiliza ansiolíticos, la droga legal de hoy en día. La sociedad nos dice que tenemos que elegir, consumir: eso en vez de sentirte más libre te pone ansioso”. Pese a la fuerza del concepto, esta vez el contenido no queda todo manchado por una idea. También hay meta-canciones sobre la profesión (“El corredor”) y otras fórmulas más explicitas, más terrenales (“Els vells hippies”). En lo musical, el disco se aleja de la variedad y el dinamismo que la banda exhibió en “L’amor feliç” para volver a la integridad y unidad de sus primeros discos en catalán. Precisamente los barceloneses no repiten con Paco Loco, productor de sus tres anteriores álbumes, para romper con la línea de cierta sobreproducción que les acompañaba: “La primera vez que grabamos con Paco crecimos mucho como músicos –sabe sacarte la música que llevas dentro y no para de proponer- y con él hicimos un pack de tres discos muy sólidos. Pero ahora necesitábamos un cambio. Volver a tener los huevos por corbata ante un estudio y un productor nuevos. Nos gustaba como en Francia habían puesto al día la ‘chanson’ francesa y por eso elegimos el Black Box estudio [Anjou, Francia]”. Para ello se pusieron manos a la obra con Peter Deimel, encargado del sonido de The Last Shadow Puppets o Anna Calvi y de escuela punk (Steve Albini se cuenta entre sus camaradas), simplemente para poner las cosas en su sitio y recuperar el espíritu de “Set tota la vida”, el de las canciones de tres minutos: “Queríamos que las letras se entendieran claramente, pero no perder contundencia. Cosa difícil a nivel de producción. Con Paco revestíamos mucho los temas y queríamos ir a buscar un disco más de directo, dónde se pudieron identificar bien los elementos pero no se perdiera la agresividad ni la ‘bofetada’. Es un disco minimalista, con menos elementos pero que cubren bien las frecuencias. Compartíamos ética de grabación con Peter. Algo así como realismo, rollo ‘Nouvelle Vague’: ni plató, ni iluminación ni nada… Grabar tal como suenas”. Mishima ha virado sin innovar, pues a veces hay que mirar atrás para volver a encontrar la fórmula, la que te ha encaramado en la cima –en Catalunya al menos- y te permite disfrutar de las vistas siendo tú mismo.