No sólo “Let´s Get Out Of This Country” (Elefant) es su mejor disco sino que debería sellarles el pasaporte al rincón de modestos clásicos o, como mínimo, colocarles junto a los chicos de Belle & Sebastian, banda con la que no sólo comparten diseñador de portadas.

Imagino a Tracyanne Campbell, voz cantante de Camera Obscura, sentada en un sofá verde, sujetando un teléfono rojo o negro, de los que pesaban al menos seis kilos. No lo está sosteniendo con las dos manos porque ya no es una niña, aunque por su voz lo parezca. De hecho, ni siquiera lo está sosteniendo. Estoy teniendo una alucinación retro provocada por la escucha sin descanso de “Let´s Get Out Of This Country”, último disco de los galeses, un magistral ejercicio de reconstrucción pop de zapatos de charol y helados de fresa, sonido clásico en peligro de extinción. “Me encanta lo retro”, confiesa Tracyanne. No está al otro lado del teléfono, sino tecleando en un ordenador. Hacerse un hueco en su agenda estos días es casi misión imposible. Todo el mundo tiene la sensación de que va a pasar “algo grande” con el tercer disco de Camera Obscura. Pero ellos siguen montando en bicicletas de cuatro ruedas.

“Vender cincuenta mil copias no hace que las cosas cambien”

“No creo que haya cambiado nada. Vender cincuenta mil copias no hace que las cosas cambien. Bueno, quizá deberías preguntármelo cuando vendamos ciento cincuenta mil, aunque dudo que tenga una respuesta distinta. Apenas hemos cambiado, aunque sí hemos aprendido. Ahora miramos hacia el futuro. Creo que en este álbum abandonamos el pasado para empezar a echarle un vistazo al futuro”. ¿Jugamos al mundo al revés? “Tears For Affairs”, segundo corte del álbum, podría haber aparecido en una recopilación sesentera y “Come Back Margaret” guarda un descarado parecido con “(I´ve Told) Every Little Star”. “Sí, en realidad quería que sonara como podría haberlo una canción incluida en la banda sonora de una película de David Lynch y, bueno, ´(I´ve Told) Every Little Star´ estaba en ´Mulholland Drive´, así que, ahí lo tienes”. ¿Entonces, qué futuro? “La producción de Jari Haapalainen ha cambiado muchísimo nuestro sonido. Antes éramos muy cuidadosos y no queríamos correr riesgos. Con él, hemos tenido que dejar de jugar a repetir fórmulas y la banda ha crecido con una producción que mantiene la sensación de que está pasando en directo sin echar de menos el arreglo. No sé si me explico”. Más o menos. Frescura poco maquillada, más bien lo justo. ¿Y qué hay del escapista título del disco? “Oh, sí, en realidad se refiere a largarse de Glasgow pero también a abandonarse por un tiempo, dejarse a un lado para poder cambiar de vida. A veces es necesario, ¿no crees?”. Por supuesto. El toque cinematográfico sigue presente. Desde la portada (que en esta ocasión no contó con los responsables de la imagen de Belle & Sebastian) de chica asustada hasta la última de las notas de “Razzle Dazzle Rose”, corte final del disco, que se aleja hacia (probablemente) otro mundo. “El disco es como un rompecabezas. Tiene pedazos de cosas: cruzar Estados Unidos, enamorarme de Estocolmo, la muerte de mi abuela, cortar con mi novio, volver a enamorarme de la banda. Un montón de cosas. Y, por supuesto, el cine está entre ellas. Siempre lo ha estado”, cuenta. En este punto la imagino pensativa, el teléfono resbala hasta el hombro. De fondo se oye el crepitar de algún viejo vinilo. “Adoro a Connie Francis y Tammy Wynette”, dice, aunque ahora escucha música sueca: El perro del mar, Jens Lekman, The Tiny, Peter, Bjorn & John y sobre todo The Concretes. Por supuesto, siguen de cerca los pasos de Belle & Sebastian. “The Life Pursuit”, último álbum de la banda, “me ha encantado”. El teléfono vuelve a su lugar, porque quizá recuerde que tiene otra cita en cinco minutos, y si realmente esto fuera una conversación telefónica, se despediría educadamente y dejaría caer el pesado aparato para garabatear en una libreta una nueva idea. “No escribo siempre todas las canciones, pero en este caso ha sido así. Directamente me presentaba en el local con la letra y la melodía de una canción y cada uno aporta lo que cree que le falta”, explica. Y en este caso, el montaje es digno de alfombra roja (o sofá verde, en su caso): un disco en el que ni sobra ni falta un gramo de malvada ingenuidad, tristeza pasajera y estribillos infinitos de violines, cascabeles y palmas (“I Need All The Friends I Can Get”). Country, soul y retro artesanal para un grupo que igual se disfraza de girl band de los cincuenta que se pasea por el indie de los ochenta o las cajas de singles de los sesenta (y también setenta), y lo hace mirando al futuro.