“Cuando aprecias lo que te rodea, quizás lo que lo envuelve te aprecia a ti”
EntrevistasLa Pegatina

“Cuando aprecias lo que te rodea, quizás lo que lo envuelve te aprecia a ti”

Víctor Terrazas — 14-05-2026
Fotografía — Archivo

Hablar de La Pegatina es hablar de movimiento. Dos décadas como referencia del sonido verbenero, de la rumba, del ska, y más de una decena de discos, miles de conciertos y una forma de entender la música siempre en tránsito.

Pero incluso las inercias más asentadas necesitan detenerse. Mirar atrás. Ordenar. Decidir hacia dónde seguir. De ahí nace “Fuegos del Barrio” (Calaverita Records, 26), su undécimo trabajo, un disco que parte de una idea sencilla: volver a casa.

Nos citamos en el Gracias Vieja, una taberna en pleno Lavapiés convertida estos días en su centro de operaciones. La tarde avanza entre idas y venidas. Un goteo constante de gente empieza a poblar el bar. En unas horas, serán ellos quienes tomen el pequeño escenario del local para presentar las nuevas canciones en formato showcase. “Hemos tenido una dinámica de no parar”, se sincera Adrià Salas. “De estar grabando incluso en plena gira, sacando tiempo de donde no lo había. Y llegó un momento en el que dijimos: ‘vale, necesitamos parar y ver qué estamos haciendo’, porque no era sostenible”.

“La gente está volviendo a los temas clásicos por la sobresaturación”

Al fondo, en una mesa alargada y a pocos metros de las tablas que pronto les reclamará, se sientan Romain Renard, Ferran Ibáñez, Miki Florensa y el propio Salas. Le devolvemos la pelota a Adriá casi por instinto, acelerando también la pregunta: ¿de dónde nace esa sensación de no parar nunca? “La industria y los sueldos”, responde Salas sin rodeos. “Somos quince personas de gira, al final hay que correr”, añade Renard. Ferran introduce otra capa, seguramente de las más honestas: "Nos gusta tocar; es el ansia de ver todo lo que tienes al alcance y querer llegar. No paramos porque siempre hay nuevos objetivos". La conversación fluye con la naturalidad de su trayectoria, saltando de tema en tema sin fricción. Rememoran a Mano Negra y el auge del mestizaje catalán como el germen del que, una década después, floreció en una escena de bandas afines y consolidó un circuito capaz de desbordar fronteras. Analizan también el vínculo con Latinoamérica y el impacto del Covid, especialmente duro para formaciones tan numerosas y con un calendario internacional. Sin embargo, el relato siempre regresa a un eje central: la velocidad. “El funcionamiento del mundo urbano ha marcado mucho al resto”, retoma Salas. “Antes sacabas un disco y lo girabas dos años. Ahora cada mes hay que publicar algo. Y la industria, aunque no quieras, te empuja”. El resultado no siempre juega a favor. “Al final ocurre lo contrario: la gente se queda con tus hits anteriores”. “Es algo general”, remata Miki. “La gente está volviendo a los temas clásicos por la sobresaturación”.

El bar sigue llenándose. Entre el ruido empiezan a colarse las nuevas canciones en los altavoces. Temas que remiten a lo conocido, pero también a algo distinto. “Voltereta”, con ese pulso de rumba catalana. “Del Barrio Soy”, que apunta a nuevo himno. “Este tiempo nos ha servido para vernos desde fuera y pensar qué nos motiva a seguir”, explica Salas. Ferran remata: “Al parar, vimos claro que queríamos hacer música más callejera, más rumbera. Ser conscientes del barrio, de los amigos, de la familia. Volver a un sonido más original, más rupestre”.

Si su anterior trabajo, “Hacia otra parte” (22), miraba hacia fuera, este apunta hacia dentro. Lo hace junto a aliados como los paraguayos Kchiporros en “Rómpela”, viejos amigos como Eskorzo en “Impura” y sobre todo la producción de Camilo Lara (Instituto Mexicano del Sonido). “Con Camilo llegamos a una sencillez que nos devuelve a la esencia”, explica Romain. “Nos perturbaba lo demasiado purificado. Buscábamos algo menos macroproducción y más original, casi rupestre. Menos pop y más rumba. Más ganas de bailar nosotros y hacer bailar al público”. “Las canciones están pensadas para el directo”, añade Miki. “Suena natural y está muy poco editado. Fue curioso recuperar ese punto de movimiento y la naturalidad de los instrumentos”. Esa vuelta a lo "rupestre" no fue solo estética, sino una consecuencia directa de su residencia en La Casamurada, una masía en Banyeres del Penedès en la que se instalaron durante un mes. “Allí captamos cómo el entorno afecta a la grabación”, explica Miki. “Estábamos súper tranquilos; te levantabas, desayunabas y te ponías a grabar. Facilitó mucho las cosas”.

Tan real fue el proceso que hay un documental en camino que muestra ese día a día. “Vinieron familiares a vernos; yo iba en bici con mi hijo, volvía y me ponía a grabar”, recuerda Romain. Fue integrar el disco en su cotidiano, sin presiones, algo que permitió que lo instrumental fluyera. Además, la libertad fue total. “El estudio estaba abierto veinticuatro horas. Podías ir cuando quisieras. Trabajábamos mucho de noche y eso estuvo genial”, añade Miki. Al final, esa libertad es la que se siente en el sonido: suena a verdad porque se grabó viviendo.

Aunque cambien su centro de operaciones, el corazón sigue en Montcada i Reixac. Adrià habla con orgullo de cómo el pueblo se ha volcado con ellos. El Teatro Municipal para ensayar. El estreno del documental allí. Un mural gigante a la entrada del municipio. Incluso el nombramiento como pregoneros de la Fiesta Mayor. “No tenemos una calle, pero al menos sí un mural”, dicen entre risas. Quizá ese sea el verdadero giro: romper la inercia de vivir hacia fuera tras veintiún años sin descanso. “Puede que lo mejor del parón haya sido darnos cuenta de lo bonito que es todo lo que nos rodea”, reflexiona Ferran. “Llevamos una vida de estar siempre viajando. Y cuando paras dices: ‘Joder, qué guay es esto’; y cuando aprecias lo que te rodea, quizás lo que lo envuelve te aprecia a ti”.

Ahí reside la clave: en la raíz y en el barrio. En bajar el ritmo para recordar el origen. Porque, aunque hayan decidido parar las máquinas un tiempo, basta la primera rumba para entender que hay algo que no se detiene. Un movimiento que nace de dentro; un impulso que, ni siquiera ellos mismos, podrán detener nunca.

 

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