Incombustibles e insobornables, Esplendor Geométrico se han movido, desde su génesis hace más de cuatro décadas, en los márgenes y la experimentación, senda que siguen explorando a día de hoy. Los considerados pioneros de los sonidos industriales en nuestro país presentaban en Barcelona su último disco, “El Pulso del Acero: Shinkansen”, un potente artefacto sonoro que recupera su energía característica, cimentada en los loops maquinales, el ruidismo más primario y el detallismo electrónico, estableciendo línea directa con sus sonidos primerizos.
En este sentido, la contundencia marcó de arriba abajo su set, poco más de una hora en la que les sobraron minutos para noquearnos. Una selecta combinación de fuerza bruta sónica y sofisticación técnica que escenificaron con aplomo, demostrando tablas y una calma a los controles que contrastó con el torbellino atronador escupido por los altavoces. Como en anteriores ocasiones, atacaron muchos temas nuevos. Cero nostalgia y mucha tralla.
Su último artefacto de música industrial futurista desarrolla patrones esbozados en “Strepitus Rhythmicus” y suena igualmente arrollador. Alguien comentó que faltaba volumen, pero acto seguido temblaron los cimientos de la sala, las columnas, nuestros torsos. El local entero convertido en la turbina de un motor a punto de implosionar. Y en la pantalla de fondo, movimientos en bucle al ritmo de capas y capas de ruido superpuestas.
Más que versos, Arturo Lanz profirió melodías vocales distorsionadas, y en la recta final, marca de la casa, se desató gritando sin micrófono y contagiando con sus saltos –puños al aire, camiseta empapada en sudor– a una audiencia que bailó y bailó como si le fuera la vida. Un colofón a la altura de su mito y de un show intenso y abrasador.

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.