En la puerta de la estación de Metro de Bilbao, en el centro de Madrid, me espera un tipo que ayudó a articular el sonido del movimiento independiente, pero también un profesor de universidad recién llegado de dar clase durante todo el día. Esos dos seres es uno mismo: Abel Hernández, otrora líder de los extintos y fundamentales Migala y Emak Bakia, y desde hace más de una década portador de un álter ego, El Hijo, por el cual me cito con él.
Abel Hernández acaba de publicar como El Hijo su nuevo material, Dentro (Intromúsica Records, 2018), un nuevo capítulo de una de las facciones más electrónica y experimental de su carrera. La entrevista la arranca él, contándome cómo es trabajar en la universidad y cómo conseguir que los millennials le hagan caso a la hora de hablar de historia, teoría y música.


¿Cómo captas la atención de los alumnos?
Últimamente estamos trabajando mucho con Música de mierda (Blackie Books, 2017) de Carl Wilson, porque es un atajo muy rápido para hablar del tema del gusto. Cuando habla del gusto como construcción social para trepar en el escalafón social o ubicarte en un determinado rango… lo aplica muy bien a toda la dialéctica de “lo cool” y “lo hípster”, o del debate entre la baja y la alta cultura. Para ellos es muy interesante, porque rompe con muchas cosas: escuchar música que aparentemente no les gusta. El death metal puede no gustarte nada desde el punto de vista del placer y el disfrute, pero es imposible que no te fascine todo ese universo.

¿Tú te ves en ellos? No sé si la perspectiva del tiempo te fue quitando un poco eso del “molar”, de lo que dices de la alta y baja cultura.
Yo con 18 años era un pimpín total, no sabía nada ni de música ni de nada en la vida. Yo he tardado 20 años en darme cuenta que existían atajos. No está bien que todo se haga por atajos, pero cuando te has dado cuenta que has hecho tantas veces mal algunas cosas, intentas enseñar los trucos y transmitir cierto espíritu crítico.
El espíritu crítico siempre lo tuve, o al menos desde que empecé a estudiar Historia Contemporánea en la universidad, la gente con la que me rodeé era muy crítica y políticamente activa. Eso me ayudó a tener otros puntos de vista y a tener más consciencia contra la crisis de rebeldía que vivía en esos años. Ahí sí que creo que hay un salto, el cambio de los tiempos y lo que propició internet asusta más a los chavales, ahora son conscientes de que hay un océano inabarcable, muchos se quedan con las tres cosas que conocen sin explorar en lo que hay más allá.

¿No crees que esta tendencia de quedarse en la comodidad de lo inmediato no puede llegar a sentar un precedente, y todo lo que hay más allá, esa música más difícil de acceder y reconocer, puede llegar a perderse?
Una cosa que sí ha cambiado, y lo digo sin mitificar para nada el pasado, es la relación personal que existe con la música. La música ocupa un lugar muy importante en la configuración de la identidad; pero la variedad enorme de estímulos y posibilidades (tanto audiovisuales como de registro de información, redes sociales, posibilidad de actuar con tu propio móvil), ha hecho que la música ocupe un lugar muy secundario en esa construcción de la identidad.
Para profundizar, y más en el momento actual, se requiere un cierto esfuerzo y un apasionamiento, que es algo que tenemos los músicos o la gente que escribe sobre música. Pero esa pasión hoy día está dividida en mil cosas: el equipo de fútbol, el videojuego online, la aplicación de apuestas… mil cosas. Se ha complejizado todo. Pero, al mismo tiempo, posiblemente lo que ocurra es que haya menos gente, pero más especializada: como los amantes de los caballos o de la filatelia. El mercado ha sofisticado sus herramientas de manipulación tremendamente, en gran parte gracias a internet y la digitalización, y su implicación en la vida cotidiana de la gente.

“El cambio de los tiempos y lo que propició internet asusta más a los chavales, ahora son conscientes de que hay un océano inabarcable”

Tú poco a poco te has ido escapando cada vez más del “formato canción”, y de esa inmediatez. Incluso en la producción de tus canciones se ve que priorizas los matices, eso que hay alrededor de la canción. ¿Qué es lo que buscas actualmente en el proyecto?
En el fondo, hay una vuelta al pasado. Lo primero que hice en música fue un grupo adolescente, previo con algunos de los miembros que luego formamos Migala, con influencias entre psicodélicas y soul, una mescolanza de rock&soul de finales de los 60 y principios de los 70…

Lo que ahora se diría que es un “grupo de puretas”.
(Ríe) Sí, total. Pero era un momento en que se llevaba un poco eso, y había grupos tipo The Black Crowes: una cosa medio heavy, medio hippie. Ese grupo lo dejé y estuve un tiempo sin hacer nada de música; pero, cuando volví, lo hice de una manera muy informal, con maquetas en cuatro pistas, muy experimental todo. Yo la primera vez que me subí a un escenario fue, entre canción y canción de ese grupo (que yo ya había dejado, pero siguieron tocando un tiempo) para poner mis “locuras”. Y ahora siento que estoy volviendo a esa mecánica creativa, experimentando mucho en la producción.
Quizá lo más parecido que hay en mi obra conocida a esto que estoy haciendo se ve en el primer disco de Migala, Diciembre 3 a.m. (Acuarela, 1997), donde había lo que nosotros llamábamos “cuñas”, no eran canciones propiamente dichas, eran como interludios raros. Quería recuperar eso. Porque tuve una época al principio que ya se me estaba empezando a agotar…

Los primeros años de El Hijo se te identificaba mucho con el perfil de cantautor indie, o de folk experimental: discos como Las otras vidas (Acuarela, 2007), Madrileña (Acuarela, 2010)… ¿Querías escapar de ese corsé?
No era tanto querer escapar, sino poner de manifiesto que me atraen otras cosas. No es tanto una reacción frente a algo, sino que empecé a tener la percepción de que la canción es el nuevo virtuosismo. Y a mí toda esa cosa tan macha del virtuoso que hace solos imposibles después de muchas horas de práctica, no me gusta. Y esa especie de “orfebrería de la canción” me empezó a molestar.
Además, estuve muy obsesionado con las letras, tratando de, después de muchos años de escribir en inglés, tratando de crear un idioma propio. Ahora quería volver a disfrutar como disfrutaba con el sonido y experimentar; y me encontré con músicas muy relacionadas con la abstracción y la electrónica, que es algo que llevo unos años escuchando mucho.
Y luego, tanto en Fragmento I (Discos de Kirlian, 2015) como de Dentro (Intromúsica Records, 2018) hay un subtexto que arroja una mirada sobre cómo veo yo el mundo actual. Yo me notaba muy retro, y quería proponer una mirada al presente. Sigo disfrutando con Vainica Doble, Nick Drake o Caetano Veloso, pero quería abrir el campo a otros sitios.

“Elegir no siempre es lo más libre: eres más responsable, piensas todo mucho más, eres menos impulsivo”

Al desacotar el camino y abrirlo más que nunca, posiblemente, ¿sientes que es el momento de tu obra en el que te estás mostrando más libre y menos limitado a un corsé de “artista de género”?
Siempre me he sentido libre, lo que pasa que creo que me sentiría mal si me sintiera encadenado a una forma de hacer música por el hecho de que he conseguido una cierta cantidad de seguimiento. Lo más fácil después de Migala hubiera sido mantener esa línea y aprovechar el rebufo que había en aquel momento; pero, para mí, lo interesante era buscar otro reto.
No sé si me siento más libre o incluso al contrario: quizá lo más libre es lo más inconsciente, y ahora soy más hiperconsciente. La primera etapa de El Hijo (que, además, tiene ese juego de palabras entre “el-hijo” y “elijo”) hasta Los movimientos (PIAS, 2012) era una etapa de tomar consciencia de qué quiero ser como músico y salir de cierta inercia que traía de Migala y Emak Bakia. Elegir no siempre es lo más libre: eres más responsable, piensas todo mucho más, eres menos impulsivo. En esta última etapa de El Hijo decidí, al menos de momento, no cambiarle el nombre al proyecto, pero hay una nueva toma de consciencia.

¿Qué es lo que te están dando las máquinas y los ordenadores a la hora de crear que no te daban los instrumentos acústicos u orgánicos? Estás más cerca de lo que se considera “PC music” que del “compositor pop”.
Por un lado, me dio la noción de que el PC, como dijo Beck un día, “es el instrumento folk de nuestro tiempo”. Lo más folk que hay ahora mismo es un móvil, una tablet o un ordenador. Y luego, más que “darme” me ha quitado maneras y referencias de escucha en la que podía caer en la versión de mí mismo: ya no compongo anteponiendo melodía ni estructuras convencionales.
Las canciones de mis primeros discos como El Hijo tenían una sofisticación, esa búsqueda de la “orfebrería de la canción” de la que hablaba antes, muy instigado por Refree en aquel entonces, de trabaja en ello, busca acordes diferentes y había mucho manierismo por alcanzar cierta complejidad. Ahora, me libero un poco de todo eso. No renuncio a volver: no sería raro que dentro de no mucho haga un disco de guitarra y voz; pero no quería verme reducido a eso. Quería probar una nueva cosa, como cuando me compré el cuatro-pistas de segunda mano y me voló la cabeza y me abrió un nuevo campo de entendimiento.

¿Ha tenido algo que ver en estos últimos discos tu trabajo como compositor de música para cine? Has trabajado con Olivier Arson de TERRITOIRE en las BSO de la serie La Zona y la película Que Dios nos perdone, además de haber hecho otros trabajos para la cadena Calle 13 antes. ¿Buscabas con Dentro componer una especie de banda sonora de película imaginaria?
No en especial. Lo audiovisual en mi universo está presente desde, al menos, los primeros discos de Migala. Ya luego en Emak Bakia fue a más. Incluso en los primeros discos de El Hijo las letras tenían cierta misión de dibujar algo: son letras, aunque intimistas, muy visuales, y por eso quizás la gente no acababa de comprenderlas del todo, porque eran muy poéticas y metafóricas.
Ahora, me doy cuenta de que con las palabras en la letra no soy capaz de expresar aquello que quiero exteriorizar: me interesa fijarme más en la gente que me rodea y en las cosas que no parten de mí. Y las palabras son sustituidas por la producción: con un ruido puedo decir más que con una estrofa.

A la hora de ponerle imágenes de manera explícita, ¿cómo fue el trabajo con BRBR Films?A ellos los conocí por Olivier. Ellos estaban trabajando con TERRITOIRE cuando yo estaba con él trabajando en La Zona. Y surgió la idea de hacer unos vídeos para estas canciones, y Olivier me mostró unas pruebas que estaban haciendo para el videoclip de la canción Esclvvv; y contacté con ellos y conectamos muy rápido, le conté un poco el trasfondo que quería comunicar con este proyecto y entraron de una manera muy cómplice, acabamos haciendo tres vídeos que son como capítulos con técnicas diferentes e ideas en común.
A mí me contagia mucho participar de todo lo que tiene que ver con el proyecto, y ha habido un diálogo muy fructífero a la hora de buscar referencias, hablando de la vida, política… Al final, los vídeos han cambiado mucho: eran bastante más extremos y radicales de lo que acabaron siendo.

No eres explícito en cuanto a la temática, pero sí se intuye un poco el discurso crítico que hay detrás. ¿Hasta qué punto hay un contenido político, aunque esté encriptado?
Sí que te puedo contestar que hay una intención de posicionamiento crítico no complaciente hacia lo que yo vivo, experimento y observo a través de mis propias vivencias y de otra gente (que conozco mucho o que observo en redes sociales o que leo…). Hay muchas referencias al anonimato, al “odiador anónimo”. Yo creo que será político en el momento en que la crítica mueve a la acción: no tiene por qué ser quemar una oficina bancaria, sino pensar o prestar atención a ciertos aspectos.
A mí me interesa más la política que te despierta el surrealismo; o el Julio Cortázar con una intención menos política; o el discurso de la izquierda decadente me interesa más que el militante: a mí me despiertan más cosas. Pero, al final, estamos hablando de cómo trabajamos con lo psicológico y lo emocional en un mundo tremendamente enfermo, enfermizo y enfermante. Pero si alguien que seguía a Migala o El Hijo en una vertiente más americana, ahora le lleva a prestar atención al minimal techno, hay una lectura política detrás. Pero no creo que estas canciones sean más críticas o políticas que las anteriores.

Lo que sí hay es una atmósfera muy tétrica y tenebrosa. La idea de “pesadilla” y de “sonambulismo” está muy presente en el disco y las sensaciones que provocan. ¿Buscabas que se vea la oscuridad de las cosas?
Sí. Tanto Fragmento I como Dentro están comunicados en parte entre ellos por eso: canciones como Segismundo o en la canción Sueña hay un sampleo de la obra La vida es sueño de Calderón de la Barca… Hay muchas cosas que tienen que ver con esto en las canciones. Pero el sueño es una obsesión recurrente en mi repertorio. Hay algo muy patológico mío y es que yo no sueño; o si sueño, no recuerdo mis sueños. Probablemente tenga que psicoanalizarme, porque es probable que pase algo en mis sueños que no quiero recordar. Pero siempre hay un halo de duermevela, una atmósfera muy hipnagógica en mis canciones.
Madrileña, por ejemplo, lo escribí en gran parte por la noche, en momentos en los que me despertaba a beber agua o a hacer pis. En Dentro quizá lo que más orbite en todo el disco es la idea de confusión entre sueño y realidad. Y también hay una insinuación de que ha podido haber algo criminal, pero no se sabe si es algo real o fantaseado; y eso está presente en otras canciones de mi repertorio, como Por si Charlie Pace no pudo acabarla, que es como una pesadilla con el humo de Lost machacando a la gente en un centro comercial de la periferia de Madrid. Antes escribía de una manera muy automática, pero a partir de Los movimientos ya soy mucho más consciente del oficio.

“El sueño es una obsesión recurrente en mi repertorio. Hay algo muy patológico mío y es que yo no sueño; o si sueño, no recuerdo mis sueños”

¿Tienes planes de llevar este disco al directo? ¿Se puede?
Es una pregunta muy buena y muy hija de puta…

Es que, ¿hasta qué punto se puede tocar?
Claro, ese es el tema. Entraríamos en un debate sobre qué es tocar hoy en día. Yo hace diez años me habría escandalizado con toda esta historia de que el grueso de lo que suena en los directos no está siendo tocado, pero ahora digo que sí estoy dispuesto y me apetece llevarlo de esa manera. Yo sigo creyendo en el punto performance del directo; pero ya no creo en la ejecución de las canciones: ahora mismo no me interesa subirme a un escenario para tocar canciones, eso quizá lo hago con amigos.

Quieres darle un empaque conceptual y más escénico que musical.
Sí, me gustaría provocar otro tipo de cosas. Me siento más cercano, dentro de lo que cabe, de algo como lo de Arca que no de un músico que sube con la guitarra y arpegia y canta e intenta hacerlo bien. Ahora mismo no estoy interesado en ese formato, y para llevar esto al directo no es la forma. No renuncio a nada: quizá en un futuro llevo una banda nutrida para esto, pero ahora me gustaría partir del ordenador y hacer una remanipulación del sonido en directo, y me van a acompañar algunas personas no sé si siempre para tocar (aunque sí que, como mínimo, me acompañará David T. Ginzo, que me lleva acompañando tiempo).
También me gustó mucho el concierto de Holly Herndon, en donde tenía a una persona en el escenario comunicándose con el público a través de la pantalla. Eso me parece que está más cerca de lo que a mí me interesa a hacer en directo. Como espectador sigo disfrutando mucho de ver un concierto de jazz o de ver a un grupo como Somos la herencia. Pero como artista me gustaría que hubiera algo visual activo, y donde la música también lance imágenes. En principio, a partir de febrero empezamos a presentarlo. Me gustaría mucho trabajar con bailarines o alguien que trabaje con el cuerpo a otro nivel, y que la música que hago se convierta en un impacto en el público de otra clase. Al haber sido crítico de arte mis proyectos siempre han tenido cierto empaque “arty”, por lo que he sido muy criticado.

“Creo que ahora mismo vivo en el bloqueo que sucede cuando ‘sales de la foto’: el público que te seguía quizá se ha ido perdiendo un poco, y al final no terminas de estar en el otro lado”

Estás más cerca del Sónar que del Sonorama.
(Ríe) Del “sonarama” o del “sonar raro”, sí. Y me gustaría estar más cerca de eso, también.

¿Qué te gustaría que pase con este disco: cómo te gustaría que crezca?
Me conformaría con que se escuchara, y que gente que pudiera estar interesada en esto llegara a él. Creo que ahora mismo vivo en el bloqueo que sucede cuando “sales de la foto”: el público que te seguía quizá se ha ido perdiendo un poco o te comprende y no le gusta lo que haces, al final no terminas de estar en el otro lado. Y, además, siempre tienes ciertas etiquetas: “el ex Migala” o “el que tocaba ese rollo folky”. Ahora mismo me está ocurriendo, y se ve en las plataformas digitales: es difícil que este disco contacte con el resto del repertorio. Pero me gustaría poder llevarlo al directo en el mayor número de emplazamientos, y sobre todo cuanto más afines sea, mejor.
Y luego, he estado trabajando este verano en un LP que continúa la línea de Dentro y de Fragmento I, y me gustaría no tardar tanto en publicarlo. Con Dentro hubo una demora que no viene al caso, pero me gustaría funcionar con mayor dinámica: tengo bastante música que está empezada o hecha y quiero que la gente la escuche.