El músico londinense Benjamin Clementine vuelve con un disco marciano, “I Tell A Fly” (Behind/EMI, 17). Pop y vanguardia, todo de muy larga digestión. Un álbum donde el joven se siente extraterrestre –dice que todos lo somos– por cuestiones desgraciadamente cotidianas, como las fronteras. Y para los interesados, estará presentando el álbum en Razzmatazz (Barcelona) el miércoles 21 de marzo. El concierto pertenece al festival Guitar BCN.

Benjamin Clementine (Londres, 1988) recibe esta llamada desde algún hotel bien de París. Su gira está a punto de dar comienzo, y con ella las habitaciones sin personalidad y los viajes eternos. “Algo que viven todos los músicos”, dirán. Tal vez. Pero no todos se enervan con ello. “Es mucho trabajo todo esto, trabajo duro… Pero es excitante”, se limita a destacar. Clementine parece, por su tono, ese tipo de gente que frunce el ceño y engurruña la nariz ante los absurdos del trabajo: esperas, choques de mano, desplazamientos. Estirando del hilo, podríamos pensar que Clementine ha olvidado sus años en las calles de París, y lo lejos que andaba el Olimpo cuando su Wembley era un sencillo vagón de metro. Nada de eso, el joven ha construído su disco más social, más nosotros, pese al poco ahínco que pone en explicarlo ante la prensa. Para eso ya está… ¿la música?

¿Mi infancia? Es una larga historia, que no te puedo contar. Simplemente diré que mi childhood fue una adulthood“.

“¿Crisis de qué?”. Vale. Definitivamente mi inglés no facilita las cosas. “¿Crisis? Crisis… ¿De qué?”. Hasta tres veces más. Crisis del mediterráneo. ¿Por qué este disco habla de algo que, en principio, le queda tan lejos, a él y a su vida de artista? “Cómo funciona el mundo es algo que me interpela, a mí y a la gente que está a mi alrededor”, remata Clementine, más relajado al entender la pregunta. “No es hacer política, sino que te afecte lo de tu alrededor. Nos empujan a tener miedo, y como artista es lo último que tienes que tener. La música no es vanidad sino de hablar de los tiempos que vives”.

“I Tell I Fly” habla de muchas cosas, claro. Pero trasciende en una: la injusticia. Todo nace meses atrás, cuando antes de viajar a Estados Unidos, Clementine prestó atención a su pasaporte: “An alien of extraordinary abilities”, dictaba –accidentalmente– el documento. A lo que el músico llegó a una conclusión: todos somos extraterrestres. Grosso modo somos seres extraños que se comportan como seres extraños ante muchas cosas: las crisis migratorias o las fronteras. E incluso somos capaces de joder la etapa más bonita de la vida: la infancia.

Precisamente Clementine cuenta que llegó a la sensibilidad por el otro a través de la infancia. Así lo explica “Phantome Of Aleppoville”, que habla de Alepo –capital de Siria– como podría hacerlo de cualquier sitio donde no se respete el derecho de los niños a ser niños. “¿Mi infancia? Es una larga historia, que no te puedo contar. Simplemente diré que mi childhood fue una adulthood. Tuve que luchar y cuidar de mí mismo porque nadie iba a hacerlo por mí… Hay que luchar por los niños, por darles la oportunidad de elegir”, zanja el músico.

De pronto, de la nada, como si se hubiese tomado una bañera de cafeína, Clementine despierta: tras veinte minutos de conversación es él quien pregunta. “Por cierto, ¿me llamas desde Catalunya? Estoy absolutamente con vosotros. No sé qué votaste… ¿Qué votaste? Si votaste para marcharos, pues ya está, está bien. Lo de Catalunya es lo mismo que lo de los niños. La situación es la siguiente: gente que no quiere dar derechos a otra gente. Eso es básicamente de lo que va todo”.

Benjamin Clementine es el tipo de artista que se moja. De eso no hay duda. Es algo que también impregna lo musical. Así se escucha también en “I Tell I Fly”, cuya grabación fue un rompecabezas que dio muchos tumbos. “Me llevó cerca de año y medio. Después de escribir algunas canciones y componer en New York finalmente fui a Inglaterra, allí grabé dos semanas en un estudio, pero no era lo que quería. Me llevé las canciones de nuevo a casa, volví a trabajar en ellas y volví a otro estudio”. En el mítico Studio 13 de Londres, y durante casi dos meses, se hizo la magia: el pop dejó de ser pop.

El músico británico ha girado de nuevo la manivela, y ha complicado la fórmula con más vanguardia: spoken word, pianos psicodélicos y arreglos cortesianos. Un trago denso, pero, una vez digerido, provechoso. “Estoy pidiendo a mi público algo de trabajo”. Ríe. Por primera vez en la charla. “Les va a costar entender algo más de qué va, pero en este segundo álbum quería arrojar mi música al espacio, y que cada uno la ubique donde quiera. Que cada uno haga su trabajo”.

La voz perezosa de Clementine denota que estoy traspasando el umbral de la comodidad. La idea vuelve a sobrevolar: él eligió la música, pero no todo lo que la acompaña. Y eso le ha llevado a una carrera brillante, y a no pocas polémicas. La última, en relación a los Mercury Prize, galardón que premia a los mejores desconocidos del año en Inglaterra y que él mismo recibió por “At Least For Now” (2014). Clementine afeó la entrega de una de las estatuíllas a Ed Sheeran. “Los medios siempre hacen dramas de todo. Hace dos años conocí a Sheeran y no hubo problema entre nosotros. Los Mercury Prize son unos premios que se dan a artistas que deberían ser valientes, son los equivalentes al Man Book Prize”, apunta Clementine, que antes de despedirse apostilla. “Hay nominaciones que no tienen sentido, que son como dar fast food en un restaurante de élite”.