La música de Aldhara parece moverse constantemente entre lugares distintos. Entre la raíz y la mutación, entre lo orgánico y lo digital, entre la vulnerabilidad emocional y una búsqueda estética muy definida. Un espacio donde el pop contemporáneo, el flamenco, la electrónica o el imaginario audiovisual conviven sin necesidad de diluirse unos en otros.
Incluso su propio nombre contiene parte de esa declaración de intenciones. Aldhara era el nombre que sus padres pensaron para ella y que, años después, terminaría convirtiéndose en proyecto artístico. La “h” aparece después como un gesto simbólico ligado a la herencia árabe presente en el folklore y el flamenco. “Me interesaba incorporar ese matiz porque creo que habla también de lo que soy y de lo que hago, empaparme de distintas influencias y lenguajes para construir algo que no sea unidimensional, sino más rico y con más capas”. Hay algo muy coherente entre ese origen y la forma en la que entiende la música. Aunque viene de una formación clásica ligada al conservatorio y al violonchelo, su discurso creativo parece construido desde la curiosidad y el movimiento constante. “No hay nada que me interese más que la versatilidad. Me fascina cuando algo que, en teoría, pertenece a un ámbito muy concreto es capaz de expandirse, habitar otros espacios y conectar con personas muy distintas entre sí”. Más que una artista obsesionada con la pureza estilística, Aldhara parece interesada en la posibilidad de tender puentes entre mundos distintos. “Cuanto más sabes, más libertad tienes”.
“No hay nada que me interese más que la versatilidad. Me fascina cuando algo que, en teoría, pertenece a un ámbito muy concreto es capaz de expandirse"
Belladonna, su primer EP, funciona precisamente como la cristalización de todas esas conexiones. Un trabajo donde conviven canciones expansivas y luminosas con otras mucho más vulnerables y terrenales. “Edén”, por ejemplo, aparece como una especie de carta de presentación construida desde un lugar mucho más abierto y casi programático, mientras que “Adictos” se mueve en un espacio íntimo y emocionalmente mucho más frágil. “Tiene que ver con cómo se desarrolla una relación sentimental y con ese momento en el que empiezas a darte cuenta de hasta qué punto otra persona puede alterar tu manera de sentir o incluso de verte a ti misma”. Precisamente “Adictos” simboliza una de las conexiones más interesantes del proyecto. Un cante de ida y vuelta contemporáneo donde el corrido mexicano y el flamenco terminan encontrándose de forma natural. Una idea que surge junto al productor mexicano Vatocholo y que, según cuenta, apareció casi de manera orgánica desde la primera sesión de estudio. En ese cruce de referencias también aparece una de las claves del sonido de Aldhara, utilizar la electrónica y los elementos más inorgánicos como un punto de unión entre sensibilidades aparentemente lejanas. “Quiero un discurso maduro pero fresco y ahí es donde entran también los elementos más electrónicos o inorgánicos”.
Y luego está la imagen. Porque en Belladonna lo audiovisual nunca parece un complemento añadido después, sino una parte esencial de la propia canción. Todo nace desde una misma sensación emocional que termina convirtiéndose en melodía, escena y narrativa visual. “La música tiene un poder sensorial enorme por sí sola, pero siento que puede expandirse todavía más cuando dialoga con lo audiovisual”. Quizá por eso su música termina encontrando acomodo natural en campañas, cortometrajes o series, como si las canciones ya nacieran acompañadas de imágenes.
También hay en Belladonna un discurso muy generacional alrededor de la ansiedad, el éxito y la necesidad constante de aparentar. Especialmente en “Los que ganan”, una canción que cuestiona esa obsesión contemporánea por llegar rápido a todas partes. “Para mí, el éxito no tiene tanto que ver con la fama como con aprender a sostener una vida con todos sus contrastes”, explica. Hablamos esa careta que aparece asociada a ese imaginario funciona precisamente como símbolo de esa presión constante por proyectar versiones perfectas de nosotros mismos. Incluso en piezas mínimas como “Zalamera”, apenas un interludio de un minuto, aparece esa voluntad de condensar emociones sin necesidad de sobreexplicar nada. “Muchas veces, el minimalismo gana”, resume. Una idea que termina atravesando todo el EP, la importancia del detalle, de lo pequeño y de las emociones que no necesitan convertirse en algo grandilocuente para dejar huella.
Y quizá ahí esté precisamente una de las claves de Aldhara. En entender la música como un territorio abierto donde las referencias no se anulan entre sí, sino que aprenden a convivir. Un proyecto todavía en expansión, sí, pero que ya deja ver una identidad bastante poco común dentro del nuevo pop nacional.
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