Abrigo, el proyecto de electrónica tras el que opera Jairo Daponte, avanza en su exploración de la electrónica con “The Things We Do For Love” (Auto, 26), un disco con el que el vigués se aleja de cierta introspección recogida en su debut y consolida nuevos aprendizajes. “Al lanzar refugio había ya temas de este trabajo, pero, al intentar estructurar un lanzamiento, no me pareció que fuese coherente publicarlos bajo un mismo trabajo. Por eso tomé la decisión de que el segundo fuera una aproximación a un sonido más de club y una síntesis más profunda”. Aunque si miramos de reojo se aprecien cambios formales sustanciales, su nueva propuesta no deja de lado ese camino recorrido que marca su paso. La propuesta resalta una transición evidente en cuanto a los ritmos empleados desde su intimismo anterior. “En este disco se nota una mejor integración de los sonidos gracias a este proceso llevado a cabo antes”.
En esa investigación técnica radica, precisamente, una de las bases que permiten a este lanzamiento aprovechar la capacidad de entender las posibilidades que ofrece el género. “He trabajado mucho en la mezcla y en dejar respirar a cada capa sonora para que cada una tenga su propio espacio de desarrollo y el resultado final sea equilibrado. Estas cuestiones de la física del sonido son cosas que voy puliendo desde una tosquedad inicial absoluta”. En esa praxis es donde parece evidente que la arquitectura sonora empleada pone de relieve la eficacia de cierta sencillez. “Tener un elemento como es un golpe de percusión afinado a distintas notas con el que crear melodías, me ha funcionado como una especie de esqueleto sobre el cual añadir capas”, un elemento aparentemente simple que impacta en el resultado, como si de una evolución lógica en la curva de aprendizaje exenta de riesgo se tratase.
"En este disco se nota una mejor integración de los sonidos"
“Conforme me he ido introduciendo en mis propios gustos en una electrónica más pura, mi forma de componer ha ido abandonando las texturas clásicas para arriesgar un poco más. Esto hace que el sonido mire más hacia afuera”. Ese giro extrovertido en lo técnico mantiene una estrecha relación con una idea sentimental que gira en torno al disco y que se aborda desde una perspectiva distinta, algo complementaria si miramos atrás. “De alguna forma, es un diario sobre cómo he lidiado con experiencias que tienen al amor como eje central. Hay una dualidad conceptual y sonora que está presente y que es uno de los aspectos más interesantes”. En lo puramente estético, este disco presenta una mirada a géneros del pasado, donde la electrónica de club fue más conservadora en su evolución, pero que aporta un toque de optimismo más pronunciado. “No he aplicado una mirada consciente de su contexto histórico, pero quizá tenga que ver con mis antecedentes musicales. Al venir de un ambiente sonoro más clásico, he podido acabar en una mezcla que tenga influencias del pasado, pero si percibes el disco como festivo, quizá tenga que ver con que composición fue, en cierto, modo catártica”.

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