La isla máxima
ConciertosMallorca Live Festival

La isla máxima

7 / 10
Fran González — 16-06-2026
Empresa — Mallorca Live Festival
Fecha — 13 junio, 2026
Sala — Aquapark de Calvià
Fotografía — Cedidas por la organización

Mallorca Live Occident 2026 afrontaba su celebración poniendo por delante la sencilla premisa de que menos es más. La reducción de la programación (de tres jornadas a dos días), rematadas con una exclusiva closure party, suscribía la iniciativa de uno de los mayores eventos de las Baleares por afinar el formato sin renunciar a su escala. El festival reforzaba así el valor de cada actuación y de cada franja, logrando que una vez más sintiéramos la isla temporalmente nuestra.

Después de años en los que el festival ha apostado por nombres internacionales de enorme calado y referencia (Pet Shop Boys, Massive Attack, Muse, Christina Aguilera, Black Eyed Peas, Justice, Iggy Pop o Blondie), en 2026 (y con el permiso de Cypress Hill o The Prodigy) decidieron entregarle el bastón de mando principal a algunos de los nombres más poderosos del pop generalista patrio (a saber, Dani Fernández, Belén Aguilera, Lia Kali y Aitana, dentro de un acotadísimo desvío por festivales en su presente gira). Un tiro a tablero de gran reclamo e impacto inmediato que nos permitió, eso sí, añadir a nuestra hoja de ruta ciertas alternativas menos comerciales y alguna que otra sorpresa tapada.

Porque lejos de reducir la experiencia a un escaparate de grandes titulares, el festival continuó conservando un gran sentido de la curación de escenas, abriendo la mano a un enorme número de propuestas y sonidos que nos permitieron pasar de la euforia colectiva en el escenario La Plaza (dedicado a la electrónica más relevante del momento) al recogimiento íntimo y contemplativo más vanguardista. De hecho, uno de los principales reclamos en esta edición fue el escenario Sa Barca, un novedoso espacio inmersivo concebido para poner en valor la escucha atenta y el talento de proximidad (Mar Grimalt, Paz Aguado, Júlia BeatLoop…) con una suerte de oasis dentro del recinto.

Y es que en la columna del debe y el haber el pluralismo artístico del Mallorca Live, sumado a esa voluntad real suya por ofrecer itinerarios distintos dentro de un mismo enclave, sigue siendo (y esperemos que por mucho tiempo) el valor diferencial y definitivo de un festival que, con esta, sopla ya las velas de su décima edición.

Viernes, 9 de junio

La tarde del viernes 9, primer día oficial del festival, caía al ritmo de dos nombres nacionales que se encuentran en estados de eclosión y florecimiento diametralmente distintos: por un lado, las ilicitanas La 126 culminan su año de fogueo con el directo, dejando claro entre descaro, distorsión y desacralización que el punk-rock joven y femenino vive su mejor momento en años (y en efecto, ya va tocando disco); La Plazuela, por su parte, llegan a la isla con dos elepés ya bajo el brazo y la capacidad más que probada de hacer bandera de una etiqueta arrebatadoramente única. Listos como zorros, El Indio y El Nitro tienen los mimbres ideales para venderle hielo a un esquimal y calle a quien no la tiene, y por mucho que el flamenco pueda serle más o menos ajeno o esquivo al asistente medio, nos deleitaron con un crisol soberano donde no faltaron el funk (viva ese bajista), la psicodelia y el trallón techno.

A medida que caía la noche las guitarras nos llamaban como cantos de sirena desde el coqueto y recóndito escenario La Isla, donde se descerrajaban riffs setenteros a caballo entre los grandes nombres de la British Invasion y los primeros Kings of Leon. Eran unos desconocidos The Paisley Daze, una suerte de respuesta británico-punjabí a los Lemon Twigs cuya fraternidad y buen gusto nos sirvió de refugio en el tramo más desamparado de la jornada. Una de esas agradables sorpresas de estribillos soleados y espíritu anacrónico que nos reconcilió con la idea de que, en caso de emergencia, la letra pequeña siempre es la veta idónea de la que tirar.

Los hermanos Daze calentaban así los ánimos para nuestro esperado reencuentro con The Libertines, plato fuerte del día luego de haber firmado una tregua en 2024 y regresar tras casi una década de silencio con el más que solvente “All Quiet on the Eastern Esplanade” (24). Doherty llamaba a Barat de forma juguetona desde el escenario (Carlito), se amorraban juntos al micrófono como antaño para los grandes himnos y, momentáneamente, hasta parecía haber ciertos chispazos de conexión recuperada entre ambos. Una paz discreta que, por lo pronto, nos entregó una de las notas de oficio y fuste más disfrutables del festival, combinando la urgencia otrora juvenil y displicente de clásicos como “What Katie Did” o “Can’t Stop Me Now” con la sobriedad y cuerpo de nuevas perlas como “Merry Old England” (con dedicación incluida a la madre patria) o la coreable y sobrevenida “Run Run Run”. El cuerpo, por impulso y devoción, nos empujó a ir a su posterior encuentro entre bambalinas y brindar con Pete, abusando de su consabida cercanía y de los efectos del viaje nostálgico que acababa de darnos.

The Libertines - Foto de Xavi Torrent

Sábado, 10 de junio

La segunda jornada, por su parte, estuvo marcada por esta ya asentada tendencia en los festivales actuales a la polarización etaria más barroca, donde se producen situaciones tan marcianas como ver a Cypress Hill haciendo gala de sus casi cuatro décadas de beligerante legado frente a un público prepúber que estaba a otra cosa. B-Real lanzaba sus demoledoras barras sobre marginalidad urbana y resistencia callejera mientras la chavalada aitaner cogía sitio y convertía las inmediaciones del escenario Estrella Damm en un cuarto azul anticipado.

Sin embargo, horas antes del desembarco oficial de los fieles devotos de la ex–triunfita barcelonesa ya se notaba en el ambiente que la juventud cortaría el bacalao ese día. En su debut mallorquín, Depresión Sonora congregó al ritmo de su tenebrismo bailable a toda una nueva generación de marginados existenciales, absolutamente liberados y dispuestos a gozar de la lírica siniestra, afilada y breve de Marcos Crespo. Una belleza torcidamente única que ya ha calado a ambos lados del Atlántico y de la que tenemos que sentirnos (más) afortunados de poder considerar nuestra.

Después de comprobar que solo el cielo es el límite del mestizaje para Lia Kali y que su imposible conglomerado de soul, reggae, rumba, jazz y rap era la prescripción perfecta de buen rollo para rodar la tarde, le llegó el turno a ese otro redomado opositor de la etiqueta y el dogma que es Rusowsky. Después de colarse en todas las listas habidas y por haber de lo mejor del pasado año con "DAISY" (25) -¿lo más parecido a “BRAT” que se ha hecho posiblemente en nuestro país?- tocaba descubrir in situ los motivos por los que el joven Ruslán Mediavilla es considerado ya un fenómeno generacional. Desde luego, es la superestrella improbable por excelencia, un caballo de Troya destinado a romper la industria desde dentro con esa estética entregada al desvarío post-digital (gatitos, orangutanes, IA, streamers que vapean, cámaras dentro de microondas), capaz de torcerle la ceja a más de un desubicado (más convencidos por la viralidad de sus temas que por la rareza del envoltorio). Definitivamente, urge que alguien con más recursos y talento que un servidor empiece a trabajar pronto en un documental sobre cómo Rusia IDK ha cambiado las reglas del juego en el pop nacional, ahí lo dejo.

Eso sí, pese a salir completamente obnubilados de semejante sobredosis de surrealismo doméstico, cultura meme y sensibilidad plástica, nuestro broche de oro terminaría viniendo a manos de unos viejos (e infalibles) conocidos. León Benavente es todo lo que está bien en nuestra música. Una banda con tantos principios y conciencia como hits suficientes para levantar una hora y cuarto de show sin rellenos ni lastres. Interesaba, especialmente, comprobar en directo cómo se las habían maravillado el señor Abraham Boba y los suyos para hermanar el hedonismo reflexivo y electrónico de su último “Nueva sinfonía sobre el caos” (24) con el esqueleto más clásico de sus primeros años y el resultado fue un soberano tour de force, físico e intenso, que tan solo podía concluir con su líder sepultado por la turba mientras los versos de “Ayer salí” caían como chuzos de punta (“Rozábamos el éxtasis a las tres de la mañana y había hecho tantos amigos…”). Una verdad sencilla capaz de ordenar la noche y recordarnos por qué seguir viniendo a Calvià cada verano es y seguirá siendo imperativo.

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