En base al contenido de “La banda sonora de nuestras vidas”, no parece demasiado osado afirmar que Jude Rogers pertenece a ese estrato de personas que disfrutan de una bendecida obsesión por la música, entendiendo el arte en cuestión como flotador de uso obligado en el transcurrir vital. Una obcecación que despertó el interés de la escritora y ha terminado por generar este título. La autora se muestra implacable en la búsqueda de aquellos motivadores y explicaciones que revelarían por qué la música es capaz de emocionar, moldear estados de ánimo o incluso trasladar al oyente a otro lugar o momento de su propia existencia.
Una labor empírica que, en cualquier caso y apuntando a la forma estructural y argumental del tomo en cuestión, la británica alternó con sus propias vivencias. De este modo, Rogers selecciona un total de doce variopintas canciones –de Abba a Prefab Sprout, pasando por Neneh Cherry, R.E.M., Kate Bush, Talk Talk, Martha Reeves & The Vandellas o kraftwerk– que asocia inescrutablemente a escenas concretas de su vida, ejerciendo como punto de partida. Una excusa desde la que exponer con clarividencia (y en cada uno de los capítulos) sensaciones y asociaciones, enmarcadas en un segmento de espacio-tiempo concreto.
Una primera persona que alterna con sus propias investigaciones en el asunto, tras sumergirse en numerosos estudios, documentales, pesquisas y libros, además de tomar contacto directo con una serie de profesionales en medicina, sociología y psicología que apoyan la causa con no pocas opiniones y declaraciones. Unas opiniones con las que Roger apuntala los que serían catalizadores de cada una de sus experiencias. El resultado es una suerte de mixtura entre lo científico y lo pasional, entre lo probado y lo sentido, entre lo romántico y lo racional, que marca, al mismo tiempo, el sentido y el argumentado talante de “La banda sonora de nuestras vidas”.
Es en torno a esa especie de dualidad en donde radica el principal atractivo de la referencia, motivadora de ese tipo de empatía derivada de sensaciones compartidas con la autora y, al mismo tiempo, capaz de esclarecer cuestiones surgidas en origen. “La banda sonora de nuestras vidas” es un libro valioso para cualquiera que considere la música como parte indivisible de su vida. Una oda de amor a la materia, que acoge con alegría aquellos sentimientos desbordados que suceden a una canción y pueden llegar a brotar en ciertas personas. Concretamente, en aquellas más afortunadas.

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