Bully
DiscosKanye West

Bully

8 / 10
Marcos Gendre — 22-04-2026
Empresa — YZY / Gamma
Género — Rap

Antes de arrancar con esta reseña, cade decir lo complicado que resulta enfrentarse a la evaluación de un acto artístico íntimamente ligado a la personalidad de un autor cuya megalomanía ha derivado en unos últimos ocho años de despropósito total. En este sentido, más allá de tomarnos en serio o no que las declaraciones de arrepentimiento que enunció hace dos meses por sus insultos a las comunidades judías y afroamericanas, debido a su trastorno bipolar, lo que sí es cierto es que “Bully” es fruto de una intención clara de Ye por retomar el camino perdido allá por 2016, a nivel creativo y personal, cuando publicó su “The Life Of Pablo”, el último clásico hasta la fecha del músico más influyente y brillante de lo que llevamos de siglo. Así, bajo esta dinámica redentora, su retorno a la excelencia es un golpe sobre la mesa de dimensiones faraónicas, capaz de reconstituir su pulso errático con la inspiración en estos últimos diez años, que, aunque irregulares, también nos dejaron pruebas suficientes de por qué cuando mentamos a Ye lo hacemos al respecto de un tipo con un fondo creativo ilimitado, tal como se demuestra en esta síntesis modélica de los diferentes Kanye West: del más clásico, en sus comienzos, al más suburbial de “Yeezus” (13).

Así, esta versión de un Ye anestesiado por los medicamentos también nos muestra a un ser que, entre el arrepentimiento y la cabezonería de quién se cree superior al resto de seres humanos triunfa, contra todo pronóstico, aunque sea desde una versión algo entumecida de su irresistible flow habitual. Sea como sea, el álbum arranca con “King”, pepinazo en toda regla que nos devuelve a una tensión equilibrada entre la alquimia de “Yeezus” y los ritmos apolíneos desarrollados en “The Life Of Pablo”, enfatizada por “This Is A Must”, que prosigue la racha con un minuto de hip-hop semi industrial rotundo y convincente.

El siguiente escalón es “Father”, uno de los puntales del álbum y primer single del mismo, estructurado en torno a su vibrante apropiación del “Heavenly Father, You’ve Been Good” de Johnnie Frierson. Por su parte, “All The Love” sube unas décimas la temperatura, mientras que “Punch Drunk” juega con una de las bases argumentales del modus operandi de Ye: dotar de flow contemporáneo al clasicismo soul, en este caso a través del “I Can Do All Things Through Christ” de The Clark Sisters. “Wathever Works”, incluso, vuela más alto por medio de un subrayado hip-hop de las bonanzas cosechadas en el corte anterior. Mientras que “Mama’s Favorite” se marca una depuración de la electrónica turbia de “Yeezus” mediante una interpretación vocal que, tal como redunda en el resto del trayecto, es la más mesurada de su carrera.

En “Sisters And “Brothers”, Ye nos envuelve en una nueva integración dopamínica entre tradición soul y una línea sintetizada que nos hace soñar con un cruce entre el Burial ambient y los Pet Shop Boys de mediados de los ochenta. Caviar sci-fi con el que llegamos a la mitad del viaje a través del corte que da nombre al álbum, con la presencia de CeeLo Green, quien aporta un voluptuoso contrapunto vocal a los impulsos vocales del firmante de “Bully”.

El segundo acto comienza con “Highs & Lows” otra delicia, con el Ye más emocional de estos últimos diez años, arquitecto de una virguería dream-soul que da paso a “I Can’t Wait”, que parte de la base del “You Can’t Hurry Love” de The Supremes para ahondar en sus habilidades para inyectar el pasado de contemporaneidad resuelta sin un gramo de IA ni nada que pueda empañar lo que podríamos entender a estas alturas bajo conceptos como atemporal.

“White Lines” prosigue la cotización al alza mediante la toma de un directo televisivo de 1972 de Stevie Wonder apropiándose del “(They Long To Be) Close To You” de Burt Bacharach y Hal David a golpe de proto-autotune, en una muestra que simboliza la premonición de un visionario básico para entender la integración electrónica en terreno soul, desarrollada por Ye como nadie. Y seguimos con “Circles”, que recupera la pulsión digital funk en un nuevo ejercicio de minimalismo que demuestra que sus indagaciones en la depuración instrumental trabajadas en “Ye” (18) no cayeron en saco roto. Dicha tendencia al menos es más alcanza el éxtasis en “Preacher Man”, en la que un bajo sinuoso de regusto jazz serpentea a través de la doble línea vocal en la que Ye retoma las enseñanzas del súper yo iniciadas por LL Cool J en los años ochenta, como casi todo bicho viviente del hip hop clásico.

“A Change Is Gonna Come” de Sam Cooke y “Don’t Have To Shop Around” de The Mad Lads son la base sobre la que se sustenta el encantador soul minimal que trufa cada gramo de “Beauty And The Beast”, con la que prosigue la obsesión de Ye por reivindicar la tradición en los años ochenta y noventa de reflotar la gran tradición de la música afroamericana de los años sesenta y setenta que ejemplificaron en su momento Public Enemy.

“Damn” nos coge de la mano hacia un tramo final imperfecto, pero repleto de soluciones que mantienen el sobresaliente general del álbum. No en vano, la hondura expresiva necesaria para armar este corte no llega al mínimo necesario, aunque quizá consiga empatizar más desde la vulnerabilidad que rezuma un Ye que, sin estar al cien por cien de sus capacidades, ha conseguido retomar el pulso de su insuperable trayectoria hasta “The Life Of Pablo”. Y eso que los ritmos latinos de “Last Breath” y su castellano macarrónico salvan el expediente de milagro antes de encauzar un cierre por todo lo alto por medio de “This One Here”, que suena a reverberación espiritual de los bajos sucios de “Yeezus”. Sensaciones ambivalentes para rubricar cuarenta y dos minutos de pura fibra.

 

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