Recuerdo la primera y única vez que presencié en directo a Aldous Harding. Fue en el Primavera Sound de 2017 y creo - la memoria empieza a fallarme con la edad - que me acerqué porque tan solo hacía un par de semanas que había editado “Party”, su segundo álbum, y este me había generado la suficiente curiosidad para dejarme caer por una de esas actuaciones que tienen lugar en lo que se presenta como el Hidden Stage. Escenario oculto que consiste en aprovechar unos de los oscuros recovecos del Fórum, y reconvertirlo para la ocasión en una pequeña sala de conciertos. La actuación la recuerdo corta, pero lo suficientemente intensa para dejar poso, y colocar a la neozelandesa en mi particular radar de artista con la suficiente personalidad y peculiaridad como para desmarcarse del resto del pelotón. Me consta que volvió a actuar en el mismo festival en 2019, pero esa vez se me pasó por alto. Imagino que por uno de esos dolorosos solapes que te obligan a elegir, aunque no quieras.
Pues bien, ha pasado casi una década desde aquel revelador momento y, lo de la peculiaridad de Aldous Harding, se ha ido agrandando como uno de sus principales valores. La neozelandesa es capaz de incitar a que los críticos y aficionados demos muchos nombres como referencias para situarla - ya saben, Liz Phair, Nico, PJ Harvey, Cate Le Bon, Jessica Pratt, Julia Holter, Cat Power, incluso Kate Bush - pero todos somos conscientes de que, en realidad, ninguno se ajusta del todo a la hora de describir de forma comparativa su arte. Una sensación que en este quinto trabajo no ha hecho mas que reafirmar.
“Train on the Island” es un álbum tan difícil de explicar cómo de entender. De hecho es un trabajo en el que los que no controlan el inglés, se encuentran en igualdad de condiciones que los angloparlantes. Y es que nadie va a descifrar ni papa de lo que suelta en sus versos. Es más importante la musicalidad que logra con ellos; la atmósfera que genera; el cómo se adaptan al extraño minimalismo de la instrumentación, que la búsqueda de un mensaje que resulta inescrutable. Así que relájate porque en este caso da igual lo que diga. Lo importante es como suena lo que dice y como varia el tono de su voz hasta el punto de poder llegar a pensar que en realidad intervienen diferentes vocalistas en el álbum. Nada más lejos de la realidad: es Aldous en modo juguetona despistando al personal con versos como “I’m not afraid, like you’re not gay / And you’re not old, like I’m on the spectrum” o “I’m saving myself by eating rocks and plants”. Tan raro como bello. Justo de eso va este “Train on the Island”. Y me imagino a la propia Aldous partiéndose la caja ante los innumerables intentos de darle sentido a sus barras. Una vez más, no va de eso.
“Train on the Island” es un disco para degustar en su tremenda peculiaridad. Un álbum producido de nuevo por un John Parish que parece haber encontrado una nueva creadora a la que ofrecerle el máximo rendimiento. Si las cuentas no me fallan, este es ya el tercer disco en el que trabajan juntos, y la complicidad se nota desde el minuto uno. Desde la inicial “I Ate the Most” cuya tenue instrumentación se coloca por detrás de la susurrada voz de la artista, recordando sin ambages a PJ Harvey. Sin embargo, la cosa en el disco irá mutando en cada uno de sus cortes, en parte por el uso de las diferentes tonalidades vocales de Aldous. Canciones diversas que se valen de la valía del guitarrista de pedal steel Joe Harvey-Whyte, la arpista Mali Llewelyn, el teclista Thomas Poli, el baterista Sebastian Rochford y el multi-instrumentista Huw Evans (H. Hawkline) para darle al envolvente sonoro de su voz, una delicadeza instrumental que siempre juega a favor. Solo hay que escuchar el cambio de registro vocal que realiza en “One Stop”, como abraza texturas folk más clásicas en temas como la más espectral “Worms”, la más trotona “Coats” o como nos descoloca en la ‘velvetiana’ “Venus in the Zinnia”, dueto con el también cantautor H. Hawkline. De hecho la propia Aldous, que ahora vive en Gales, se acuerda de John Cale en los versos de “One Stop” en los que parece sugerir un encuentro entre ambos, aunque lo relate de una forma, como no, extraña: “I met the real John Cale / He had no words, but it’s alright… I packed the stage while he ate rice”.
Se está siendo bastante unánime a la hora de afirmar que este “Train on the Island” es el mejor trabajo de Aldous Harding y, aunque estoy de acuerdo con dicha afirmación, creo que el álbum que la encumbre está todavía por llegar. Le falta ese disco en el que haya una mayor intencionalidad a la hora de seducir al oyente, y en el que despliegue sus armas de forma más expansiva; el que logre que su música vaya más allá de esa corte de acólitos que se regodean en la extraña hipnosis musical de su propuesta. Estoy seguro que lo puede hacer a la manera que por ejemplo lo lograron PJ Harvey con “Let England Shake” (11) o Laura Marling con "Semper Femina"(17). Otra cosa es que realmente lo desee y prefiera seguir instalada en esa liga de los raros.
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