Foreverland
Discos / The Divine Comedy

Foreverland

8 / 10
Raúl Julián — 19-07-2016
Empresa — Divine Comedy Records/[PIAS
Género — Pop

Neil Hannon ha ido madurando su personalidad artística al frente de The Divine Comedy, con el paso de los años y a golpe de disco. Dicha madurez debe entenderse como incansable proceso de búsqueda hacia el enésimo detalle, ése con el que adornar y rematar un pop estratosférico, siempre encantador y minucioso. Porque en realidad el talante inquieto, juguetón e incluso infantil del artista (afortunadamente) continúa tan inalterable como su talento para dar con la fórmula adecuada. El undécimo álbum de estudio del norirlandés alberga dosis equilibradas de todas aquellas cualidades que lo han convertido en uno de los seguros más fiables surgidos desde esa etiqueta del Brit-pop que, en realidad, nunca le ajustó bien.

Hannon es, en cualquier caso, un músico enorme, con olfato y de gran inquietud, que de nuevo entrega una obra en la que conjuga con naturalidad su gusto por el barroquismo más delicado, el glam, las fábulas y el romanticismo, todo al amparo de una incuestionable capa de elegancia. Y es así como el británico se revela como la mezcla perfecta entre mitos del calibre de Paul McCartney, Burt Bacharach, Brian Wilson, Scott Walker y David Bowie, en una serie de referentes que saltea aleatoriamente.

Resulta además que “Foreverland” (Divine Comedy Records, 16) incluye una colección de canciones intachable, con ausencia de relleno a lo largo de una docena de cortes que jamás cesan en su afán conquistador. Son piezas redondas, orquestadas con tanta majestuosidad y acierto como “To The Rescue”, el single “Catherine The Great”, “Napoleon Complex”, “How Can You Leave Me On My Own”, “My Happy Place” o el grandioso cierre que supone “The One Who Loves You”. Composiciones todas ellas que brillan por sí mismas, pero también dentro de un conjunto que encuentra el ritmo adecuado y fluye con sencillez en claro contraste a lo ambicioso de sus estructuras.

Una riquísima instrumentación (generosa en maneras y formas) acompaña a la interpretación vocal -clásica y embaucadora- del autor, secundada ésta con cierta frecuencia por acertados coros. El cantante juguetea y se divierte saltando de canción en canción, y consigue que la complejidad interna de las composiciones se traduzca en facilidad auditiva para el receptor. “Foreverland” (Divine Comedy Records, 16) es un trabajo con más recorrido y trascendencia que su lejano antecesor, “Bang Goes The Knighthood” (Divine Comedy Records, 16), igualmente inspirado pero bastante más convencional y directo. Hannon completa, en definitiva, un elepé que reafirma con fuerza su posición como indiscutible clásico moderno, estatus que en realidad alberga en propiedad desde hace ya tiempo.

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