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peter perrett humanworld

La nostalgia se parece a ese tipo de medicamentos que, pese a las bondades que pudieran contener en sí mismos, cuentan con una lista de contraindicaciones tan extensa que les convierte en elementos nocivos. Aplicado al contexto cultural, y por supuesto al musical, el mayor perjuicio de tal sentimiento está en el poder paralizador que puede llegar a imponer, haciendo de un bello recuerdo -o que como tal es percibido- el único impulso vital. Nada hay de esa sensación anestesiante en el nuevo disco de Peter Perrett, “Humanworld”, más bien al contrario: resulta ser todo un antídoto contra ella. Continuación, cronológica, de “How The West Was Won” (Domino, 17), con el que quien fuera líder de unos exiguos pero imprescindibles The Only Ones salía del ostracismo en el que estaba instalado, se convierte así en un segundo peldaño a la hora de retomar su carrera y de dejar atrás un ejército de fantasmas personales. Un recorrido emprendido al abrigo de sus propios hijos, quienes forman parte de su banda de -nunca mejor dicho- apoyo.

Si aquel álbum -que significó el, llamémosle, debut de esta nueva vida del inglés- supuso asomarse a un redescubierto mundo con cautela y observándolo todavía desde detrás del cristal, con el actual ha traspasado ese muro y ha puesto los pies en la calle, topándose con una realidad que, tal y como expone, parece haberle horrorizado. Y precisamente hacia todo ello lanzará su irónico, ácido y no pocas veces encolerizado verbo, uno al que sin embargo no le faltan ciertos resquicios por los que poder avistar la luz. Manteniendo el traje que tan bien le queda, como demostró en su grabación predecesora, de dandy rockero, estas nuevas composiciones, aupadas por la producción de uno de sus vástagos, implican altas dosis de energía y un carácter multicolor, consecuencia directa de una mayor dedicación en el adorno definitivo de los temas. Paradigmático ejemplo de todo ello es la inicial y rompedora “I Want Your Dreams”, que se desenvuelve jugueteando con sonidos que superan el clásico formato de bajo-guitarra-batería. A través de una rica lírica y de un ambiente de enigmática tensión, gracias también a ese tono recitativo tan Nick Cave, dibuja ya el frustrante escenario humano sobre el que se sostiene parte del disco.

Pero no todo en esta muy notable colección de canciones va a ser desesperación y una condición airada; las diversas expresiones del amor suponen otro de sus pilares esenciales. Y lo son alcanzando incluso sus límites más romanticones -en cuanto a texto se refiere- en piezas como “Heavenly Day”, que se sirve de la Velvet Underground más melódica y sugerente, experiencia que se repite, esta vez incluso implementada dado el uso de las cuerdas, en una “The Power Is In You” transmisora de un desaforado optimismo que choca con la inmediatamente posterior “Believe In Nothing”, empachada de un descreimiento que se encarna, como es lógico, en una representación de mayor crudeza. Una turbiedad de la que se contagia la inquietantemente desafiante “48 Crash” pero de la que se zafa con sus elegantes andares, entre bohemios y glams, “Walking in Berlin”, escenificando la diversidad no solo musical sino vital que maneja este conjunto.

El espíritu urgente e incandescente que subyace en todo el conglomerado de composiciones alcanza su reflejo más evidente con la irrupción de pildorazos sonoros liberadores de energía. La épica “Love Comes on Silent Feet”, sencillo pero profundo estudio del amor, una más vitriólica “War Plan Red”, convertida en certero y envenenado dardo al “universo yankee”, o la categórica metáfora de una rompecorazones que se agazapa en “Master of Destruction”, prenden la mecha necesaria para hacer descorchar el linaje punk que atesora su autor.

Peter Perrett se condecoró, gracias al sorprendente alto nivel vertido con su anterior trabajo, como rey de los renacidos. Un trono que no ha querido perder, y que de hecho ha logrado afianzar con esta exuberante continuación, pero en el que tampoco ha buscado un perpetuo acomodo, empeñándose en avanzar para lograr que este tiempo presente sea el suyo también. De momento, lo ha conseguido.

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