Parapetarse tras la ironía o el distanciamiento ya no mola. Ese tiempo pasó y lo que se lleva ahora es amar sin comillas ni notas al pie, con corazón y a tumba abierta. Tal vez por ello, y por la escasa necesidad por parte de sus miembros de perpetrar esa asepsia emocional impostada en nuestro pop, los malagueños Monte Ventura han renunciado a toda forma consciente de pose en “A Tiempo de Nada”, ofreciéndonos con su primer elepé una liturgia de once cortes al amor primaveral después de más de un lustro de depuración y reconfiguración constante.
De forma casi inevitable y como si todas sus derivas anteriores confluyeran por fin en un mismo cauce, la banda nos presenta aquí su debut como quinteto, alcanzando la que es por ahora su versión más nítida. Y gran culpa de ello la tiene Saray Botella, pieza recurrente y angular del indie patrio que, tras la disolución de Hazte Lapón y en los impasses de su actual proyecto con Lolo (Pequeño Mal), ha terminado convirtiéndose en ese contrapunto luminoso que reordena el conjunto desde dentro, desplazando las nuevas canciones de Monte Ventura hacia una claridad totalmente deliciosa (“Golpes”).
Detrás de esa verdad serena y trabajada, que hace de la ilusión romanticona y los castillos en el aire un territorio gozosamente habitable, tenemos también una partida de arreglos minuciosos, donde un consort de cuerdas y percusiones orgánicas dialoga con lo eléctrico hasta lograr una querencia por lo folklorista, sin pecar de costumbrismo abigarrado ("El Sur"). Entre palmas juguetonas, violines y melodías de capricho, la voz de David Verge, áspera y con poso, colisiona con la de Saray hasta transportarnos a los felices días de La Buena Vida, de Chucho, de la poesía analógica de Jeff Mangum, de la balada telúrica de Stephin Merritt o de la inevitable sombra de Sergio Algora.
Barroquismo esperanzador entre coros en “Trasteros”, viraje puntual hacia la electrónica más plástica y lúdica en “La Voz Cantante” y una rumba posmoderna para “En cuanto al futuro” son algunas de las fichas de este salvoconducto que nos envía directamente a una edad más inocente del indie, revisitada a todo latir sin parodia ni simulacro. Hay en todo el disco una pulsión claramente artesana, verbigracia de una producción (Ferran Resines y Cristian Pallejà, desde los mandos de Caballo Grande, Manuel López de Buenatarde y Atilio González de Ruiseñora) claramente en deuda con las escenas primigenias del pop, donde la fragilidad y la belleza convivían con simbiosis lírica y sin impudicias ("Tiembla mi cuerpo, los muebles y el suelo: te quiero y así te querré", cantan en "Volverte a Ver").
Presente, pasado y futuro se pasean por el sino de un compacto atravesado por la tradición andaluza, los referentes con solera y la osadía de amar contra viento y marea. El principio de algo que nos devuelve a la raíz de todo.
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