La balada de David y Jonatán
DiscosJordi Maranges

La balada de David y Jonatán

6 / 10
Fran González — 06-05-2026
Empresa — Sonicdad / DAD DIGITAL
Género — Pop

Resulta casi intuitivo e inevitable acordarse de la recién premiada “Maspalomas” (25) cuando uno se deja caer por el imaginario de la última andanza discográfica de Jordi Maranges. Vejez y disidencia son, en ambas propuestas de ambientación insular, el epicentro de una narrativa que nos invita a pensar en identidades alienadas y en la genealogía de la emancipación, claro que, en el caso del mallorquín, además de vivirse con emoción, la reflexión también se baila y se canta.

El terciopelo gastado y las luces bajas de “La balada de David y Jonatán” se convierten para el oyente en el umbral de entrada a esta oda a la memoria entre bambalinas que por fin cristaliza después de varios años gestándose. El cariño y la entrega evidenciados en este relato por su responsable están presentes desde el punto de partida del mismo, donde en un acto de preservación y tributo nos topamos con los sentidos testimonios de Laila, Andy Lois y Lolita Khaos, convertidas por derecho propio en maestras de ceremonias del elepé (“Herencias”).

Sus voces, sampleadas y recostadas sobre un sobrecogedor lecho de cuerda y tecla, nos ponen en el sobre aviso de que, a pesar de estar a punto de escuchar una suerte de ficción sonora, su raíz es, sin embargo, muy real. En apenas media hora, Jordi orquesta en nuestros oídos la historia de David, un antiguo transformista recluido en una residencia donde conoce a Jonatán, un joven cuidador colombiano que irrumpe en su vida para poner esta patas arriba. Dos figuras semiproscritas en tiempos de libertad vigilada que darán rienda suelta a su relación entre recuerdos enquistados (“Plaça Gomila”) y rutinas domesticas para entretener a la senectud (“Yoga els dimecres”).

Más allá de su dramaturgia cabaretera, por supuesto, el disco también cuenta con un buen puñado de perlas pop que hacen que su disfrute transgreda lo quijotesco, apostando cuando es debido por la electrónica lacrimosa (“Presentimiento”) y la chuchería inmediata a lo Studio 54 (“Black Cat, caballos salvajes”). Pero lo realmente bonito del compacto es su constante voluntad por no caer en esa alegoría sibilina y críptica propia de la lírica popular, en ocasiones tan crispante y tibia que dificulta la empatía. Entre acordes acústicos, casi próximos a la bossa, Jordi deshoja con literalidad la topografía del deseo improbable (“Somos dos flores que tiemblan en un mundo cruel”, canta en “Amapolas en Islandia”) y del romance contra vituperio y estigma (“¿Quién le iba a decir que se iba a enamorar de esa reina de la vieja escuela?”, cierra el corte homónimo), rehuyendo del rodeo distante y de la ambigüedad complaciente.

Cantando de frente sobre aquello que durante décadas hubo que esconder entre guiños, pliegues y dobles fondos, Maranges nos expone su mejor obra, postulada con una franqueza que desarma y una dignidad que sangra. Una historia de amor tardío y sin máscaras frente a la siempre amenazante vuelta del eufemismo y la convención.

 

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