La tradición es un tema delicado. Juguetear con ella como con algo que está vivo es un homenaje al que pocos se atreven y que muchos critican. Por eso, Nastallat, el proyecto de Laia Rius, se lanza a la aventura de repensar lo de toda la vida con “Cada casa, cada vida”.
El primer disco de la artista igualadina es un homenaje a la tradición que marcó la etapa más reciente de su vida: el ball de bot y la música de los Països Catalans. Así, busca unir las raíces —que influyen también en el nombre del proyecto, pues se inspira en el mote de la familia de Rius— con la transformación y el paso del tiempo. Una tendencia cada vez más grande —y aparentemente acertada— en el panorama musical catalán: la de mezclar el folklore con lo electrónico.
Sonoramente, el álbum te coge y, de inicio a fin, te zarandea en un viaje que oscila entre lo tradicional y lo más actual. Aunque las bases de todas las canciones, combinadas con voces moduladas y un gran protagonismo de lo electrónico, cargan la atmósfera de “Cada casa, cada vida”, el álbum no resulta pesado en ningún momento. Sin embargo, en cierto punto sí puede llegar a ser monótono.
Nastallat en “Cada casa, cada vida” crea y adapta. Temas como “Boleres” son versiones de canciones populares y ampliamente conocidas que la artista repiensa, mientras que otros, como “Jota Nastallat”, son creaciones propias en las que Rius presenta su lado más íntimo. Y no todo es música. En “Lo pi de Formentor”, la de Igualada musica un poema clásico y no solo le da ritmo, sino que lo resignifica con un mensaje de lo más actual.
Así, en este encuentro entre lo tradicional y lo moderno, las colaboraciones reflejan la filosofía del disco: desde amigos, como Pau Pascual, hasta las voces míticas del ball de bot, como Miquela Lladó, pasando por propuestas como la de CÍL·LIA.
“Cada casa, cada vida” es, en definitiva, un homenaje de lo más sincero por parte de Nastallat hacia la cultura popular catalana y, sobre todo, balear. Una carta de amor a ritmo de electrónica y tradición.
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