Canciones tristes para tardes alegres
DiscosMartín Mostaza

Canciones tristes para tardes alegres

6 / 10
Fran González — 22-04-2026
Empresa — Autoeditado
Género — cantautor
Fotografía — Archivo

Poco importa que Fermín Solís dé rienda suelta a sus relatos a través de la viñeta o de la partitura, con nombre propio o bajo la máscara de su alter ego; a la postre, todo lo que lleva el santo y seña de este polifacético cacereño se siente como una reivindicación romántica del costumbrismo y de la escena mínima. “Canciones tristes para tardes alegres” (26), su salto oficial a la autoría musical en solitario, sigue demostrando (ahora en un nuevo formato al margen del grupo Hombre Tigre) que la voz del autor de obras como “Buñuel en el laberinto de las tortugas” (08) o “Elia” (23) continúa empeñada en encontrar historias allí donde apenas parece haberlas.

De hecho, es incluso capaz de “escribir cuentos en granos de arroz”, tal y como le escuchamos enunciar entre fraseos de armónica para el inicio de “Mil vidas”. Un verso que sienta cátedra sobre la capacidad de este historietista reconvertido en cantautor para elevar los pequeños gestos de la memoria a la métrica más evocadora. Un lluvioso Notting Hill en portada nos garantiza desde el comienzo que la nostalgia es, en efecto, el hálito medular de este cancionero, del todo resuelto a hacernos sentir parte de esos recuerdos ajenos que terminaremos sintiendo como propios (“Verano del 83”), de esa rutina enamorada que se desenvuelve con pasión de estar por casa (“Un jueves cualquiera”) o de esos paseos noctámbulos sin fecha de vuelta (“Ocho cervezas”).

Convertido en un flâneur doméstico, Martín Mostaza se vale de la poética del rodeo para construir letras que no parecen ir a ningún lugar concreto, hasta que la narración encuentra una grieta por la que colarse y asestarnos el golpe de gracia. Iniciales grabadas en árboles (“Los amantes que vendrán”) y rutas para un retorno imposible (“Carreteras de nostalgia”) formulan con hechizo el propósito de rompernos en mil pedazos desde la más cotidiana y desarmante humanidad (“Alarga esta despedida, no te salgas de mis días” canta sobre los coros de Elenah Maine y líneas de órgano noventero en “El último vuelo”).

No estamos, en cualquier caso, ante un trabajo especialmente pródigo en lo instrumental, pues sus diez cortes se mueven con insistencia dentro de un mismo arco acústico, reiterando formas y texturas con escasas desviaciones de eje y rehuyendo de cualquier derroche técnico en sus formas. El valor de estas piezas, sin embargo, reside en que, detrás de esa cuestionada limitación, prevalece un ojo clínico que trasciende lo aparente para detenerse en lo desapercibido, brindándonos (ya sea desde la metáfora o la pura literalidad) muestras constantes de esa incesante persecución de la instancia fugitiva (“Vamos a buscar ese rayo verde y cazar su destello al atardecer”, concluye en el ocaso del elepé, entre referencias esclarecedoras a Verne y Rohmer). La huella de Solís/Mostaza, enunciada en ocasiones casi a sottovoce, permanece y conmueve desde la más absoluta modestia. Es, entre el pudor y el fulgor, la particular forma que tiene este artista de señalar que todavía quedan maneras de decirlo todo con muy poco.

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