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Aunque el dicho popular apunta a la cara como el reflejo del alma, en el caso de Kevin Martin su particular ADN espiritual tiene bastante más que ver con las canciones que en la última década ha facturado como The Bug. Veterano curtido en mil batallas y otros tantos proyectos desde que comenzó a hacer música a finales de los 80 (God, Techno Animal y en los últimos tiempos King Midas Sound), Martin no duda en señalar a The Bug como su proyecto más personal. Porque, tal y como admitía en una entrevista reciente con su amigo Jace Clayton (DJ Rupture), “cualquier tipo de arte debe ser un reflejo de las intenciones de la persona que lo practica”. Y en su caso particular The Bug es, además del alias con el que ha llevado al límite sus obsesiones musicales, aquel que mejor refleja la personalidad de este ciudadano del Londres contemporáneo, multicultural, multiforme, intimidatorio e inspirador.

Esos elementos vuelven a estar presentes en este trabajo como ya lo estuvieron en el esplendoroso “London Zoo” (2008). Martin ha construido toda una carrera a partir de su obsesión por el dub y el dancehall, adaptándolo según las compañías y las circunstancias a un discurso más cercano a lo experimental (God), lo tenebrista (Techno Animal) o lo contemporáneo (King Midas Sound). Pero, como decíamos antes, The Bug es de todos sus alias aquel en el que pone más de sí mismo, y por tanto también aquel que más se acerca a la influencia de sus héroes jamaicanos, siempre desde la heterodoxia de alguien que ha crecido con el postpunk y el metal extremo. Y por eso sus discos son adaptaciones del concepto soundsystem debidamente actualizadas y readaptadas a su contexto. De hecho Martin reconoce que compone sus piezas con las voces de determinados cantantes en mente, y posiblemente sea ese el único elemento que precisamente no es intercambiable en sus canciones.

Esta vez la alineación la forman Death Grips, Gonjasufi, Liz Harris (Grouper), Justin Broadrick (su viejo colaborador en Techno Animal), Inga Copeland, Flowdan, Miss Red, Manga y Warrior Queen. Ellos aportan los matices –claridad Vs oscuridad, ángeles contra demonios- en un disco que arranca volátil de la mano de Harris y Copeland para nublarse progresivamente hasta desembocar en un terror-ragga que da más canguelo que tropezar con el gang de los Peckham Boys en una calle desierta a las 12 de la noche: si Martin intenta ponernos en situación hay que reconocer que lo ha conseguido… Y aunque la representación del miedo en forma de canciones siempre ha sido marca de la casa –por ahí no hay novedad- lo que sitúa “Angels & Devils” un paso por encima de su antecesor es una depuración en las formas, una precisión y limpieza cuasi clínica en la producción que lo hace aún más intimidatorio. “La cualidad física del sonido es crucial. Te lleva a un enfrentamiento que está más allá del discurso intelectual y apela a lo psicológico”, explicaba en la entrevista a la que me refería antes. Lo ha clavado…

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