A estas alturas de curso pocas sorpresas puede uno esperar de un concierto de Yo La Tengo: son incontables las veces que los de Hoboken han visitado nuestros escenarios a lo largo de su dilatadísima carrera, y a pesar de ser una banda que siempre ha destacado por transitar sin problemas ni prejuicios de un estilo a otro (y en esa frescura y libertad creativa, tan personal como influyente, es donde reside su estatus de semi banda de culto), la fórmula en directo suele resultar previsible. A partir de ahí, el juicio de valor queda en manos del apego que uno sienta hacia su música como una de las bandas importantes del rock independiente yanki de los últimos veinticinco años, y del humor y la energía con la que se encare el concierto: sabes que no van a sonar bien, que van a tener momentos aburridos, y sabes también que, por momentos, van a crear magia. En su paso por la madrileña Sala Riviera para presentar su último trabajo, “There’s A Riot Going On”, Yo La Tengo cumplieron a rajatabla el guión esperado, y ojo, que eso no tiene por qué ser nada malo.

Envueltos en ese aura de normalidad y humildad que les caracteriza y les hace tan entrañables, y tan poco comunicativos como siempre, abrieron la velada entre capas y capas de sonido con el crescendo onírico de ‘You Are Here’, y a partir de ahí, y lidiando con un sonido más que mejorable, el concierto se convirtió en una sucesión de aciertos y desencajes, en forma de montaña rusa con cabida para momentos bellísimos de recogimiento en temas como ‘Polynesia’ o ‘Forever’, subidones de energía y desparpajo eléctrico con ‘Deeper Into Movies’ y ‘For You Too’ (se mostraron bastante más acertados e inspirados durante toda la noche en las partes más tranquilas de su repertorio), e interminables interludios ambientales resueltos con bastante poco acierto.

Por el camino, mil cosas (no fue un concierto corto, precisamente): Georgia cantando ‘Ashes’ con una fragilidad y una delicadeza realmente emocionantes, constantes cambios de instrumentos entre los tres, Ira Kaplan repitiendo hasta cuatro veces una estrofa de ‘Shades Of Blue’ para deshacerse en elogios por un detalle de la batería, viajes al pasado para rescatar ‘Tom Courtenay’, de su laureado “Electr-o-pura”, y, como una de las marcas de la casa, el aire de gigante impasible de James Mcnew durante todo el concierto, ya sea para sentarse a la batería en la escacharrada y aplaudida ‘Autumn Sweater’ o para tocar el contrabajo en la delicadeza de aires country ‘The Weakest Part’.

Con todas sus limitaciones, y haciendo de ellas virtud, siempre resulta emocionante ver a una gente que lleva ya tres décadas de actividad creativa ininterrumpida ofreciendo música honesta y siendo fieles únicamente a ese extraño universo musical que surge de la interacción entre tres bichos raros, un universo tan personal como apreciado por un público que, como ocurrió la otra noche en Madrid, se sigue mostrando con el paso del tiempo tan fiel como cariñoso.