Récord absoluto de asistencia en la que ha sido la tercera edición del festival itinerante de metal Sonisphere. Una buena noticia, sin duda, que esperemos permita un acondicionamiento definitivo del recinto –lastrado básicamente por el calor y el polvo- de cara a próximas ediciones. Ello no impidió que algunos miles de (valientes) asistentes disfrutaran de la primera descarga del festival con Bullet y su heavy rock contagioso a medio camino entre Accept y Airbourne. Mucha entrega y conexión inmediata (y meritoria) con la audiencia. Creo haberlo dicho ya alguna vez: Angelus Apatrida son de Albacete pero podrían ser alemanes o de San Francisco, sin desmerecer el producto local. El cuarteto dio una nueva lección de trash metal punzante y veloz con “Blast Off”, “Of Men And Tyrant”, “Give ‘Em War” o “Legally Brainwashed” como principales arietes. Con Valient Thorr llegó la fiesta. Su hard rock metalizado con toques sureños y guiños a Turbonegro y Motörhead fue todo un chute para los sentidos. Con pintas de moteros pasados de vueltas y con las barbas más largas que las melenas, revolucionaron las primeras filas con vitaminadas odas al nihilismo como “Double Crossed”, “Sleeper Awakes” y “Mask Of Sanity”. Con la sonrisa aún de oreja a oreja, asistimos al intimidante tour de force de los franceses Gojira. La visceral “Ocean Planet” inauguró su particular master class. Imaginativos, vibrantes y demoledores, lo suyo es death metal del futuro. Lo corroboraron piezas maestras del calibre de “Flying Whales”, “Vacuity”, “Oroborus” o “A Sight To Behold”, con ese clima entre Samael y el “Musique” de Theatre Of Tragedy. Sôber sonaron limpios y potentes, pero los temas de su disco de regreso, “Superbia”, no terminaron de conectar con la audiencia, algo que sí lograron canciones pretéritas como “Diez Años” o “Arrepentido”. Los suecos Arch Enemy protagonizaron otro de los momentos más duros del festival, desplegando su death metal melódico con firmeza y sana soberbia. Angela Gossow incluso arengó al respetable a romperse algunos huesos. Por suerte, la gente entendió que era una manera de hablar. Nuevas canciones como “Yesterday Is Dead And Gone” o los himnos “Under Black Flags We March” y “No Gods, No Master” encajaron a la perfección junto a “Nemesis” o “We Will Rise”. Y llegó el momento más esperado de la primera jornada, el del exguitarrista de Guns N’ Roses Slash. Visto así a unos cuantos metros, con su pelo rizado, su chistera y sus gafas de sol, parece que el tiempo no haya pasado. Tampoco lo pareció cuando él y su banda atacaron hits imborrables de su antigua formación como “Nightrain”, “Rocket Queen”, “Civil War”, “Sweet Child O’ Mine”, “My Michelle” o “Paradise City”. El delirio absoluto. Un ejercicio descarado de nostalgia, sí, pero que en sus manos parece más honesto que el practicado por Axl Rose. Además, los temas de su último disco en solitario sonaron magníficos (en especial “Ghost” y “Promise”) y Myles Kennedy (Alter Bridge) suplió cierta frialdad escénica con una sorprendente variedad de registros. Tras ellos, The Darkness disfrutaron de buen sonido pero los gorgoritos de Justin Hawkins no cuajaron. Es injusto que se les reconozca sólo por “I Believe In A Thing Called Love”, de hecho tienen muchos otros buenos temas, pero no acabamos de creernos su regreso.

Hammerfall arrancaron el sábado a las tres y media de la tarde. La peor hora para los bañistas y para el público de un festival al aire libre. Por suerte, la entretenida mezcla de heavy y power metal de los de Gotemburgo cuenta con una nutrida (y agradecida) legión de fans. No entiendo por qué siempre programan a Mastodon a plena luz del día cuando merecerían preceder a los cabezas de cartel. Suya fue la mejor descarga de la jornada tras la imbatible Dama de hierro. Los de Atlanta centraron el set en su tercer disco “Blood Mountain” (cayeron “Crystal Skull”, “Circle Of Cysquatch”, la alocada “Bladecatcher” y “Colony Of Birchmen”) y lo completaron con sendas miradas a su pasado (“March Of The Fire Ants”, “Blood And Thunder”) y futuro (“Crack The Skye”). Siguen sonando frescos y únicos. Esperamos con ansias su inminente “The Hunter”. Apocalyptica llevan años grabando material propio pero tuvieron que recurrir a sus orígenes como banda de versiones de Metallica. Aun así, ni sus revisiones de “Master Of Puppets”, “Seek And Destroy” y “Nothing Else Matters” lograron remontar el vuelo. Dream Theater son probablemente unos de los mejores músicos del planeta, pero una vez más quedó demostrado que su intrincado y virtuoso metal progresivo no es la mejor apuesta para un gran festival. Eso sí, su asombroso nuevo batería, Mike Mangini, se ha integrado perfectamente en la banda ¡y siempre es un placer escuchar “Caught In A Web”! Y así llegamos al momento más esperado del festival, la enésima actuación de Iron Maiden en nuestro país. Da igual que los hayamos visto diez o veinte veces. Todo el mundo –público, invitados, el resto de artistas- estaban allí para reverenciar a los británicos, leyenda viva del heavy metal. Tras algunas giras temáticas centradas en el pasado, tocaba defender su último “The Final Frontier”. Tras arrancar con el tema que le da título y con “El Dorado”, intercalaron clásicos mayúsculos (“2 Minutes To Midnight” y “The Trooper” desataron la locura) con algunas repescas de su última etapa (“Dance Of Death” o la redonda “The Wicker Man”, coreada como si fuera de los ochenta). Bruce Dickinson lideró con carisma y pulso a una formación que disfruta tocando y que, a pesar de contar con enormes escenarios de cartón piedra –el de esta gira reproduce una especie de hangar interespacial- vive por y para las canciones. Sus reiterados gritos de “¡Scream for me Madrid!” nos pusieron la piel de gallina recordándonos su mítico directo “Live After Death”, y su retahíla final de himnos intergeneracionales –había muchos padres con sus hijos- nos dejó afónicos: “The Evil That Men Do” (con aparición de Eddie incluída), “Fear Of The Dark”, “Iron Maiden” y tripleta de bises con “The Number Of The Beast”, “Hallowed Be Thy Name” y “Running Free”. Ahí es nada. Tras ellos, Twisted Sister, lejos de arrugarse, salieron bastante crecidos. Sus bazas: un frontman, Dee Snider, de poderosa voz y energía desbocada –por suerte no hay aún controles antidopaje en el sector-; un saludable sentido del humor; y un buen puñado de contagiosos himnos macarras, de “Stay Hungry” y “Burn In Hell” a unas alteradas “We’re Not Gonna Take It” o “I Wanna Rock”. Muy divertidos. Con un aforo menguante a cada segundo, Uriah Heep, incluídos en el cartel tras la caída tardía de Alice Cooper, defendieron como pudieron su hard rock con pedigrí, y Lacuna Coil cerraron la cita con una Cristina Scabbia salvando los muebles y su versión de “Enjoy The Silence” como guinda. Un final descafeinado para un Maiden Fest con bastantes momentos memorables.