Vencer y convencer
Conciertos / Quique González

Vencer y convencer

8 / 10
Darío García Coto — 19-04-2016
Empresa — Cultura Rock
Fecha — 15 abril, 2016
Sala — Apolo, Barcelona
Fotógrafo — Kevin Zammit

La victoria ya la tenía de antemano. El millar de personas que llenaba -literalmente- la sala Apolo era, en su inmensa mayoría, el público que había crecido con él, el mismo que había convertido sus canciones en bandas sonoras vitales. La franja de edad era tan sintomática como la excitación previa, pero no había más que comprobar cuántos cantaban canción tras canción sin dejar una sola palabra en el tintero para confirmarlo.

Quique González viene en estado de gracia, de sacar dos de los mejores discos de su carrera -si soy sincero, creo que los dos mejores-, y eso se nota. Se nota en la manera en que mima su repertorio, se nota ese orgullo cuando toca su último disco sin alterar ni tan siquiera el orden, dividiéndolo en dos bloques. Esa forma de estructurar hizo que un concierto relativamente largo (y no lo digo como algo negativo) se sostuviera sobre una curva de intensidad perfecta sin un solo momento por debajo del notable alto.

Arrancó con la primera mitad de “Me mata si me necesitas” (Varsovia, 16), buceó después en su catálogo anterior -incluyendo otro bloque de “Salitre 48” (Universal, 01), que cumplía 15 años, y un “Kid Chocolate” que supo a gloria-, cerró el ciclo con la segunda mitad de su último trabajo y culminó con seis himnos repartidos en dos bises. Aunque decir himnos lo sitúa en un lugar extraño. No hay aquí grandilocuencia ni pretensiones, sino música popular en todas sus acepciones; letras llenas de imágenes potentes, temas universales y sentimientos -sin caer en lo cursi- a flor de piel.

Y no me olvido de Los Detectives: una banda cada vez más banda a la que se notaba relajada encima del escenario, y que a estas alturas de la gira aún no acusa la rutina dejando lugar a cierta espontaneidad. Impecables unas nuevas incorporaciones, David Schulthess a los teclados y Nina a la voz, que aportan aún más matices y versatilidad, siendo capaces de pasar de rock musculoso a una americana de arreglos delicados sin el menor problema. Todo ello con una escenografía obra de Silvia Fernández que bien podría formar parte de una película de cine negro, y que aportaba cierta sensación de cercanía al hacer el escenario más pequeño. La victoria ya la tenía, pero Quique González convenció. De principio a fin.

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