Particularmente, me llama mucho la atención que alguien que aún no alcanza los cuarenta años desvele un disco que orbita en torno a la idea del miedo la muerte, y que además le llame "Nostalgia". Pero claro, hablamos de Adrián Camáñez, guitarrista, teclista y pieza esencial en el engranaje de los valencianos Gazella, una banda que no ha tenido reparo alguno en mostrar influencias de Yo La Tengo, My Bloody Valentine, Sonic Youth, Radiohead, el kraut rock o los músicos de la escudería 4AD. Sonidos gestados hace más de tres décadas. Músicas que, generacionalmente, podrían cuadrar más con los gustos de sus progenitores o sus tíos mayores. Nada que ver con el pop y el rock sencillo, directo a la mandíbula, sin aditamentos, de toda esa generación que, entre los veintitantos y los treinta y tantos, y generalizando mucho (perdón), ha tomado al asalto la primera plana del indie español durante el lustro post pandémico. El quinteto valenciano, ahora de parón tras dos espléndidos álbumes y ya prometiendo un tercero, siempre fue consciente de su condición de verso libre dentro de su escena. De la local y de la estatal. Y lo mejor que puede decirse de sus dos spin – offs – al menos hasta el momento: atentos también a Rey Don Perro, el proyecto del batería Lluisen Capafons – es que tienen visos de no solo mantener el extraordinario tono de la matriz, sino de ampliar considerablemente el rango de registros sónicos allí explorados.
Estas diez canciones son una buena prueba. Conforman un disco que es, como los buenos álbumes, todo un (logrado) viaje. Con su introducción, su desarrollo, su nudo y su desenlace. Y en el que ningún pasaje es reiterativo, porque el concepto no empaña el brillo de cada una de las partes que lo componen. “Amanecer” emerge brumosa, con ritmo premioso, una línea de guitarra seductora y esa voz en segundo plano, dando una onírica y cinemática bienvenida (en la línea de Hiss, el proyecto paralelo que Adrián mantiene con Jose De La Fuente) a un trabajo que luego discurre al ralentí de la más rítmica y ensoñadora “Interior”, la luminosa “Todos esos días que decides ignorar” (con la voz de Raquel Palomino, de Gazella), la muy shoegaze “Némora”, la muy física y radioheadista “Superposición” (con estallido drum’n’bass final y una atmósfera opresiva pero magnética), el sereno interludio que es “Mis cortas miradas exploran el suelo”, bautizado en nombre de una frase de un poema de Lorca, la lúgubre “Ya no existe la muerte” (que suena como si medio catálogo de Warp se hubiera puesto a escuchar saetas flamencas), la abrupta y exuberante “Caronte” (aquí casi hablamos más de jungle que de drum’n’bass), la inevitablemente melancólica “Historia familia” (armada sobre samples de conversaciones de miembros de su propia familia, jugando con los bucles del tiempo y la nostalgia al estilo Boards of Canada) y así hasta llegar a ese precioso y solemne cierre que es la minimalista “Requiem”. Un trabajo notable.
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